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28.12.10

"Si no tienes dinero, NY es muy difícil": Paul Auster


Auster.


¿En serio Paul? Lo dice su libro, Sunset Park. Así lo rememora Francesc Perón:

La última novela de Paul Auster arranca en la soleada Florida, en medio de la desolación de las viviendas embargadas por la falta de pago de las hipotecas tóxicas. Joyce Carol Oates la define como “una pesimista alegoría contemporánea de la vida americana bajo la espiritualidad de la bancarrota”.

Pero su título es puro Nueva York. La novela toma el nombre de Sunset Park , uno de los barrios de Brooklyn, aunque no es el Brooklyn de clase media de Park Slope –donde reside el autor– ni el Brooklyn redescubierto por los artistas y los turistas europeos más leídos. Es el otro, el más denso, el que conecta por la vía de la miseria con la tribulación de quienes perdieron su hogar.

“Rara es la construcción a la que accede que ha sido dejada en buen estado… Resulta más habitual que haya habido una erupción de violencia e ira” , dice el texto. El que se encuentra con este paisaje de derrota es Miles Heller, protagonista principal, que trabaja limpiando residencias expropiadas para que el banco las vuelva a poner en el mercado. A él le gusta retratar los objetos abandonados en la diáspora de la ruina. Miles es un joven de 28 años de clase media, erudito, que hace algo más de siete huyó de su hogar familiar, en una zona elegante de la Gran Manzana.

“Es la primera vez que escribo una novela que ocurre en el presente. Los embargos suponen algo terrible, es la imagen de la crisis”, sostiene Auster.

Por una amenaza que se cierne sobre él, tras enamorarse de una menor de edad –Pilar Sánchez–, el joven decide volver a su territorio. Se cobija en una casa okupa.

Auster está caído. Vive encerrado en su morada por una neumonía. “Aún tengo fiebre, no estoy seguro de que mejore”, arranca esta conversación, mantenida el lunes 20 entre ataques de tos.

“Ella no quiere dejar Nueva York. Quiere continuar en esta inmensa, inhabitable ciudad tanto como pueda” . Ella es Alice Bergstrom, otra de las okupas. “Es una mujer inteligente”, apostilla su creador. “Nueva York es un lugar difícil, especialmente si no tenés dinero. Si sos rico es muy bonita. Si has de luchar es extremadamente difícil”.

Su libro es un juego de contrastes. Los ricos Estados Unidos y el país de los desheredados. La ciudad del glamour –el padre de Miles es editor; la madre, actriz; el padrino, escritor o alter ego de Auster–, y la otra, la de los que no pueden pagar el alquiler y cada vez se han de alejar más de aquella primera ciudad. “Miles creció en el West Village, en un barrio muy agradable, y ahora está en Sunset Park, ¿has ido alguna vez?”.

Sí.

No es un lugar muy feliz. Es pobre, sencillo, con muchos inmigrantes, donde la gente ha de bregar para salir adelante. No es una de las partes maravillosas de Nueva York. Miles se siente un tanto alienado.

En uno de sus paseos, Auster descubrió una casa de madera, de ventanas y puertas selladas. El enclave ideal para desarrollar su proyecto. “Es el entorno donde resulta posible que alguien ocupe una vivienda. Hay zonas de Nueva York donde sería demasiado visible”.

Nada que ver, considera, con Park Slope, donde vive, en la que es su cuarta residencia dentro del concejo de Brooklyn, adonde llegó hace 31 años. Su nombre se cita casi como sinónimo de Brooklyn, aunque reconoce que “lo elegí porque era más barato, no me podía permitir por más tiempo seguir en Manhattan”. No hace demasiado que hizo mudanza. Él y su esposa, la también escritora Siri Hustvedt, precisaban una casa más grande. Se fueron, como quien dice, a la acera de enfrente.

“Le dije a Siri que, si quería volver a Manhattan, no había ningún problema. Decidió que nos quedábamos”.

