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1.12.10

Entrevista a Piglia


Portada de la nueva novela de Ricardo Piglia.


Trece años de silencio. Ha despertado uno de los grandes escritores latinoamericanos. Ricardo Piglia publica su nueva novela, Blanco nocturno. Oscar Guisoni lo entrevista en Buenos Aires:

El protagonista de Blanco nocturno, Luca Belladona, es un personaje obsesivo: tuvo una fábrica pero la tuvo que cerrar por causa de la política económica del gobierno. ¿Es una referencia directa a la historia latinoamericana contemporánea?

Es una historia que tiene una relación autobiográfica conmigo, el personaje de Luca está basado en un primo mío que tuvo una fábrica que quebró y que él no quiso entregar. Se quedó allí encerrado construyendo objetos. El personaje de Luca vive en un momento en que el valor de la producción de objetos está comenzando a declinar. De hecho tiene una revelación cuando escucha ese discurso de Nixon en el que anuncia que Estados Unidos abandona el patrón oro, el dólar comienza a fluctuar libremente y toda esta cuestión tan contemporánea de la especulación financiera se desata a partir de ahí. Su drama personal tiene que ver con el hecho de que es propietario de un saber, el de fabricar objetos, que ya no tienen lugar en el mundo. En ese sentido creo que en la actualidad la economía funciona como el destino, como era el destino para la tragedia griega: un lugar muy poco claro, del que provienen palabras, mensajes que uno no termina de descifrar. Lo que le pasa a Luca con la economía ya le pasaba al héroe clásico con la palabra de los dioses. Hay también en la novela una tensión subterránea, entre el mundo conservador, identificado con los propietarios de campo y esa aspiración a la modernidad que se traduce en la pretensión de poder fabricar y no sólo exportar materias primas. Es una tensión que ha recorrido gran parte de la historia de América Latina, pero yo la cuento con base en mi propia experiencia, no son cosas que me han ocurrido personalmente, pero sí que he visto en mi familia.

Hay en Blanco nocturno una referencia constante a las conspiraciones ocultas que deciden la suerte de la sociedad sin que lo sepamos. ¿Por qué cree que tienen tanta aceptación popular las teorías de conspiración?

Es la forma que tiene el sujeto contemporáneo de explicar lo que sucede en el medio de la marea de informaciones que lo confunden y que no puede interpretar. El sujeto siente que la economía, por ejemplo, le perturba su propia experiencia y él no entiende bien por qué. Pensar que detrás de los complejos movimientos de capitales hay un complot es el modo de encontrarle sentido a acontecimientos muy oscuros. Vuelvo a la noción de destino en el pensamiento clásico: los dioses le decían a los hombres oráculos confusos y los héroes trágicos los entendían mal y esto los llevaba a la ruina. Hoy la economía juega ese papel: nos llevan mensajes confusos que interpretamos al revés. Cuando hay que comprar casas, vendemos. Invertimos cuando no hay que hacerlo. Compramos casas cuando convenía comprar dólares… El Estado, por otro lado, usa la amenaza de un supuesto complot para garantizar un sistema de control. Yo vivo en Estados Unidos donde todos los sistemas de control están conectados a la inminencia de un ataque terrorista que supuestamente pondría en riesgo a la sociedad.

En la novela se presenta a Jesús y a los apóstoles como una secta de iniciados comedores de hongos que compartían un conocimiento oculto, como una especie de vanguardia iluminada. Me recuerda a una escena de la primera temporada de Los Sopranos en la que la mujer de Tony le dice al sacerdote “Entiendo lo que hizo Jesús, pero no lo que dijo”. ¿Cree que son acaso las religiones con su lenguaje hermético las primeras interpretaciones paranoicas de la realidad?

La idea de que uno tiene la verdad absoluta, de que uno es el hijo de Dios y que tiene la llave para interpretar la realidad, puede verse como una construcción paranoica, entendiendo la paranoia no desde el punto de vista psiquiátrico, claro está. Por otro lado, la idea de la sociedad secreta recorre la historia política. Se puede ver el modelo de Cristo también en Lenin o en los pequeños grupos revolucionarios de los setenta. Un pequeño grupo de iniciados que tienen una verdad y que luchan por ella. Esa idea está muy presente en la historia contemporánea. De todos modos, son ideas del personaje de Luca… ¡No vayan a pensar que soy yo el que dice esas cosas…!

