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25.11.10

Gardel gráfico


Carlos Gardel.


Dice Rodrigo Fresán que si el siglo XIX y XX ha sido y es de la novela, el siglo XXI será de la novela gráfica y del cómic. ¿Tendrá razón? La editorial española Zorro Rojo recuerda al cantante publicando una novela gráfica escrita por José Muñoz y Carlos Sampayo:

Dicen que los libros en papel desaparecerán. Lo pronostican esos gurús que parecen recién salidos de una audiencia privada con el Todopoderoso, quien les explica al oído qué pasará de aquí diez o veinte años. Ningún problema. También lo decían de la radio. ¿Pero qué libros desaparecerán? ¿Todos? ¿O los que únicamente ofrecen un texto que, de forma más económica y con más opciones, podemos leer desde la pantalla?

Recibir un ejemplar de la editorial Libros del Zorro Rojo es darse cuenta, de golpe, que el papel, el que se trabaja con elegancia y oficio, tiene largo recorrido aún. Ya se atrevieron a ilustrar, con la maestría de José Muñoz, "El perseguidor" de Julio Cortázar. Un regalo para los sentidos. Y ahora, cuando se cumplen 75 años de la muerte del "zorzal criollo", publican "Carlos Gardel, la voz del Río de la Plata".

La novela gráfica reúne a dos de los grandes del género. El citado José Muñoz y el guionista Carlos Sampayo llevan décadas dignificando las historias ilustradas y sus colaboraciones se han hecho célebres gracias a las aventuras del detective Alack Sinner. Aquí, de nuevo, su trabajo es de re-creación, construyendo un relato a partir de fragmentos de la biografía del mito que, alguna vez, también fue persona.

"Carlos Gardel, la voz del Río de la Plata" comienza de la mejor de las maneras posibles, con un sugerente texto de Julio Cortázar publicado en la revista "Sur" de Buenos Aires, en 1953, y en el que dice de "el mago" que "cuando canta un tango, su estilo expresa el del pueblo que lo amó".

La falta de datos reales sobre la vida de Carlos Gardel, y la polémica sobre si nació en Toulouse o Uruguay, facilita lo que tiene de ficción la propuesta del dúo Muñoz-Sampayo, que sitúan el inicio de su novela gráfica en un debate televisado en el que dos "expertos" enfrentan sus antagónicas visiones sobre el maestro de maestros. A partir de ahí, los personajes se van perfilando para preguntarse sobre su propia identidad, el desasosiego o la imagen que causan en los demás.

Dice Muñoz que dibuja "para poder tocar de forma concreta la vida, mi vida" y es que, en esta novedad de Libros del Zorro Rojo, la forma ayuda a explicarnos un fondo aún poco conocido por nosotros, un momento histórico en el que Argentina era, a la vez, refugio y eclosión.

El 24 de junio de 1935, el avión en el que viajaba Carlos Gardel, junto a otros músicos, chocó contra otro aeroplano justo antes de despegar del Aeropuerto Las Playas de la ciudad de Medellín, en Colombia. Entonces, su voz, que ya era un símbolo, se convirtió en leyenda. Ahora la fuerza de su vida y obra se ha empeñado en "volver" gracias a la tinta y la narración de José Muñoz y Carlos Sampayo. Y es que, con un recuerdo tan seductor, 75 años "no es nada".

24.11.10

Juliet, desnuda


La portada.


¿Recuerdan la película Alta fidelidad? ¿Recuerdan el libro? Fascinante los dos. Ahora aparece publicado por Anagrama Juliet, desnuda, del autor inglés Nick Hornby. Rodrigo Fresán hace una semblanza de la novela en Radar:

Las películas con Hugh Grant (que en realidad son películas de Hugh Grant; nada importa menos en ellas que el director) y las novelas de Nick Hornby (que, también, son novelas con Nick Hornby, ya que giran una y otra vez alrededor del universo de un autor que ya es casi protagonista subliminal de sus ficciones) tienen algo en común. Unas y otras se disfrutan como placeres más o menos culposos, como entretenimientos menos o más inocentes, como productos bien hechos y eficientes que, desde el principio, asumen el desafío y cumplen la promesa de hacer pasar un buen rato con historias agridulces que, además, ennoblecen un poco a la siempre bastarda condición del best seller.

