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21.7.10

Verano


Coetzee.


En un post anterior, comentaba sobre la nueva novela de Coetzee, la cual esperaba con ansias. Por fin la he leido. Le devoraba, le consumía. La trilogía del sudafricano terminó con esta obra. Definitivamente, uno de los tres genios que se idolatran en esta Tierraliteraria. Al leer Juventud e Infancia, te quedas perplejo ante la franqueza y el ritmo de su prosa poética. En el ADN cultura comentan el libro:

Engañosa y fascinante como un laberinto de espejos que esconde la figura verdadera entre la multiplicidad de imágenes que la reflejan desde distintos ángulos y bajo distinta luz, Verano es el resultado de una nueva búsqueda de caminos literarios que el sudafricano J. M. Coetzee emprende con la osadía que su imaginación le permite y la libertad que le concede su formidable arsenal lingüístico. Más que un libro de memorias en forma de novela, es una novela en cuya elaborada construcción se cuelan, entre pistas falsas y personajes reales o inventados, fragmentos de un retrato -el suyo- y datos de una biografía que no siempre resultan verificables. El juego entre ficción y realidad ha llegado aquí a su extremo. A pesar de que el nombre, muchos datos de su currículum y los títulos de sus obras coinciden con los del Nobel que desde 2002 reside en Australia, todo podría entenderse como pura ficción. Basta tomar en cuenta que Coetzee altera de entrada un hecho básico: el escritor, o más exactamente el personaje que en la novela se llama John Coetzee, ha muerto hace algún tiempo. Son otros los que deberán completar sus memorias, que han quedado truncas después de Infancia (2001) y Juventud (2002).

En aquellas dos primeras entregas de las Escenas de la vida de provincias que concluyen aquí, Coetzee se distanciaba de sí mismo mediante el empleo de la tercera persona y el tiempo presente. También Verano comienza así, con la lectura de una noticia que informa de otro episodio de violencia registrado en la Sudáfrica de los tiempos de la activa resistencia al apartheid. Hasta que repentinamente un párrafo en bastardilla (un mensaje del autor para sí mismo, algo así como "Profundizar aquí" o "Desarrollar tal tema") avisa que lo que estamos leyendo es apenas un puñado de apuntes para un futuro libro, presuntamente Verano, que alguien ha rescatado de unos cuadernos del autor.

Quien recopiló esas páginas, las ordenó y las usa como referencia o guía es Vincent, académico inglés que prepara un trabajo sobre el escritor -al que nunca conoció y cuya obra ha estudiado-, sobre la base de testimonios de personas que sí tuvieron alguna relación con él en los años setenta, el período correspondiente a sus treinta años y el mismo que el autor fallecido debía abordar en el libro del que han quedado esos pocos apuntes. Pero Vincent es, por supuesto, otro personaje de ficción imaginado por Coetzee, como lo son también los cinco testigos consultados y aun el joven Coetzee, cuya voz el investigador intenta distinguir en los relatos de sus entrevistados.

Ellos se avienen a confiar sus puntos de vista sobre el que en sus tiempos era un hombre común, bastante gris, distante, falto de carácter, escasamente atractivo y casi impenetrable, pero al hacerlo también evocan otras experiencias personales. Los testimonios, recogidos entre 2007 y 2008, constituyen la parte central del libro, que se abre y concluye con fragmentos del borrador encontrado. Pertenecen a cuatro mujeres, dos de las cuales han mantenido alguna relación íntima con el escritor, y un hombre que fue su amigo, o al menos todo lo amigo que se podía ser de una persona tan elusiva.

La construcción es menos complicada de lo que parece: los apuntes del comienzo siembran la suficiente incertidumbre como para alentar la curiosidad del lector. Vamos en busca del personaje cuya biografía se intenta componer, y las cinco entrevistas que se suceden suministran otros tantos retratos parciales, siempre subjetivos y, en cierta medida coincidentes, pero al mismo tiempo nos proponen otras historias que enriquecen el relato: las propias, las que han vivido cuando se relacionaron con Coetzee (y antes, o después), y las que permiten al autor extender su mirada hasta abarcar una llamativa variedad de cuestiones, desde el desarraigo, la culpa y la precariedad de los afectos hasta el aislamiento sudafricano, la complejidad de su realidad social o la naturaleza de la novela. En ese sentido, gracias a la agudeza y la sabiduría del autor, el libro es de una riqueza poco común. Como lo son sus personajes, en cuya interioridad se sumerge para revelarlos sin retórica, sólo y nítidamente a través de sus acciones o sus palabras.

