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30.3.10

Todo Marlowe


Chandler.


Solitario, cínico y escéptico, Philip Marlowe es, junto a Sam Spade, el detective más famoso de todos los tiempos. De algún modo, todos los grandes detectives que a partir de los años cuarenta ha dado la novela negra no hacen más que recrear al inolvidable Marlowe, concebido inicialmente por Raymond Chandler como una suerte de alter ego, un Quijote que se enfrenta a una sociedad que no comprende armado tan sólo con su insobornable ética. Este volumen contiene las cuatro primeras novelas protagonizadas por Philip Marlowe. En El sueño eterno (1939), la primera gran novela negra de Chandler, el detective investiga el chantaje a un anciano millonario por la deuda de juego de una de sus hijas. En Adiós, muñeca (1940), para muchos su mejor obra, sigue al gigante Moose Malloy en la búsqueda desesperada de su "pequeña Velma", pero termina enredándose en las turbulencias de un hampón. En La ventana siniestra (1942), lo que persigue es el rastro de una moneda valorada en una fortuna para acabar donde suele: en las alcantarillas del engaño, la violencia y el delito. Finalmente, en La dama del lago (1943) la corrupción y el crimen se desencadenan tras la desaparición de una mujer sin atributos.

Toda novela de Raymond Chandler exhibe tipos duros, mujeres fatales, brillantes tramas, asesinatos encadenados y un sinfín más de actividades delictivas. Sin duda, son mimbres extensibles a casi todo el género negro, pero contienen, sin embargo, un componente único, aunque se ha intentado imitar hasta la saciedad: Marlowe. Eso es: su magnetismo, su acidez, su ironía. El detective, que narra todas las novelas en primera persona, no vacila en ser despiadado, incluso a veces brutal, pero su código moral es invariable en un solo punto: nadie podrá corromperlo. Fuera, en la ciudad, todo está, en cambio, corroído. El crimen es el espejo de la sociedad: muertes, robos, estafas, extorsiones. Y en esa sociedad es el dinero y la ambición por el poder lo que siempre está detrás, convirtiendo la moral y la dignidad en una simple moneda de cambio. Pero ahí está Marlowe, él solo, haciendo frente a un mundo en descomposición. Un hombre con una misión en la vida. Aquí un fragmento:

Eran más o menos las once de un día nublado de mediados de octubre, y se tenía la sensación de que podía empezar a llover con fuerza pese a la limpidez del cielo en las estribaciones de la sierra. Me había puesto el traje azul añil, con camisa azul marino, corbata y pañuelo a juego en el bolsillo del pecho, zapatos negros, calcetines negros de lana con dibujos laterales de color azul marino. Iba bien arreglado, limpio, afeitado y sobrio y no me importaba nada que lo notase todo el mundo. Era sin duda lo que debe ser un detective privado bien vestido. Me disponía a visitar a cuatro millones de dólares.
El vestíbulo principal de la residencia Sternwood tenía una altura de dos pisos. Sobre la doble puerta principal, que hubiera permitido el paso de una manada de elefantes indios, había una amplia vidriera que mostraba a un caballero de oscura armadura rescatando a una dama atada a un árbol y sin otra ropa que una cabellera muy larga y conveniente. El adalid había levantado la visera del casco para mostrarse sociable, y estaba tratando de deshacer los nudos que aprisionaban a la dama, pero sin conseguir ningún resultado práctico. Me quedé allí parado y pensé que, si viviera en la casa, antes o después tendría que trepar allí arriba para ayudarle. No daba la impresión de esforzarse mucho.
Había puertas-ventanas al fondo del vestíbulo y, más allá, una amplia extensión de césped color esmeralda que llegaba hasta un garaje muy blanco, delante del cual un joven chófer, esbelto y moreno, con relucientes polainas negras, limpiaba un Packard descapotable de color granate. Más allá del garaje se alzaban algunos árboles ornamentales, arreglados con tanto cuidado como si fueran caniches. Y todavía quedaba sitio para un invernadero de grandes dimensiones con techo abovedado. Finalmente más árboles y, al fondo de todo, la línea sólida, desigual y cómoda de las últimas estribaciones de la sierra.
En el lado este del vestíbulo una escalera exenta, con suelo de azulejos, se alzaba hasta una galería con una barandilla de hierro forjado y otra historia caballeresca recogida en vidriera. Por todo el perímetro, grandes sillas de respaldo recto con asientos redondos de felpa roja ocupaban espacios vacíos a lo largo de las paredes. No parecía que nadie se hubiera sentado nunca en ellas. En el centro de la pared orientada hacia el oeste había una gran chimenea vacía con una pantalla de latón dividida en cuatro paneles por medio de bisagras y, encima de la chimenea, una repisa de mármol con cupidos en los extremos. Sobre la repisa colgaba un retrato al óleo de grandes dimensiones y, encima del cuadro, cruzados en el interior de un marco de cristal, dos gallardetes de caballería agujereados por las balas o comidos por la polilla. El retrato era de un oficial en una postura muy rígida y con uniforme de gala, aproximadamente de la época de la guerra entre México y Estados Unidos. El militar tenía bigote y mosca negros, ojos duros y ardientes también negros como el carbón y todo el aspecto de alguien a quien no sería conveniente contrariar. Pensé que quizá fuera el abuelo del general Sternwood. Difícilmente podía tratarse del general en persona, incluso aunque me hubieran informado de que, pese a tener dos hijas veinteañeras, era un hombre muy mayor.