A lo largo de la novela hay referencias muy intensas a la confusión que generan los parecidos y los iguales, culpables verdaderos y falsos culpables que se parecen entre sí, hermanas gemelas, hermanos que tienen un nombre casi igual… ¿Por qué esta obsesión con lo parecido y lo diferente y con la búsqueda de la verdad absoluta, que es de última el motor de la trama?

En principio tiene que ver con la idea de que vemos e interpretamos lo que vemos con base en un saber previo. Nunca vemos en forma pura. Y como la historia transcurre en la llanura, me interesaba resaltar la cuestión de la luz, que en ese paisaje es una cosa de día y de noche se vuelve algo totalmente diferente. La llanura de noche es muy amenazadora. Uno teme perderse ahí, no hay horizonte, se pierde la dirección y esto se relaciona con la cuestión del sentido. Desde ese punto de vista, quise transmitir esa incertidumbre tan importante para el género policial que es: ¿qué quiere decir “ver bien”, o “percibir correctamente” un hecho? ¿Qué quiere decir “descifrar un rastro”, “perseguir una señal”? Todas estas cuestiones no están en la novela como tema central, pero eran muy importantes para mí mientras escribía el libro.

Realiza usted una serie de homenajes en la novela que hablan claramente de sus influencias. ¿Qué escritores lo han influenciado?

Creo que uno nunca es consciente de sus influencias. Ya sabes cómo es esto con los escritores: cuando les preguntan quién les influyó, siempre dicen “Dante”, “Homero”, “Shakespeare”… No hay que creernos tanto a los escritores cuando explicamos cuáles son los que más nos han influido. Pero debo decir que Faulkner nos enseñó a muchos de nosotros en América Latina a usar una familia como estructura de una narración, la potencia que tiene la sucesión de generaciones para contar una historia y a localizar la historia en un pueblo, ya que uno tiene una experiencia de relación entre los personajes que no es la misma que cuando se localiza una novela en una ciudad, porque los personajes en un pueblo se vuelven a encontrar de una manera inevitable; es común que a la mañana se encuentren en un bar y a media tarde vuelvan a encontrarse a la orilla del río. Mientras que en una ciudad la posibilidad de volver a ver a la gente es ínfima, suena como forzada.

En el caso de Tolstoi, yo diría, releyendo la frase, que “todas las novelas malas se parecen y cada novela buena es buena a su manera”. La gran enseñanza de Tolstoi es que no hay historia privada. Nos ha enseñado a trabajar más que con los hechos con el efecto de los hechos. A diferencia de lo que piensan algunos, que narrar es contar muchos hechos, Tolstoi enseña cómo los acontecimientos producen efectos. La novela no es el periodismo, cuenta el efecto de los hechos. Guerra y Paz es la historia del efecto que produce la entrada de Napoleón en Rusia. De todos modos, todo esto que estoy diciendo no tiene nada que ver con el valor de mi novela… No porque yo diga estas cosas, la novela es buena, sino que son las cosas que uno ha aprendido de los novelistas que admira.

Sus ficciones están siempre entrelazadas con la historia política argentina. Blanco nocturno transcurre en 1972 mientras se espera que vuelva el general Perón, Respiración artificial tiene desde un personaje que era espía de Juan Manuel de Rosas en el siglo XIX a otro que desaparece misteriosamente en clara alusión a los desaparecidos de la dictadura militar del general Videla. ¿Por qué cree que es tan importante la política en su obra y en la literatura latinoamericana en general?

Esto ocurre porque en América Latina la política influye mucho en la vida privada, no sólo de los escritores. Durante muchos años hemos tenido que vivir con la posibilidad del exilio, la persecución. De todos modos, hay maneras muy diferentes de abordar la política en una narración. Yo no cuento historias políticas, sino el modo en que la política influye en la vida privada de los individuos. En Blanco nocturno casi no se habla del regreso de Perón, y si se hace, es en broma, pero está muy presente. En la historia argentina ese año fue muy especial, todo el mundo miraba para arriba a ver si venían el avión con Perón dentro.

Sin embargo usted no es un escritor como fue Saramago, Benedetti o es Eduardo Galeano. No participa demasiado en el debate público, no se lo ve embanderado con causas del día a día. ¿A qué se debe esta posición de distancia y cercanía a la vez con la política?