En cierto momento, se pregunta si no es inmoral que por causa de la fama exista más interés en su vida personal que, por ejemplo, en la de un refugiado brasileño (el marido de una de las entrevistadas) que trabajaba en un depósito de Ciudad del Cabo como guardia de seguridad y terminó muerto de un hachazo por una banda de asaltantes. Historias como ésa, la del padre enfermo con el que convive, la de la prima que fue su noviecita de infancia y aún guarda cierta ternura hacia su memoria, la de la mujer casada que fue su amante y lo define como un hombre frío, reprimido en el sentido más amplio, ajeno a la realidad e incapaz de conectarse de verdad con otro ser, o las de los restantes personajes que entran en escena confieren al relato vitalidad y vibración humana y revelan en todo su esplendor la maestría narrativa de Coetzee (no hay que olvidar que es él quien habla por boca de todos los personajes), así como la implacable honestidad con que ha emprendido su ejercicio de introspección. Con este artificio del desdoblamiento, que ya ha empleado en otras oportunidades (piénsese en Elizabeth Costello), puede ser a la vez el autor y el personaje, dialogar y discutir, depositar en uno las confesiones que el otro necesita descargar. Sólo que aquí Coetzee es el doble de Coetzee. Si el ejercicio de la confesión persigue, antes que nada decirse la verdad a uno mismo, se puede imaginar que Verano es otro tramo del diálogo que el autor sudafricano ha venido sosteniendo con sus dobles. Pero también puede ser que ni el autor ni su criatura estén demasiado seguros de esa verdad y apuesten a que ella se revele , o al menos se deje percibir, en el transcurso del diálogo, es decir, como fruto de la ficción misma.




7.6.10

Verano, por Coetzee


La portada.


Uno de los autores preferidos por este blogger es J.M. Coetzee. El trato de sus personajes, el mantenimiento autobiográfico que destilan sus obras de una manera sosegada y a la vez cruda, violenta, hacen que cada libro suyo genere una inquietud interior que pocos autores alcanzan en sus lectores. A decir verdad, son los únicos que importan, y claro, la historia del relato. Aparece Verano, la tercera parte de su autobiografía. Así lo comenta José María Gulebenzu, para Babelia:

A partir de Elizabeth Costello, J. M. Coetzee entró en un territorio literario donde el juego ficción-realidad, preferentemente enmarcado en textos más o menos autobiográficos, supuso un cambio de rumbo en su narrativa, un cambio asumido con tanto espíritu como riesgo, que está dando como resultado obras que se adentran decididamente en la construcción de la novela del siglo XXI. Diario de un mal año era un texto a tres bandas que contenía un ejercicio de indagación en la senectud extremadamente inteligente gracias a esa simultaneidad de voces y actitudes (un viejo, una muchacha sensual y su novio) con la que establecía un expresivo ejercicio de perspectiva y autoanálisis. Con Infancia y Juventud entraba en una suerte de memorias sui géneris cuyo tercer capítulo, bajo el subtítulo de 'Escenas de una vida de provincias III', lo constituye este Verano que ahora comentamos. Todos estos libros han sido editados en España por Mondadori.

Infancia y Juventud son dos novelas autobiográficas escritas en tercera persona. Recogen dos etapas de la vida de un tal John Coetzee; la primera, su vida de niño en la región de Karoo, alejada de la civilización urbana; la segunda se sitúa en Londres, adonde un joven John Coetzee se traslada tras estudiar en la universidad de El Cabo. Verano, en cambio, toma otro tipo de distancia y de estructura; de hecho, viene antecedida por esa persona interpuesta que él utiliza para expresar sus ideas en Elizabeth Costello. El resultado es verdaderamente notable y, sobre todo, revela una audacia literaria que no por consecuente con la última parte de su obra deja de ser un reto original que manifiesta a las claras su viveza de espíritu y su apuesta irreductible por la verdad literaria; lo que en los tiempos que corren resulta muy gratificante.