Se diría que Paul Auster ha ejercido de ariete. Que abrió las puertas del enclave a la llegada de la gente de la creación y la intelectualidad. De su ramo, recuerda a Norman Mailer, que residió en el vecindario hasta que se lo llevó la parca. “Prácticamente todo el mundo vive en Brooklyn, ja, ja”, bromea. “Se ha convertido en una especie de centro nacional para artistas. Ahora debe haber más artistas aquí que en Manhattan.Es que en Brooklyn pueden encontrar un buen sitio que salga una cuarta parte de lo que resultaría del otro lado”.

Después de un respiro, sigue en su explicación. “A mí me gusta vivir en Brooklyn. Es un buen lugar para trabajar, para educar a tus hijos. En cambio, es mucho menos excitante que Manhattan, cosa que a veces echo de menos. Las librerías, las galerías de arte. De todo hay menos en Brooklyn”.

A lo largo de la conversación admite, sin embargo, que el dinero no es la razón exclusiva a la hora de elegir la residencia. Auster da una de sus claves personales. “Étnica y racialmente Brooklyn está mucho más mezclado. En un restaurante encontrás de todo, negros, indios, de todo. En Manhattan, en un buen local, sólo hay blancos”.

21.11.10

Sunset park


La portada.


Auster es un autor que está en permanente cambio, y así lo demuestran sus novelas. En un día se presenta Sunset Park en español, editada, como no, por Anagrama. Aquí cuelgo el primer capítulo:

I
Milles Heller
Durante casi un año ya, viene tomando fotografías de cosas abandonadas. Hay como mínimo dos servicios al día, a veces hasta seis o siete, y siempre que entra con sus huestes en otro domicilio, se enfrenta con las cosas, los innumerables objetos desechados por las familias que se han marchado. Los ausentes han huido a toda prisa, avergonzados, confusos, y seguro que dondequiera que habiten ahora (si es que han encontrado un lugar para vivir y no han acampado en la calle) sus nuevas viviendas son más pequeñas que los hogares que han perdido. Cada casa es una historia de fracaso -de insolvencia e impago, deudas y ejecución de hipoteca- y él se ha propuesto documentar los últimos y persistentes rastros de esas vidas desperdigadas con objeto de demostrar que las familias desaparecidas estuvieron allí una vez, que los fantasmas de gente que nunca verá ni conocerá siguen presentes en los desechos esparcidos por sus casas vacías.

Sacar la basura, llaman a ese trabajo, y él forma parte de un equipo de cuatro personas empleado por la Compañía Inmobiliaria Dunbar, que subcontrata sus servicios de «mantenimiento de viviendas» a los bancos de la zona que ahora son los dueños de las propiedades en cuestión. En las extensas llanuras del sur de Florida abundan esas estructuras huérfanas, y como a los bancos les interesa volverlas a vender cuanto antes, hay que limpiar, arreglar y preparar las casas desalojadas para enseñárselas a los posibles compradores. En un mundo que se viene abajo, abrumado por la ruina económica e implacables privaciones en incesante aumento, sacar la basura es uno de los pocos negocios florecientes en la zona. Sin duda tiene suerte de haber encontrado ese trabajo. No sabe cuánto tiempo podrá seguir aguantándolo, pero el salario es bueno, y en un país en donde cada vez escasea más el empleo, seguro que es una buena ocupación.

Al principio, se quedaba estupefacto por el desorden y la suciedad, el abandono. Rara vez entra en una vivienda que sus antiguos dueños hayan dejado en prístina condición. Lo más frecuente es que se haya producido un estallido de ira y violencia, una orgía de caprichoso vandalismo a la hora de marcharse: desde dejar los grifos de los lavabos abiertos y las bañeras desbordándose hasta muros demolidos a mazazos, paredes cubiertas de pintadas obscenas o agujereadas a balazos, sin mencionar las tuberías de cobre arrancadas, las alfombras manchadas de lejía, los montones de mierda depositados en la sala de estar. Son ejemplos extremos, quizás, actos impulsivos provocados por la rabia de los desposeídos, expresiones de desesperación, vergonzosos pero comprensibles, y aunque no siempre le da repugnancia al entrar en una casa, nunca abre la puerta sin un sentimiento de aprensión. Inevitablemente, lo primero con lo que hay que lidiar es el olor, la embestida de aire enrarecido que le penetra súbitamente por las ventanas de la nariz, los omnipresentes y mezclados olores a moho, leche agria, excrementos de gato, retretes con una costra de porquería y alimentos podridos en la encimera de la cocina. Ni con aire fresco entrando a raudales por las ventanas abiertas se elimina esa peste; ni siquiera la limpieza más atenta y escrupulosa puede borrar el hedor de la derrota.