Siempre traté de que mi intervención en la política tuviera que ver con la literatura, con la práctica. No me gustan los escritores que generalizan demasiado, que son opinadores profesionales —aclaro que no hablo ni de Saramago ni de Galeano—. Hay como una demanda a los escritores para que hablen de cosas que no son aquellas de las que podemos hablar con más propiedad. Así que he tratado de manejar el mundo de la política en el interior del campo en el que yo puedo intervenir con más precisión. No me gusta usufructuar el lugar que un escritor puede tener para andar diciendo por ahí cosas que no siempre podemos probar con nuestro conocimiento o nuestra experiencia. Tampoco me gustan los escritores que están siempre embanderados con algunas causas, porque a veces parece un efecto de marketing.

6.9.10

Blanco nocturno


Ricardo Piglia.


Ricardo Piglia vuelve. Y lo hace con una interesante novela policiaca. La nota en El País:

La vida como escritor de Ricardo Piglia comenzó en un momento más o menos preciso: en alguno de todos los días -o en cada uno de todos los días- que transcurrieron entre el mes de febrero y el jueves 3 de marzo de 1957. El error de paralaje puede corregirse pero en todo caso la huella primigenia de ese comienzo son unas líneas de su diario personal cuya primera entrada dice así: "3 de marzo de 1957 (Nos vamos pasado mañana.) Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, al que uno encuentra, no al que se deja de ver. Gané al billar, hice dos tacadas de nueve. Nunca había jugado tan bien. Tenía el corazón helado y el taco golpeaba con absoluta precisión (...) Después fuimos a la pileta y nos quedamos hasta tardísimo. Me zambullí del trampolín alto. Desde tan arriba las luces de la cancha de paleta flotaban en el agua. Todo lo que hago me parece que lo hago por última vez".

La vida como escritor de Ricardo Piglia comenzó -sin que él lo supiera- en el verano austral de ese año en que tuvo 16, cuando su padre, Pedro Piglia, médico, peronista, perseguido y encarcelado en tiempos de antiperonismo furibundo en la Argentina, decidió que era más seguro abandonar la casa donde habían vivido siempre en Adrogué, un suburbio de la ciudad de Buenos Aires, y mudarse a un sitio donde pudieran inventarse un pasado u omitir, al menos, las partes difíciles. En esos años los kilómetros establecían también una distancia temporal, y los cuatrocientos que separaban a Buenos Aires de una ciudad de la costa atlántica llamada Mar del Plata parecían suficientes. De modo que en menos de un mes los integrantes de la familia Piglia -Pedro Piglia, Aída Renzi y sus dos hijos, Ricardo Emilio y Carlos- desmantelaron todo para empezar la vida en otra parte. El efecto colateral para uno de todos esos integrantes fue tan bueno como devastador: Ricardo, ese chico que apenas si cumplía con el colegio porque prefería frecuentar billares, bailes y partidos de fútbol, se quedó, de un día para otro, sin amigos, sin barrio, sin primos: sin mundo. Así, en una de las tardes de ese tiempo de yeso, en alguna de las habitaciones de la casa ya vacía, empezó a escribir, como defensa y como ataque, un diario -"3 de marzo de 1957: (Nos vamos pasado mañana.)"- y ese no fue el comienzo pero sí la huella primigenia de su vida como escritor.

Años más tarde, a fines de los sesenta, Ricardo Piglia viajó a Turín, la ciudad donde se suicidó Cesare Pavese, y descubrió que, después de anotar aquella línea final en su diario ("Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más"), Pavese había permanecido vivo una semana más. "El Diario terminaba ahí -escribiría Piglia en su cuento 'Un pez en el hielo' incluido en La invasión (Anagrama, 2006)-. Todo estaba decidido. Y sin embargo Pavese pasó una semana antes de matarse (...) Vivió todavía ocho días más, aunque para sí mismo ya era un muerto. El condenado. El muerto vivo. Cuánto tiempo puede sobrevivir, inmóvil, el pez en el hielo. Los ojos atentos a la blancura transparente; la inmovilidad total". Piglia es, hoy, uno de los escritores más prestigiosos de Latinoamérica, profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Princeton, autor de tres libros de relatos, cinco de ensayos, una nouvelle y tres novelas, sin contar la esperadísima Blanco nocturno, que Anagrama publica en España, Chile, México y Argentina. Y todo eso es producto de muchas cosas -de las lecturas, de los amigos, de los bares, del cine, de las mujeres y hasta de sus gafas redondas y sus sacos de lana y su manera de achicar los ojos y adelantar el mentón o acercarlo al pecho cuando habla-, pero es también -¿quizás, seguramente?- producto de la espera fúnebre de aquellas semanas de 1957 en las que contempló todo desde la cáscara helada de su destino inevitable, cuando fue el pez en el hielo, haciendo las cosas como si las hiciera por última vez.