El libro está dividido en siete capítulos. Cinco de ellos se corresponden con personas que conocieron a John Coetzee, cuatro mujeres y un hombre. De las cuatro mujeres, al menos dos tuvieron una relación erótica con él. El quinto es un hombre al que conoció por coincidir con él en la antesala de una entrevista de trabajo y con quien entabló una cierta amistad. El texto está redactado en forma de entrevistas con esas cinco personas porque el artificio que usa el autor es el de crear un joven biógrafo inglés, Vincent, que está escribiendo un trabajo biográfico sobre el periodo que transcurre entre 1972 y 1975 de la vida de John Coetzee, célebre escritor galardonado con el Premio Nobel y fallecido en Australia. Las cinco entrevistas se abren y cierran con unos Cuadernos de Notas del propio John Coetzee correspondientes a esos años.

El artificio requiere confianza y pulso narrativo, pues se trata de crear a cinco personajes que, a su vez, deben de crear con su testimonio un Coetzee personal e íntimo, un Coetzee que, de cara al exterior, fue un hombre retraído y alejado de los circuitos literarios. Si no olvidamos que, a fin de cuentas, el auténtico J. M. Coetzee (afortunadamente, aún vivo) está hablando finalmente de sí mismo, el ejercicio de escritura se convierte en un verdadero alarde. Pero lo autobiográfico no debe hacernos olvidar lo literario: ¿han existido realmente esas personas o, por el contrario, son producto de su imaginación y lo único realmente comprobable es aquello que se refiere estrictamente a la vida de Coetzee y quizá no todo ello sino sólo parte? Y este es el momento de olvidar lo personal y entrar en lo literario: lo único que importa al lector, aparte de la natural curiosidad que suscita la historia, es que le están contando algo que ha de ser creíble; en este caso, creíble desde la ambigüedad de la propuesta. Y la realidad es que si consideramos estas memorias de una vida provinciana como una novela, estamos ante una novela sumamente inteligente que atrapa al lector por el camino de la imaginación, que es donde a fin de cuentas se sustancia la expresión de su autor.

La multiplicidad de voces consigue, entre otros efectos, el de crear un escenario, Sudáfrica, al que responden un conmovedor y hosco John Coetzee y su conmovedor y patético padre. Las voces establecen un paralelo natural entre su visión de Coetzee y su visión de la realidad sudafricana, lo que desemboca en la relación misma de Coetzee con su país y con su pasado. El juego es extraordinariamente complejo, sutil y de una gran riqueza de matices. La actitud ante el mundo de este hombre cerrado como una ostra se abre mágicamente ante los ojos del lector en lo que no es más que un duro y exigente ajuste de cuentas consigo mismo que, al preservar su voz -sólo aparece en los Cuadernos de Notas-, le permite exteriorizarlo sabiamente. Y detrás de todo está, a su vez, un tema eterno: la figura del artista.

Julia, su amante casada, que incluso aventura en un momento dado una interpretación de su obra en relación con él, está dispuesta a hablar de John, pero exige su cuota: hablar también de su propia vida. Margot, su prima, una figura del pasado en el presente actúa al revés: ella pregunta al biógrafo y este le va leyendo el texto que construyó con su testimonio. Adriana es un personaje fascinante que detesta a Coetzee y amplía el campo de visón, y Mario es una especie de sombra que se rozó con la de Coetzee: las que cuentan son las mujeres; el contraste entre esta y las otras voces es un acierto. Sophie, su otra amante, que es la que más habla de sus actitudes políticas y de su actitud ante la política, resume con una frase certera el espíritu del biografiado: "Para el fatalista, la historia es el destino".

Diría que el libro es deslumbrante si no fuera porque el deslumbramiento no deja ver y aquí, en cambio, lo que hacemos es, precisamente, ver. Léanlo como quieran ustedes, como cierto o como no cierto, pero léanlo; por su extrema inteligencia, por el derroche de talento, por su capacidad de convicción y por abrir nuevos caminos a la escritura narrativa. Por aquí sí se cuece el futuro de la novela.

30.4.10

Verano


La portada.