Después, siempre, están los objetos, las pertenencias olvidadas, las cosas abandonadas. A estas alturas, ya tiene miles de fotografías, y entre su creciente archivo pueden encontrarse imágenes de libros, zapatos y cuadros al óleo, pianos y tostadoras, muñecas, juegos de té y calcetines sucios, televisores y juegos de mesa, vestidos de fiesta y raquetas de tenis, sofás, lencería de seda, pistolas de silicona, chinchetas, soldaditos de plástico, barras de labios, rifles, colchones descoloridos, cuchillos y tenedores, fichas de póquer, una colección de sellos y un canario muerto que yace en el fondo de su jaula. No sabe por qué se siente impelido a tomar esas fotografías. Comprende que es una empresa vana, que a nadie puede ser de utilidad, y sin embargo cada vez que pone los pies en una casa, siente que las cosas lo llaman, que le hablan con las voces de la gente que ya no está, pidiéndole que las mire una vez más antes de que se las lleven. Los demás miembros de la cuadrilla se burlan de él por esa manía de sacar fotos, pero no les hace caso. No cuentan mucho en su opinión, y los desprecia a todos. Victor el tarado, jefe del grupo; Paco, el parlanchín tartamudo; y Freddy, el gordo jadeante: los tres mosqueteros de la fatalidad. La ley dispone que todos los objetos recuperables que superen un determinado valor deben entregarse al banco, que a su vez está obligado a devolverlos a sus dueños, pero sus compañeros se quedan con lo que se les antoja sin darle mayor importancia. Lo consideran estúpido por desdeñar el botín -botellas de whisky, radios, reproductores de cedés, un equipo de tiro al arco, revistas porno-, pero lo único que él quiere son fotografías: no las cosas, sino sus imágenes. Lleva ya algún tiempo procurando hablar lo menos posible en el trabajo. A Paco y Freddy les ha dado por llamarle El Mudo.
Tiene veintiocho años, y a su leal saber y entender, carece de ambiciones. De ambiciones desmedidas, en cualquier caso, y de ideas claras en cuanto a labrarse un posible porvenir. Sabe que no se quedará mucho tiempo más en Florida, que está llegando el momento en que sentirá el impulso de ponerse otra vez en marcha, pero hasta que esa necesidad emocional madure y se transforme realmente en acto, se contenta con permanecer en el presente sin mirar hacia delante. Si algo ha conseguido en los siete años y medio desde que dejó la universidad y se puso a trabajar por su cuenta, es esa capacidad de vivir en el presente, de limitarse al aquí y ahora, y aunque no sea el logro más laudable que quepa imaginar, alcanzarlo le ha costado considerable disciplina y dominio de sí mismo. No tener planes, que es lo mismo que carecer de deseos y esperanzas, contentarse con su suerte, aceptar lo que el mundo ofrece cada día; para vivir así hay que querer muy poca cosa, tan poco como resulte humanamente posible.

De manera gradual, ha ido reduciendo sus deseos hasta lo que ahora se acerca a lo justo. Ha dejado de fumar y de beber, ya no come en restaurantes, ni siquiera tiene televisión, radio ni ordenador. Le gustaría cambiar el coche por una bicicleta, pero no puede quedarse sin él, porque la distancia que debe recorrer para ir al trabajo siempre es muy grande. Lo mismo puede decirse del teléfono móvil que lleva en el bolsillo, y que le encantaría tirar a la basura, pero también lo necesita para el trabajo y por tanto no puede pasarse sin él. La cámara digital ha sido un lujo, quizás, pero dada la monótona y agotadora rutina del trabajo de limpieza, tiene la impresión de que le está salvando la vida. Paga poco de alquiler, porque vive en un apartamento pequeño, en un barrio humilde, y aparte de gastar dinero en necesidades básicas, el único lujo que se permite es comprar libros, volúmenes de bolsillo, narrativa en su mayor parte, novelas norteamericanas, británicas, traducidas de lenguas extranjeras, pero en el fondo los libros no son lujos sino necesidades, y la lectura es una adicción de la que no desea curarse.