Y es de ahí –volviendo al eje Hornby/Grant– que no sea casual que uno y otro hayan coincidido en la hasta ahora mejor novela del primero con la que probablemente sea la más elogiable película del segundo hasta la fecha: Un gran chico, título de 1998 y film de 2002. Digo hasta ahora porque es más que probable que esta Juliet, desnuda desbanque a aquella entre sórdida y epifánica postal doméstica con adulto/niño y niño/adulto acompañándose con un paisaje diferente aunque complementario. Porque —más allá de las variantes en sus tramas— las ficciones de Hornby (Londres, 1957) siempre silban una misma aria: la de frágiles machos golpeados por el correr de los años y acariciados por la permanencia de sus pasiones adolescentes.

Así, el castigado Peter Pan de turno en Juliet, desnuda es Duncan, residente en un deprimente pueblo costero del norte de Inglaterra, adicto a Internet, novio casi inercial por quince años de la sufrida Annie, pero en realidad respondiendo a una única pasión que ventila día a día desde su blog: el saberlo y poseerlo todo sobre el legendario songwriter Tucker Crowe. Responsable de un álbum antológico —Juliet, de 1986, especie de Blood on the Tracks dylaniano, canciones de amor/ desamor desesperadas por obra y desgracia de la fatal modelo Julie Beatty— Crowe ha desaparecido en acción, nadie sabe dónde está, muchos lo buscan y algunos registran imposibles avistamientos en la red. Lo cierto es que Crowe vegeta hace años en una granja de Pensylvania y, de pronto, autoriza el relanzamiento de su clásico de culto en su versión “desnuda” —incluyendo sus demos acústicos— como Juliet, desnuda. Sus fans —Duncan incluido— experimentan entonces ese ambiguo éxtasis que se siente ante el fin de una era que ayudaron a fundar desde sus computadoras. Y todos son felizmente infelices o infelizmente felices hasta que algo imprevisible ocurre.

Duncan y Annie se separan y Tucker entabla contacto vía email con Annie luego de que ésta suba a la red una tan intensa como desapasionada crítica de Juliet, desnuda. Y se hace realidad la fantasía más inconfesable de todo fan: el que tu héroe se enamore de tu chica y salga de su retiro para reclamarla. Lo que sigue es el típico, pero no por eso menos regocijante, minué marca de la casa. Otra comedia de (malas) costumbres con reverencias, desencuentros, risas y lágrimas entre los anónimos enchufados y la celebridad unplugged hasta alcanzar la inesperada certeza que, para sus perseguidores, un hombre de cerca es tanto menos interesante que un mito de lejos. Todo puntuado con ese don para la observación del que Hornby hace gala (a destacar su percepción de la red informática como eso que ya no permite el ser olvidado y sus siempre apasionadas y cerebrales parrafadas sobre el fino y difícil arte de escribir canciones) y haciendo de Juliet, desnuda una suerte de secuela lateral y contracara otoñal de la un tanto más veraniega Alta fidelidad (1995). Aquel debut en la novela de Hornby donde, también, la música y su consumo y el ser consumido por la música era lo que hacía girar a todos esos enamorados con un pequeño orificio a la altura del corazón.

Aquí, ahora, los tiempos han cambiado, el iPod y la descarga han suplantado al vinilo (por más que éste siga asomando la cabeza como fetiche de coleccionistas) y las viejas y tontas canciones de amor ya suenan a disco rayado. Pero aun así...

Lo que se mantiene intacto y nuevo, es ese talento de Hornby —admirador confeso de Anne Tyler— para el triunfo humilde antes que el soberbio fracaso. Así, sin pretensiones pero eficaces, sus libros siempre suenan bien, son perfectamente pegadizos, y su recuerdo se impone exactamente hasta ese momento en que comienza a escucharse el libro siguiente.

Fue Frank Zappa quien apuntó que “escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura”. De ser esto verdad, cabe reconocer que Nick Hornby, con Juliet, desnuda, se consagra como inteligente coreógrafo estructural de la partitura novelesca. Alguien más o menos parecido a ese personaje de Hugh Grant en su comedia pop Tú la letra y yo la música, cuyo director nadie recuerda pero que, sí, su guión bien podría haber sido firmado por un tal Nick Hornby.

31.5.10

La Colección Roja & Negra, de Mondadori


El primer libro de la Colección.


Una Colección más lanza la gran editorial Mondadori, Roja & Negra. Una apuesta más, y eso hay que celebrarlo. El encargado de inaugurarla es Rodrigo Fresán. Como dice el tarot: velas blancas, muchas velas blancas:

Uno. De todos los posibles subgéneros de la literatura, uno de los más intensos e interesantes es, sin duda, la novela mexicana escrita por extranjeros.

México posiblemente sea el país más y mejor visitado por los escritores de afuera. Y las razones para que esto sea así son tan obvias como misteriosas: por un lado, México limita con Estados Unidos y funciona como frontera mágica donde todo cambia en tan pocos metros.