Las interesantísimas reseñas de Rodrigo Fresán son quizá la mejor perspectiva para abordar un nuevo libro. Siempre lo he dicho. Ahora retrata la novela Verano, del celebrado J.M. Coetzee. La crítica es positiva, y para mí esto, en el surafricano, no es una sorpresa, y si lo dice Fresán...:

De lo único que puede acusarse al escritor sudafricano John Michael Coetzee es de hacer demasiadas cosas y de hacerlas todas bien. Veamos, leamos. Ha ganado, merecidamente, dos veces el Premio Booker. Ha ganado también, muy joven, un Nobel de esos que, raramente, nadie discute. Ha escrito con gracia y elegancia y furia y contundencia sobre conflictos raciales sin caer en la obviedad o el panfleto y superada la era del apartheid (que nutre a buena parte de su libros tempranos), ha sabido buscar y encontrar otros rumbos. Ha logrado procesar a su favor la clara influencia de dos maestros que parecen imposibles de manipular: Franz Kafka y Samuel Beckett. Ha conseguido combinar con éxito y originalidad una prosa limpia y seca con maniobras experimentales donde, por una vez, el experimento sale bien. Ha hecho suya la estampa de escritor global e intelectual de fuste sin haber caído en los abismos polémicos que marcan el rumbo de alguien como V. S. Naipaul, otro internacional con el que comparte más de un rasgo, pero nada de su ira y desplantes. Ha construido con sus ensayos una segunda casa desde la que enseña y comenta con generosidad e inteligencia el trabajo de los otros. ¿Quién da más?

Puestos a buscarle algún defecto, podría reprochársele a Coetzee su vocación de outsider, su parquedad en público, su timidez crónica, su cara de “no me molesten y no me miren fijo”, y el férreo control de su programa creativo. Para quienes consideren esto una falta imperdonable, aquí llega Verano: un libro inesperado pero inequívocamente marca Coetzee, que cuesta etiquetar, y que –como viene sucediendo desde esa perfectamente aceitada bisagra en su obra que fue Desgracia, donde la narración naturalista muta a otras formas– vuelve a sorprender como ya sorprendieron los recientes Elizabeth Costello o Diario de un mal año. Formato mixto. Ganas de confundir desde la claridad absoluta. Y, acaso, la regocijante y poco frecuente ocasión de contemplar a un maestro haciendo una magistral travesura.

Porque, en principio, podría pensarse que Verano se ubica como la siguiente estación de esa autobiografía en curso –Coetzee prefiere definirlas como “memorias ficcionalizadas”– que se inició con Infancia (concentrándose en su infancia rural en Karoo) y Juventud (su llegada al Londres de los primeros años 60): una nueva entrega en la historia de cómo se va formando un escritor mientras se deforma un ser humano.

Pero la cosa no es tan sencilla.

Porque Verano es memoir y novela de iniciación concentrándose en tres años –los que van de 1972 a 1975– en los que Coetzee siente por primera vez que comienza a hacer lo que corresponde como se debe y publica su primer título, Tierras de poniente. Pero, también, parece transmitir desde una dimensión alternativa que no es la nuestra. Y lo comprendemos enseguida: el Coetzee que aquí abre ofreciendo un tan revelador como esquivo cuaderno de notas ha muerto hace un tiempo y su sombra es perseguida e invocada por un académico inglés, un tal Vincent, que interroga a relaciones del desaparecido mientras intenta dilucidar cuál es el “Rosebud” del asunto.

Así conocemos a Julia (quien tuvo un affaire con Coetzee y pocas cosas buenas para decir sobre él), a Margot (sobrina a quien ya habíamos conocido en Juventud como Agnes), a Adriana (brasileña y profesora de danza cuya hija fue alumna de inglés del escritor, y quien tampoco recuerda con particular simpatía al fantasma, “un hombre bailando desnudo, que no sabía cómo bailar”), y a Martin y Sophie (poco amigables amigos en la universidad) que ofrecen para la posteridad de Coetzee cosas como “En general, yo diría que su obra carece de ambición. El control de los elementos es demasiado férreo. En ningún momento se tiene la sensación de un escritor que deforma su medio para decir lo que nunca se ha dicho antes, que, a mi modo de ver, es lo que distingue a la gran literatura. Demasiado frío, demasiado pulcro, diría yo. Demasiado fácil y falto de pasión. Eso es todo”.