De no haber sido por la chica, probablemente se habría marchado antes de fin de mes. Tiene ahorrado lo suficiente para irse a donde le dé la gana, y no hay duda de que está harto del sol de Florida, del cual, tras mucho estudio, cree ahora que es más perjudicial que beneficioso para el espíritu. Es un sol maquiavélico en su opinión, un sol hipócrita, y la luz que genera no ilumina las cosas sino que las oscurece: cegando con su continua y excesiva refulgencia, machacándole a uno con sus ráfagas de vaporosa humedad, de-sequilibrándolo con sus reflejos de espejismo y trémulas oleadas de vacío. Todo es brillo y resplandor, pero no ofrece sustancia, ni tranquilidad, ni tregua. Sin embargo, fue en esa luz en donde vio a la chica por primera vez, y como es incapaz de renunciar a ella, continúa viviendo bajo ese sol al tiempo que trata de reconciliarse con él.

Se llama Pilar Sanchez, y la conoció seis meses atrás en un parque, un encuentro puramente casual a última hora de la tarde de un día de mediados de mayo, el encuentro más inverosímil que quepa imaginar. Ella sentada en el césped, leyendo un libro, y él también sobre la hierba con otro libro en la mano, que por casualidad era el mismo que ella tenía, en la misma edición de bolsillo, con idéntica portada, El gran Gatsby, que él leía por tercera vez desde que su padre se lo regaló al cumplir dieciséis años. Llevaba allí veinte o treinta minutos, enfrascado en la lectura y por tanto ajeno a todo lo que le rodeaba, cuando oyó que alguien reía. Se volvió, y en aquella primera y fatal visión, mientras ella le sonreía allí sentada señalando el título de su libro, él calculó que aún no había cumplido los dieciséis, sólo una niña, en realidad, y de poca estatura además, una adolescente menuda que llevaba vaqueros muy cortos y ajustados, sandalias, y una brevísima camiseta, el mismo atuendo de cualquier otra chica medianamente atractiva de la parte baja de aquella Florida destellante de sol. Casi una criatura, dijo para sí, y sin embargo ahí estaba con los tersos miembros desnudos y un rostro despierto y sonriente, y él, que rara vez sonríe a nada o a nadie, la miró a los ojos negros y vivaces y le devolvió la sonrisa.

17.9.10

Poema del Viernes # 37


Paul Auster ( Newark, EEUU, 1947)



EFIGIES

Sendas de eucaliptos: un resto del pálido cielo
temblando en mi garganta. A través del zumbido
lastre del verano
la cizaña que acalla
incluso tu paso.

*

Los innúmeros fantasmas de luz.
Y lo que fue pérdida: memoria
de lo que nunca ha sido. Las colinas. Las imposibles
colinas perdidas en el brillo de la memoria.

Como si todo aún
esperara a nacer. Inmortal en el ojo,
allí donde el ojo
se abre
al ruido del calor: una avispa, un cardo oscilando en las púas
de alambre.

*

Nevada. Y en la veta
más profunda de la blancura: memoria
que añade tus pasos
a lo ya perdido.

Sin fin
yo hubiera caminado contigo.

*

Alba. La inmensa luz
aluvial. El carillón de nubes
al amanecer. Y los botes
amarrados en la niebla del muelle
invisibles.

7.9.10

Sunset park


La portada.


