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14.4.10

El pelo, según Alan Pauls


La portada.


El nuevo libro de Alan Pauls, Historia del pelo, es la continuación de la trilogía que anunció hace ya varios años, la cual inauguró con Historia del llanto. Después de leer El pasado, no queda duda que el argentino tiene grandes historias para contar. Dice el libro:

No pasa día sin que piense en el pelo. Cortárselo mucho, poco, cortárselo rápido, dejárselo crecer, no cortárselo más, raparse, afeitarse la cabeza para siempre. No hay solución definitiva. Está condenado a ocuparse del asunto una y otra vez. Así, esclavo del pelo, quién sabe, hasta reventar. Pero incluso entonces. ¿O no ha leído que...? ¿No les crece el pelo también a...? ¿O eran las uñas?

Una vez, en verano, escapando del calor -son las cuatro de la tarde, casi no hay gente en la calle-, se mete en una peluquería desierta. Le lavan el pelo. Está boca arriba, con la nuca apoyada en la canaleta de plástico. Aunque está incómodo y le duelen las cervicales, y lo inquieta un poco la desaprensión con que su garganta parece ofrecerse al tajo del primer degollador que le salga al cruce, el masaje de los dedos, la dulce nube de perfume vegetal que se desprende de su cabeza y la presión de los chorros de agua tibia lo embriagan, transportándolo de a poco hacia una especie de ensueño. No tarda en dormirse. Lo primero que ve cuando vuelve a abrir los ojos, tan cerca que lo ve fuera de foco, como pintado sobre una superficie de arenas movedizas, es la cara de la chica que le lava la cabeza inclinada sobre él, invertida, la frente de ella suspendida a la altura de su boca. ¿Qué está haciendo? ¿Lo huele? ¿Está por besarlo? Se queda quieto, vigilándola con sus ojos ciegos, hasta que la chica, después de unos segundos de concentración en que se priva hasta de respirar, intercepta con una uña larga y filosa el afluente descarriado de champú que estaba a punto de metérsele en un ojo. Recién despierto, no puede recordar, aunque lo intenta, cómo era en verdad esa cara diez minutos atrás, cuando acababa de entrar en la peluquería y la vio por primera vez y ella sin duda le salió al cruce para preguntarle: «¿Te vas a lavar?» Ahora la tiene tan cerca que sería incapaz de describirla. Podría enamorarse de ella. De hecho no sabe si no se ha enamorado ya, al abrir los ojos y descubrir su rostro casi pegado al suyo, gigantesco, un poco como le sucede en el cine cuando se queda unos segundos dormido y al despertar se rinde al hechizo, siempre infalible, de lo primero que ve en la pantalla.

23.6.09

Herralde, siempre Herralde.


Alan Pauls, Herralde y Andrés Neuman. ¿Qué tal la foto, ah? Alan no cupo en la moto...

Como el dicho: nunca cambies Herralde. La mejor colección de literatura hispanoamericana indiscuti-blemente la tiene Anagrama, y su editor, Jorge herralde, tendrá varios conversatorios en Bogotá por estos días. Veamos apartes de la entrevista que nos deja en El Tiempo:

Hace 40 años, se respiraba en la bulliciosa Barcelona de los años sesenta un ambiente antifranquista, que buscaba incorporar esas nuevas corrientes del pensamiento que habían sufrido la censura durante muchos años.

Con la promulgación, en 1967, de una nueva ley de prensa, que relajó en parte esta situación, se vivió en la ciudad española un renacer de diversas editoriales y productoras de cine. En medio de ese ambiente de ebullición intelectual, el joven editor Jorge Herralde decidió fundar, en 1969, Anagrama, "una editorial muy participante en todas las inquietudes de aquellos tiempos del antifranquismo, la contracultura, el libro político y la literatura".

El sueño no estuvo exento de la prohibición y del embargo de libros. "Pero bueno, el catálogo de la editorial de los setenta es ilustrativo de cómo, a pesar de todo, publicamos libros impensables", recuerda su fundador.

Herralde, quien llega al país esta semana para participar, como invitado especial, en el Festival Malpensante, le contó a EL TIEMPO cómo se va dando ese proceso de enamoramiento con los textos que decide publicar, cuáles son las principales cualidades de un buen editor, cómo es su disciplina de lectura y su pasión por ciertos escritores, entre otros temas.

¿Alguna vez quiso ser escritor?

La verdad es que no. Como casi todo el mundo, en mi adolescencia perpetré algunos poemas y algunos relatos, pero entre ellas, mi autentica vocación es la de editor. Sin embargo, en estos años he escrito centenares de contraportadas de textos, que he ido recogiendo luego en volúmenes como Opiniones mohicanas, Por orden alfabético o Para Roberto Bolaño, pero no tengo vocación de novelista.

¿Cuáles son las principales cualidades que debe tener un editor?

Tener una idea muy clara de lo que quiere publicar. En el caso de Anagrama, es apostarle a la excelencia en la literatura en su doble registro de apostar por los clásicos del futuro, a menudo autores desconocidos, como es el caso de Bolaño, Vila-Matas o tantos otros. O también, un rescate de clásicos como Nabokov o Albert Cohen. Esto, por una parte. Además, el editor debe tener máximo rigor en la selección, no bajar la guardia y no publicar ni un solo libro por criterios que no sean literarios o de curiosidad y rigor en el ámbito del ensayo. Luego, un trabajo minucioso y artesanal en la edición propiamente dicha, con mucho cuidado en todo el proceso: desde los textos hasta el diseño y la escogencia de las imágenes; y luego, finalmente, el máximo ímpetu en la promoción.

¿Tiene alguna disciplina de lectura?

Es una disciplina relativa. Pero la máxima disciplina es los sábados y domingos, que no salgo de casa y es cuando hago la lectura de 10 y 12 horas de manuscritos con bolígrafo y pósit en mano. Y luego, naturalmente, como todo editor, aparte de leer -que es lo que más me gusta- también me gusta mucho participar en todo el proceso de edición.