Y, de acuerdo, Philip Roth ha hecho guiños similares a la hora de borrar límites entre creador y criatura, ego y alter ego, realidad y ficción (recordar, especialmente, La contravida) con la ayuda de su Nathan Zuckerman. Pero Coetzee no se conforma aquí con reeditar los movimientos del norteamericano y propone un libro de múltiples voces al servicio de una voz única que, acaso, apenas esconda, por una vez, la maliciosa astucia de quien decide decirlo primero antes de que lo digan los otros. De este manera, lo más interesante de Verano –su condición de backstage, la autobiografía de una autobiografía– es la forma en que Coetzee parece decirnos: “Así es cómo se mezclan y cocinan las biografías de escritores. He aquí los problemas y los peligros cuando se trata de iluminar una sombra”. Coetzee se autodestruye (hay momentos en los que consigue en el lector, en especial a lo que hace a su “autista” y schubertiana vida sexual y romántica, la más regocijante y perturbadora de las vergüenzas ajenas) anticipándose a la destrucción de los demás, mostrándoles el camino. Desvelando de antemano que es un mago que conoce el truco y, por lo tanto, anulando la sorpresa de la magia de los otros mientras quita el aliento con la propia. Coetzee –famoso por mostrarse poco y no dar entrevistas, desde siempre obsesionado por la figura del doble, basta con releer su discurso de aceptación del Nobel donde se refirió a sí mismo en tercera persona del singular– decide contarlo todo desde la ficción. De este modo acaba más y mejor escondido que nunca: el muerto sobreviviendo a los vivos.

Y de paso –mal que le pese a Sophie– consigue algo que es ambicioso, libre, transformador, caliente, limpiamente sucio, complejo y apasionado.

En resumen: gran literatura.

8.9.09

Coetzee quiere un tercer premio Booker


Portada del libro.

Así parece. Después de ganar el más prestigioso premio literario británico en dos ocasiones, aspira por tercera vez al galardón. Aquí la lista de los opcionados:

A S Byatt The Children's Book (Random House, Chatto and Windus)
J M Coetzee Summertime (Random House, Harvill Secker)
Adam Foulds The Quickening Maze (Random House, Jonathan Cape)
Hilary Mantel Wolf Hall (HarperCollins, Fourth Estate)
Simon Mawer The Glass Room (Little, Brown)
Sarah Waters The Little Stranger (Little, Brown, Virago)

29.7.09

¿Otro Man Booker para Coetzee?


El eterno Coetzee.

El escritor sudafricano John Maxwell Coetzee, ganador del Nobel de Literatura en 2003, es uno de los 13 candidatos a alzarse con el premio de ficción en lengua inglesa más prestigioso del Reino Unido, el Man Booker, gracias a su novela Summertime (Tiempo de verano). Coetzee ya ganó este galardón en el año 1999 con su novela Desgracia, y se trata de una distinción que también recibieron otros prestigiosos escritores como el anglo-indio Salman Rushdie o la canadiense Margaret Atwood, entre otros. Como novedad de este año, fragmentos de las trece novelas seleccionadas serán leídos desde un pedestal de Trafalgar Square a los viandantes el próximo mes de agosto. El nombre de la novela ganadora se dará a conocer el próximo 6 de octubre. En la lista hecha pública hoy –y de la que se hará una selección posterior que dejará en sólo seis el número de aspirantes– también está presente la escritora Sarah Waters, considerada la reina de la ficción histórica lesbiana, con su obra The Little Stranger (El pequeño desconocido).

Además, el premio más prestigioso del Reino Unido en la categoría de ficción podría ir a parar a las manos de James Lever, autor de la "autobiografía" –en realidad, novela cómica– Me Cheeta (Yo Chita), obra que cuenta la historia del chimpancé más famoso del cine contada desde el punto de vista del propio simio. Los otros diez aspirantes al Man Booker, que este año cumple 41 años, son A.S. Byatt –quien ya ganó en 1990–, Adam Foulds, Sarah Hall, Samantha Harvey, Hilary Mantel, Simon Mawer, Ed O'Loughlin, James Scudamore, Colm Toibin, y William Trevor.