No hemos leído Invisible (por lo menos, no yo) y ya Paul Auster anuncia un nuevo lanzamiento: Sunset Park. Y eso que anunció después de publicado Invisible que terminó exhausto, y que tomaría unas vacaciones. No andaba tan cansado y no tomó mucho sol. Al respecto de Sunset park, Antonio Lozano le pregunta al autor para la Revista Ñ:


¿Ahora los periodos de recuperación son más largos?
Sin duda. Para empezar, antes tenía la sensación de disponer de un cajón a rebosar de ideas para futuras novelas. Acababa una y, en un mes o dos como máximo, abría el cajón, cogía una y me sentaba a desarrollarla. Desde hace unos años, el cajón está vacío, me cuesta mucho más dar con el hilo del que tirar. Las ideas parecen caerme del cielo cuando en el pasado las maceraba durante años en la cabeza. Me puedo pasar seis o siete meses entre un libro y otro. Siempre me ha supuesto un gran misterio conocer su origen, rastrear su evolución dentro de mí, y ahora se añade la intriga del cambio de ritmo. Sin embargo, no me detengo. Tras un largo descanso desde que acabé Sunset Park, detecto que estoy a punto de arrancar con un nuevo proyecto.

¿Le aterroriza que algún día ya no salga absolutamente nada de ese cajón?
En absoluto. Hay tantas cosas diferentes por hacer..., ¿no?

¿Qué le condujo a escoger un barrio tan degradado como Sunset Park como escenario?
Cuando la economía empezó a colapsarse allá por el verano del 2008, no cesaba de encontrarme en las noticias con historias de gente que perdía su hogar. Decidí que quería escribir sobre alguien que es expulsado de su casa, tratar el tema de la desposesión. Una amiga que vive en Sunset Park me estaba dando un tour por el barrio cuando nos encontramos con una enorme casa abandonada que me llamó poderosamente la atención y de la que tomé muchas fotos. Para escribir siempre necesito contar con un espacio muy específico y delimitado sobre el que proyectar mi imaginación, aunque luego apenas aparezca en el libro o al lector le importe bien poco. Y en esa casa, que al poco demolieron, metí a mis okupas.

Al abarcar los sueños y los desengaños de tantos personajes de edades tan diferentes en la novela, parece que cada vez está más cerca de entender de qué va esto de la vida.
Bueno..., es que uno ha pasado por tanto y ha visto tanto..., tanta alegría y tanto sufrimiento... Cuando te haces mayor, tu preocupación por los demás crece contigo. Supongo que de una forma natural mis libros han ganado en mirada compasiva. De joven no puedes entender a los mayores porque no has experimentado lo que ellos, de manera que te desentiendes. Por el contrario, la mayoría de la gente con la que trato ahora es más joven que yo, lo que unido a tener una hija en la veintena me ha permitido seguir interesándome por la juventud.

17.2.10

Primeras páginas de Invisible


Paul Auster y Sophie, su hija.


Quien no haya leído La trilogía de Nueva York, de Paul Auster, se está perdiendo de todo un universo literario. Los estadounidenses Auster y Cormac McCarthy son referencia, desde hace tiempo, de cómo se debe hacer una novela contemporánea. ¿Estaremos hablando de un boom estadounidense? Me respondo: desde hace tiempo, Hellman. Philip Roth, James Ellroy, DeLillo y unos cuantos más encabezan la lista. Por el momento, y solo por el momento, leamos las primeras páginas de Invisible, la nueva novela de Paul Auster.

Otra cosa, y esto es para Anagrama, aunque no lleguen nunca a este blog - por el momento, y solo por el momento -, ¿cómo es posible, querido Herralde, que cada libro de la colección maravillosa de Anagrama, se vendan en Colombia a $70.000, $90.000 y de allí en adelante? ¿No ves que con ese dinero se pueden conseguir 10 libros en excelente estado, incluso de mejores autores de los que publicas?

Pincha aquí para leer la primera parte de Invisible, de Paul Auster

29.12.09

La invisibilidad de Sunset Park


Auster, al recibir el Príncipe de Asturias, en el 2006.