4.1.10

Jonathan Lethem sobre Chandler


Raymond Chandler.

En el comienzo de La dama del lago , Raymond Chandler escribe: "El Treloar Building se encontraba, y se encuentra aún hoy, en Olive Street, cerca de la Sexta, en el West Side. La acera de enfrente estaba hecha con bloques de goma blanca y negra. Ahora los estaban quitando para devolverlos a la municipalidad y un hombre pálido y sin sombrero, con una cara de custodio del edificio, miraba cómo trabajaban. Y tenía la mirada de alguien al que le estuvieran destrozando el corazón".

Los Ángeles como Utopía -veredas de goma- perennemente en peligro de ser desmontada y fundida y reconvertida en automóviles o pistolas. Si el puesto que espera de derecho a California en la historia estadounidense corresponde al de destino, al de meta -por lo tanto, a la vez, un fin-, es también el punto de llegada de un viaje de sueño, antes de hundirse en el abismo del Pacífico, donde los horizontes de gloria se convierten en horizontes de angustia. Y entonces Los Ángeles es un bluff , una propuesta que no se sostiene, un lugar construido tan velozmente que los nervios de todos están aún sacudidos por la aparición en escena de la ciudad y por la obligación de fingir que existe de verdad.

Noten la primera duda de Chandler -el Treloar "se encontraba y se encuentra aún hoy en Olive Street", ¿quizá sus lectores temían que el edificio se hubiera movido? Y ya que estamos, ¿quién es el hombre pálido y sin sombrero que observa los trabajos? Se lo describe tan sólo como alguien con una "cara" de portero, aunque no hay nada que le impida ser de verdad el portero del edificio. Y aún más importante, quizás es el hombre que describe a este hombre: el hombre que mira, la presencia Chandler-Marlowe que tiñe la escena con una sombra invisible en un modo omnipresente pero no revelado.

¿Por qué le interesan tanto el Treloar y la acera de goma? Difícil decirlo. En Chandler el estilo hard boiled se convierte sobre todo en un modo de observar, no muy diferente del de una máquina fotográfica.

La facilidad con la que Philip Marlowe cruza los límites, el pasaje constante de las escenas de amor a las de trompadas y a los homicidios que llenan los libros de Chandler lo asemejan a una máquina fotográfica. O a un fantasma. En sus misteriosas apariciones, Marlowe se convierte en una presencia cuyos movimientos, aunque momentáneamente sometidos al poder de los policías o de los deseos humanos, están en última instancia vinculados a aquéllos de un modo demasiado frágil, como si esos poderes fueran tan sólo breves contratiempos.

"Marlowe-un-delito-por-día" tiene siempre una cita que respetar, un cuarto o una calle que ocupar en su insomne catálogo de la fugacidad de los asuntos humanos. Y ya que así es Los Ángeles, esto que él observa en la luz enceguecedora, como de flash de magnesio, la luz alucinada y visionaria del sol, también es la falsa permanencia de los lugares que estas vidas humanas han terminado por ocupar y la falsa indiferencia de estos lugares por las catástrofes humanas representadas entre esos muros y esos límites.

Si la arquitectura es destino, entonces el de Marlowe es registrar el elenco de los destinos reflexivos de Los Ángeles. Las fatales, espléndidas ficciones de glamour y serenidad, las historias falsas que son reevocadas en los estúpidos cócteles.

Remover los esqueletos de los muertos y de los vivos, como ha hecho Catherine Corman en su catálogo tan evocativo de lugares hechizados, hace que el poder de observación de Chandler sea aún más urgente y terrible: esas calles, que, como estos edificios, han sido construidas para dar un orden a nuestras soledades, para evitar que se apilaran, insoportablemente, una sobre la otra, están haciendo de todo para olvidarnos.

¿Y, finalmente, qué es un fantasma?, ¿una especie de portero? Al menos hasta que esos lugares no sean desmontados y reciclados como automóviles y pistolas.