México como el perfecto punto de fuga o puerta de entrada para personajes que necesitan encontrarse pero, antes, inevitablemente, perderse. Y no olvidar nunca esa sórdida y casi última fotografía de Francis Scott Fitzgerald vestido de charro turístico en Tijuana o a Terry Lennox cambiando de rostro y de nombre allá abajo al final de El largo adiós de Raymond Chandler.

En este sentido, México ofrece todo lo necesario para el drama y la tragedia y, también, la comedia enloquecida. Y por allí, cruzando esa frontera que es geográfica pero también existencial y mística, pasaron o se quedaron para siempre –por citar apenas unos pocos– los antihéroes de La serpiente emplumada de D. H. Lawrence, Serenata de James M. Cain, El poder y la gloria de Graham Greene, Bajo el volcán de Malcolm Lowry, Children of Light de Robert Stone, La última oportunidad de Richard Ford, Todos los hermosos caballos de Cormac McCarthy, Atticus de Ron Hansen, Lejos de Veracruz de Enrique Vila-Matas y Los detectives salvajes de Roberto Bolaño; sin por eso olvidar la sombra perdida de Ambrose Bierce y los innumerables perseguidores de la epifanía beatnik ayudados por cantidades importantes de mezcal y peyote mientras se canta a los gritos “La bamba” o “La cucaracha”.

Bienvenidos a México como patria espiritual de los fugitivos y encandilador agujero negro con picante perfume noir en el que, por lo general, los personajes caen para matar, enloquecer, iluminarse o morir o –como ocurre en El poder del perro, de Don Winslow– hacer todas esas cosas (y muchas más) al mismo tiempo y no necesariamente en ese orden.

Dos. Y una percepción ajustada pero a la vez injusta definiría a El poder del perro como una versión narco-mex de El padrino de Mario Puzo.

Ya saben: la saga que abarca varias generaciones –entre los años 1975 y 2004– de una familia indestructible que, por esas cosas de la vida, se dedica a destruir personas y a fabricar muertos.

Pero El poder del perro no es nada más que eso.

El poder del perro es –sin dudas– el magnum opus de Don Winslow y, también, una impactante y documentadísima enciclopedia del comercio de drogas al sur y al norte del Río Grande.

Digámoslo así: he aquí la Gran Novela Americana del Narcotráfico.

Este libro publicado en el 2005 fue el noveno que firmó Winslow luego de la serie protagonizada por Neal Carey y de varias eficaces novelas que lo acercaban a la picaresca delictiva de Elmore Leonard, entre las que destacan The Winter of Frankie Machine (2006), próxima a ser llevada al cine con Robert De Niro; oscureciendo un tanto su tono con The Death and Life of Bobby Z (1998) y California Fire & Life (1999) y The Dawn Patrol (2008), donde se ofrecen postales del ambiente surf-drogadicto de California del Sur.

Todo bien. Muy divertido. Tramas bien aceitadas y sorpresas.

El poder del perro –insisto– es otra cosa.

El poder del perro es algo grande y rabioso.

Una enferma exhibición de atrocidades curada con la misma metodología de roman à clef y de historia alternativa que patentó el inmenso James Ellroy (admirador confeso de El poder del perro) para su Cuarteto de Los Angeles y su hasta ahora díptico compuesto por América y Seis de los grandes. Ellroy la compara en intensidad y logros a la ya clásica Dog Soldiers de Robert Stone, publicada en 1974, donde la mercancía llegaba desde Saigón. De acuerdo. Pero el lienzo en el que pinta Winslow es, seguro, más amplio y ambicioso.

Winslow –nacido en Nueva York en 1953 y quien alguna vez trabajó como actor, encargado de sala de cine, guía de safari y detective privado– demoró más de seis años en documentarse y escribir El poder del perro. Y esta dedicación se nota en todas y cada una de sus líneas y rayas, para acabar ofreciéndonos cómo se trazó el mapa de la ruta Colombia/Honduras/México/EE.UU. para transportar la droga desde las plantaciones del Tercer Mundo hasta las narices y brazos del Imperio.

Y por último pero no en último lugar, El poder del perro es, sin por eso renunciar por un segundo a la velocidad del más vertiginoso de los entretenimientos, ya desde sus bestiales y casi alucinatorias primeras páginas, un profundo tratado sobre la moralidad y la ética y lo que ocurre cuando éstas desaparecen para dar lugar a una batalla con demasiados frentes abiertos y donde, por lo tanto, no cabe siquiera la posibilidad de una retirada en busca de la retaguardia.