Hay dos narradores norteamericanos que están publicando como si tuviesen represados años de trabajo. Años de vigilia, años de escritura. Me refiero a Phillip Roth y a Paul Auster. No acaba Auster de lanzar Invisible y ya anuncia Sunset Park, su nueva obra. ¿Y vos, querido lector, que andas escribiendo? La nota En la Revista Ñ:
El escritor estadounidense Paul Auster dijo hoy en la ciudad española de León (norte) que ya tiene lista su nueva novela Sunset Park, que saldrá publicada en Estados Unidos el próximo noviembre.

Como buena parte de su producción literaria, la nueva novela transcurre en Nueva York y en ella se vale de múltiples narradores para contar la trama.

Auster explicó que se siente más cómodo contando así las historias y que antes usaba únicamente un narrador porque "igual no estaba preparado" para usar varios.

El Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006 se refirió además a asuntos como la piratería y advirtió del peligro que supone no respetar los derechos de autor para la "creación" en general, no solo para la música, sino para la literatura, a través de los libros electrónicos.

"La gente joven piensa que se puede conseguir todo gratis" a través de internet y lo que se debería intentar es hacerles entender que "estas cosas están creadas por individuos, que cuesta sacrificio hacerlas y que necesitan ser compensados por el trabajo", ya que, de lo contrario, "la maquinaria puede pararse".

En cuanto al acto de escribir, afirmó que "es una manera bastante terrible de vivir" y reconoció que si alguien le pidiera consejo le diría que no lo hiciera, o por lo menos que no se preocuparan por el aspecto comercial.

Auster habló además de la soledad, que implica el acto de escribir, y consideró que para hacerlo "hay que tener cierto gusto para estar solo y cierta sensibilidad" para ello.

"La soledad es como un acto de desaparición", explicó el autor, que también se refirió a las palabras, que aunque nos definen como seres humanos, se puede vivir sin ellas.

La amplia producción de Auster abarca prácticamente todos los géneros literarios, desde el relato y la novela al ensayo y la poesía, sobre la que dijo que "hace casi más de 30 años" que no escribe un poema, a excepción de en reuniones familiares o para hacer a la gente reír y, aunque no puede predecir nada, de momento no tiene pensado escribir poesía.

23.11.09

El poeta de Paul Auster


La trilogía bajo el sombrero...

Le estreché la mano por primera vez en la primavera de 1967. Por entonces yo era un estudiante de segundo curso en Columbia, un muchacho sin formar con ansia de libros y la creencia (o ilusión) de que algún día tendría las suficientes cualidades para considerarme poeta, y como leía poemas, ya conocía a su tocayo del infierno de Dante, un muerto que iba arrastrando los pies por los últimos versos del canto veintiocho del Inferno. Bertran de Born, el poeta provenzal del siglo XII, que llevaba cogida del pelo su cabeza cortada, haciéndola oscilar de un lado a otro como un farol: sin duda una de las imágenes más grotescas de ese extenso catálogo de alucinaciones y tormentos. Dante era un defensor incondicional de los escritos de Bertran de Born, pero lo redujo a la condenación eterna por haber aconsejado al príncipe Enrique que se rebelara contra su padre, el rey Enrique II, y como el poeta originó la división entre padre e hijo convirtiéndolos en enemigos, el ingenioso castigo de Dante fue dividirlo a él mismo. De ahí el cuerpo decapitado que va gimiendo por el inframundo, preguntando al viajero florentino si puede haber dolor más terrible que el suyo.

Cuando se presentó como Rudolf Born, inmediatamente pensé en el poeta. ¿Algún parentesco con Bertran?, le pregunté.

Ah, contestó, esa desventurada criatura que perdió la cabeza. Quizá, pero me temo que no parece probable. No tengo el de. Para eso hay que poseer un título de nobleza, y la triste verdad es que soy de todo menos noble.