Las trece novelas han sido escogidas entre las más de 130 obras que pasaron por las manos del jurado, presidido por el locutor de la BBC James Naughtie y compuesto por la crítica y biógrafa Lucasta Miller, el editor literario del The Sunday Telegraph Michael Prodger, el profesor y periodista John Mullan y la cómica y también periodista Sue Perkins.

En cuanto a la lectura de parte de las novelas seleccionadas, se llevará a cabo en Trafalgar Square, el 11 de agosto a las 11 horas. El encargado de recitar los fragmentos de cada obra será uno de los participantes en el proyecto One and other, una iniciativa que lleva el sello del escultor británico Antony Gormlev, Premio Turner de Arte. Gormlev ideó que este pedestal sea ocupado durante cien días consecutivos, las 24 horas del día, por ciudadanos voluntarios que pasen en él una hora de su tiempo. De esta forma, 2.400 ciudadanos han sido seleccionados aleatoriamente a través de Internet para convertirse en una escultura "viva", un proyecto que se puso en marcha el pasado 6 de julio y que se alargará hasta el 14 de octubre.

8.7.09

De nuevo Coetzee


J.M. Coetzee.

Después de leer Juventud y desgracia, no que da duda que es uno de mis autorews favoritos. Casi me hace llorar este surafricano con sus novelas.

Sólo ahora aparece en español la primera ¿novela? del sudafricano John Maxwell Coetzee, publicada en 1974. A Tierras de poniente ("Dusklands") la separan dos décadas de las consagratorias Desgracia , Elizabeth Costello y Hombre lento , que condujeron al autor en 2006 a la Academia Sueca y al inevitable Premio Nobel. Que la novedad sea tan añeja constituye, sin embargo, un favor para los lectores de lengua española, no sólo porque permite completar el retrato de un narrador que ya se sabía notable, sino también porque, visto desde la perspectiva actual, aquel lejano texto inicial cobra mayor sentido. De haber "comenzado por el principio", en orden cronológico, a muchos se les hubiera hecho más difícil el acceso a la obra de Coetzee y se hubieran apartado de ella, lo que habría sido una equivocación desafortunada.

Las dudas sobre el género literario al que pertenece Tierras de poniente tienen un porqué: consta de dos partes aparentemente independientes, desconectadas en lo expresivo y en lo temático. La primera, "El proyecto Vietnam", podría ser tomada, en cierta forma, como una nouvelle . Es el diario en el que Eugene Dawn, un psicólogo especializado en mitografía, registra las dificultades con que va tropezando su informe sobre la propaganda de guerra. Allí analiza por qué Estados Unidos no está logrando convencer al mundo, ni a los vietnamitas, de la justicia de su causa y ofrece consejos y recomendaciones para remontar la cuesta.

Dawn (en inglés, "amanecer", lo contrario del "dusk" incluido en el título original) se ha negado a formar parte de una excursión a Vietnam para conocer el terreno. Ha preferido trabajar como un teórico, en abstracto. El problema es que su informe es demasiado "creativo", demasiado "elevado" para la inteligencia promedio de los mandos militares a los que está destinado. "¿Por qué hemos dejado de usar el Prop 12, un veneno espectacular? ¿Por qué solamente lo hemos usado en las tierras de comunidades reasentadas? Hasta que nos mostremos como somos y nos deleitemos en el verdadero significado de nuestros actos, continuaremos sufriendo el doble castigo de la culpa y la falta de eficacia", dice. El supervisor editorial de Eugene (que se llama, sugestivamente, Coetzee) toma cada vez más distancia de él, y Dawn enloquece. Su descripción de la situación bélica y el relato de sus reacciones ante el rechazo son expuestos, hasta el impactante final, con la voz de un demente.

La segunda parte, "La narración de Jacobus Coetzee", nos lleva sin transición a otro tiempo y a otro lugar: Sudáfrica, a mediados del siglo XVIII. También es un diario, al menos en su sección central. Un colono holandés cuenta casi sin la menor piedad la venganza que emprende, bien al norte del Cabo, en el interior aborigen del país, contra una tribu de hotentotes que habían osado tomarle el pelo y humillarlo, de modo más bien rutinario, en el curso de una expedición anterior. El tono literario de esta segunda parte es el de una tremenda crónica de viajes. Los protagonistas son ficticios, pero la historia y la sangre fueron, seguramente, muy reales, y esta idea provoca un horror que no cede hasta el último párrafo.