No recuerdo en absoluto por qué me encontraba allí. Alguien debió invitarme, pero hace mucho que se me fue de la memoria quién pudo ser. Ni siquiera me acuerdo de dónde se celebraba la fiesta -en el norte o en el centro de la ciudad, en un apartamento o en un loft- ni de mis motivos para aceptar la invitación en primer lugar, porque por aquella época tendía a evitar las grandes congregaciones de gente, harto del barullo de la multitud que habla mucho y dice poco, azorado por la timidez que me sobrevenía en presencia de personas desconocidas. Pero aquella noche, inexplicablemente, dije que sí, y acompañé a mi olvidado amigo adondequiera que me llevase.

Lo que recuerdo es lo siguiente: en cierto momento de la velada, me encontré solo en un rincón de la estancia. Estaba fumando un cigarrillo mientras observaba a la gente, docenas y docenas de jóvenes cuerpos apiñados en los confines de aquel espacio, oyendo la estruendosa mezcla de palabras y risas, preguntándome qué demonios hacía allí y pensando que tal vez era hora de marcharme. Había un cenicero sobre un radiador a mi izquierda, y al volverme para apagar el pitillo vi que, sujeto en la palma de la mano de un desconocido, el receptáculo lleno de colillas se elevaba hacia mí. Sin que lo hubiera advertido, dos personas acababan de sentarse en el radiador, un hombre y una mujer, ambos mayores que yo, y sin duda con más años que ninguno de los que se encontraban en la habitación: él, alrededor de los treinta y cinco; ella, veintinueve o treinta.

Hacían una extraña pareja, a mi modo de ver, Born con un arrugado traje blanco de lino, un tanto sucio, y una camisa blanca igualmente arrugada bajo la chaqueta, y la mujer (que según resultó se llamaba Margot) toda vestida de negro. Cuando le agradecí el cenicero, me dirigió un leve y cortés movimiento de cabeza y dijo Encantado con un ligerísimo acento extranjero. Francés o alemán, no sabía decir, pues su inglés era casi impecable. ¿Qué más observé en aquellos primeros momentos? Piel clara, descuidado cabello pelirrojo (más corto de lo que solía llevarse por entonces), facciones amplias y regulares, sin nada especialmente destacable (un rostro corriente, en cierto modo, una cara que resultaría invisible entre cualquier multitud), y ojos castaños de mirada firme, los ojos perspicaces de alguien que no parecía tener miedo a nada. Ni delgado ni robusto, ni alto ni bajo, pero dando a pesar de ello cierta sensación de fuerza física, quizá debido al grosor de sus manos. En cuanto a Margot, permanecía quieta sin mover un músculo, mirando al vacío, como si la misión principal de su vida fuera la de parecer aburrida. Pero interesante, muy atractiva para mis veinte años, con su pelo negro, suéter negro de cuello vuelto, minifalda negra, botas de cuero negro, y espeso maquillaje oscuro en torno a sus grandes ojos verdes. No era una beldad, quizá, sino una representación de la belleza, como si encarnara algún ideal femenino de la época con su apariencia de estudiado estilo.

Born dijo que Margot y él estaban a punto de marcharse, pero entonces me vieron solo en el rincón, y como tenía aquel aire tan desdichado, decidieron acercarse para animarme un poco: sólo para asegurarse de que no me rebanaría el cuello antes de que acabara la noche. Me quedé sin saber cómo interpretar aquella observación. ¿Estaba insultándome aquel hombre, me pregunté, o intentaba realmente mostrarse amable con un muchacho desconocido que parecía perdido? En las palabras de Born había cierto tono de broma que desarmaba, pero en sus ojos brillaba una expresión fría y distante, y no pude evitar la sensación de que, por razones que se me escapaban por completo, me estaba provocando, poniéndome a prueba.

Me encogí de hombros, y dirigiéndole una tenue sonrisa, repuse: Lo crea o no, me estoy divirtiendo como nunca.

Entonces fue cuando se incorporó, me dio la mano y me dijo su nombre. Tras mi pregunta sobre Bertran de Born, me presentó a Margot, que me sonrió en silencio y luego volvió a su tarea de mantener la mirada perdida.

A juzgar por su edad, me dijo Born, y considerando su conocimiento de oscuros poetas, yo diría que es usted estudiante. De literatura, sin duda. ¿En la Universidad de Nueva York o en Columbia?