Pese a las apariencias, y más allá de las notables diferencias, hay hilos conductores entre las dos partes, lo que da para pensar en una forma muy abierta de novela, tan abierta como lo serían muchas de sus narraciones posteriores. En las dos mitades de Tierras de poniente está Occidente, el mundo de los blancos, abriéndose camino entre los otros a fuerza de metralla: en la primera, a través de la imaginación delirante de Dawn, y en la segunda, en las manos salvajes de Coetzee. También está en los dos casos, aunque cueste decirlo, la ferocidad de los oprimidos, apenas más suave, si lo es, que la de sus opresores. Y, siempre, la violencia sin redención, en una época y un continente determinados, pero presente también en todos los restantes. Una violencia que niega la compasión del hombre por el hombre, la compasión del hombre por los animales y por cualquier ser viviente. Una violencia que, sin embargo, no es ajena a la vida, que tal vez sea incluso parte nuclear de la vida, y que, sin embargo, no dejará jamás de ser horrible.

Coetzee es un escritor del apartheid . "La literatura sudafricana es una literatura sojuzgada, lo que se transparenta incluso en sus más hermosas páginas, acosada por el sentimiento de ser extranjero en el propio país y por aspiraciones de una liberación sin nombre. Es exactamente la clase de literatura que se espera que escriba la gente desde la prisión. Es una literatura no del todo humana", dijo en Jerusalén en 1987, al recibir uno de sus múltiples premios.

20.5.09

Coetzee desde adentro


Portada del libro.

Además de uno de los novelistas más prestigiosos del mundo, J.M. Coetzee es un crítico literario del más alto calibre. En palabras de Derek Attridge, que se encarga de prologar esta edición, leer los ensayos de Coetzee nos ofrece la oportunidad de «ver cómo se relaciona con sus pares un autor que está en la primera fila de su profesión, al comentar sus obras no como un crítico, desde el exterior, sino como alguien que trabaja con las mismas materias primas».

En esta colección de ensayos, Coetzee reflexiona sobre el trabajo de algunos de los grandes autores del siglo xx: desde Samuel Beckett y Günter Grass a Gabriel García Márquez y Philip Roth; que de alguna manera u otra han influido en él. Brillantes, intuitivos, desafiantes pero accesibles, estos ensayos demuestran su inquebrantable perspicacia crítica. Escritos con gran claridad y precisión, estos textos deleitarán a aquellos lectores ya familiarizados con los autores y sus obras y serán una introducción ideal para quienes se acerquen a ellos por primera vez.

1

ITALO SVEVO

Un hombre -un hombre muy grande al lado del cual uno se siente muy pequeño- te invita a conocer a sus hijas con la idea de que escojas a una de ellas para desposarla. Son cuatro y todos sus nombres empiezan con A; tu nombre empieza con Z. Vas a verlas a su casa y tratas de iniciar una conversación amable, pero de tu boca no dejan de salir insultos. Te das cuenta de que estás haciendo chistes subidos de tono; esos chistes solo reciben como respuesta un silencio helado. En la oscuridad, susurras palabras seductoras a la A más bonita; cuando se prende la luz descubres que estabas cortejando a la A bizca. Te apoyas en tu paraguas con actitud despreocupada; el paraguas se parte en dos; todos se ríen.

Suena a pesadilla, o si no a uno de esos sueños que, en manos de un talentoso intérprete de sueños vienés, Sigmund Freud, por ejemplo, revelarían toda clase de cosas embarazosas sobre ti. Pero no es un sueño. Es un día en la vida de Zeno Cosini, protagonista de La coscienza di Zeno, una novela de Italo Svevo (1861-1928). Si Svevo es un novelista freudiano, ¿lo es en el sentido de que enseña cómo la vida de la gente común y corriente está llena de lapsus y parapraxias y símbolos, o en el sentido de que, usando La interpretación de los sueños y El chiste y su relación con el inconsciente y Psicopatología de la vida cotidiana, se inventa un personaje cuya vida interior parece salida de un manual freudiano? ¿O es posible que tanto Freud como Svevo pertenecieran a una época en que las pipas y los cigarros y los monederos y los paraguas parecían cargados de significados secretos, mientras que en la era presente una pipa es solo una pipa?