Columbia.

Columbia, suspiró. Qué sitio tan lúgubre.

¿Lo conoce?

Desde septiembre doy clases en la Facultad de Relaciones Internacionales. Como profesor visitante con contrato de un año. Afortunadamente, ya estamos en abril, y dentro de dos meses me volveré a París.

Así que es francés.

Por circunstancias, inclinación y pasaporte. Pero soy suizo de nacimiento.

¿Suizo francés o alemán? Percibo en su voz algo de ambas cosas.

Born hizo un ruidito chasqueando la lengua y luego me miró fijamente a los ojos. Tiene buen oído, me contestó. En realidad, soy las dos cosas: el producto híbrido de una madre germanohablante y un padre francófono. Me crié hablando indistintamente las dos lenguas.

Sin saber lo que decir a eso, me detuve un momento y luego le hice una pregunta inocua: ¿Y qué enseña en nuestra deprimente universidad?

El desastre.

Es un tema bastante amplio, ¿no le parece?

Más en concreto, las calamidades del colonialismo francés. Doy un curso sobre la pérdida de Argelia y otro acerca de la retirada de Indochina.

La encantadora guerra que ustedes nos han legado.

No hay que subestimar la importancia de la guerra. Es la expresión más pura y vívida del espíritu humano.

Empieza usted a parecerse a nuestro poeta descabezado.

¿Ah?

Veo que no lo ha leído.

Ni una palabra. Sólo lo conozco por el pasaje de Dante.

De Born es un buen poeta, incluso puede que excelente; pero profundamente perturbador. Escribió unos poemas de amor encantadores y un conmovedor lamento a raíz de la muerte del príncipe Enrique, pero su verdadero tema, lo único que parecía interesarle con genuina pasión, era la guerra. Le producía auténtico deleite.

Entiendo, repuso Born, dirigiéndome una irónica sonrisa. Un hombre con el que me identifico.

Me refiero al placer de observar cómo los hombres se parten el cráneo unos a otros, de ver castillos envueltos en llamas, derrumbándose, de contemplar a los muertos con lanzas atravesadas en los costados. Todo muy sanguinario, créame, y Bertran de Born ni se estremece. La sola idea de un campo de batalla lo llena de felicidad.

Me parece que no tiene usted deseos de convertirse en soldado.

Ninguno. Prefiero ir a la cárcel antes que combatir en Vietnam.

Y suponiendo que se libre de la cárcel y el ejército, ¿qué planes tiene?

Ninguno. Sólo seguir con lo que estoy haciendo y esperar que me salga bien.

¿Y qué es?

Escribir. El arte de emborronar papel.

Eso pensaba. Cuando Margot lo vio al otro extremo de la habitación, me dijo: Fíjate en aquel chico de ojos tristes y aire pensativo: qué te apuestas a que es poeta. ¿Es usted poeta?

Escribo poemas, sí. Y también algunas críticas de libros en el Spectator.

El periodicucho universitario.

Todo el mundo tiene que empezar en alguna parte.

Interesante...

No tanto. Casi todos los tipos que conozco quieren ser escritores.

21.5.09

La invisibilidad de Paul Auster


El libro.

Aunque él dice que "no es para nada autobiográfica", la próxima novela de Paul Auster arranca en 1967 en Nueva York, y su protagonista es Adam Walker, un joven aspirante a escritor, estudiante de la Universidad de Columbia. Cualquier semejanza con Paul Auster, entonces, sería pura conincidencia.

La novela se llama Invisible y según anuncia su editorial, estará a la venta entre los últimos días de octubre y los primeros de noviembre de este año. La revista Granta adelanta un fragmento de la novela y su editor en los Estados Unidos, John Freeman, le realizó una videoentrevista al escritor en su casa de Brooklyn.

Ahí Auster cuenta parte de la trama de la historia de este joven que vive intensamente esos años, y donde la sexualidad es mucho más explícita que en sus novelas anteriores. También habla de sus métodos de trabajo, de sus rutinas y del misterio de las ideas hechas ficción.
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