Así, El poder del perro es un thriller sanguíneo y sangriento y sanguinario –advertencia: algunas de sus escenas de torturas harían palidecer hasta al más curtido Sam Peckinpah– con aceitada mecánica de tragedia shakespeariana, donde todos aúllan y también usan los dientes, y donde un hombre solo –como aquel perturbado y perturbador príncipe dinamarqués– comprende que hay algo que huele a podrido en México y sus cercanos y distantes alrededores, que –no importa que incluyan hasta al Hong Kong de los traficantes de armas– nunca están lejos.

El crimen, se sabe, acerca a las personas.

Tres. El centro moral de El poder del perro –su héroe a pesar suyo– es el medio mexicano y el desilusionado veterano de Vietnam y honesto agente de la DEA Art Keller.

Un hombre que, a lo largo de veintinueve años, se relaciona –gracias a una juvenil y deportiva amistad con los hermanos Barrera y su patriarcal padre– con los clanes y carteles que componen y se reparten el negocio de la droga en México y su tráfico hacia los Estados Unidos, con la mafia encargada de su distribución y con la corrupta oficialidad norteamericana encargada de “combatir” el asunto sin por eso privarse de recibir grandes beneficios.

Y no es casual que Keller en algún momento sea definido como “un cowboy” porque, antes que nada y después de todo, El poder del perro no deja de ser un western. O –para ser más puntual y cardinalmente precisos– un southern. Una sucesión de duelos cada vez más concéntricamente cerrados hasta alcanzar ese núcleo y clímax del enfrentamiento final y definitivo luego de que Keller comprenda que todo ha llegado a su fin para no terminar nunca y que la DEA no es una entidad justiciera sino, apenas, un organismo regulador y administrativo. Y está claro que la historia empieza aquí pero no termina ni tiene final a la vista. Alcanza con leer los titulares de ayer y de hoy y de mañana: cabezas cortadas sobre el suelo de una discoteca, juglares privados cosidos a balazos por un rival al que no le gustan sus canciones, fusilamientos masivos, sicarios que se confiesan todos los domingos besando la cruz y las procesiones de alijos por paisajes donde las catedrales de la codicia tienen cimientos de pirámides sacrificantes.

De este modo y con estos modales –ya se dijo– El poder del perro divierte (ladra) sin privarse de denunciar (muerde) y bienvenidos al incesante desfile de transparentes máscaras apenas escondiendo al “Señor de los Cielos” Amado Carrillo Fuentes, a Ernesto “Don Neto” Fonseca, a los temidos hermanos Arellano, al cardenal Posadas, al gangster de Hell’s Kitchen Mickey Fetherstone, al agente encubierto y torturado Enrique “Kiki” Camarena, al Don mafioso Paul Castellano, al candidato a la presidencia Luis Donaldo Colosio y al coronel Oliver North entre muchos otros.

Un crítico norteamericano escribió que “si el diez porciento de El poder del perro fuera verdad sería algo horripilante. Que el noventa por ciento pueda ser cierto resulta casi insoportable”.

A lo que Winslow respondió: “Hay personajes ficticios y en más de una ocasión he mezclado y fundido acontecimientos; pero hay muy poco en el libro que no haya realmente sucedido. Eso es lo que da miedo. Mi editor se la pasaba diciéndome ‘Don, esto es demasiado’ y yo le respondía: ‘De acuerdo, yo pienso lo mismo. Pero es verdad’. De ahí que la escritura del libro no haya sido, en más de un momento, un trabajo agradable”.

Winslow –quien viajó a México y a varios de los lugares donde transcurre la novela para hablar con gente metida en el negocio– agregó: “El sistema es sencillo: hay que respetar las reglas. Les comuniqué a mis entrevistados que jamás pondría sus nombres pero sí sus puntos de vista. Y les dije que, si no hablaban conmigo, en cualquier caso yo escribiría el libro; así que lo mejor para todos era que el libro fuera lo más fiel y verdadero que fuera posible…

”El punto de partida, el primer impulso, me vino luego de leer acerca de una masacre de niños y mujeres, por un asunto de drogas, que tuvo lugar en Baja California, en México, en 1988. Me pregunté entonces cómo se podía llegar a ordenar la ejecución de algo así, cómo llega alguien a este punto. Supongo que escribí El poder del perro buscando una respuesta. Y lo cierto es que todavía estoy buscándola. Si alguna vez la encuentro, me encantará poder compartirla con todos ustedes”.

Mientras tanto y hasta entonces, ahí están todos, corriendo mientras suenan los corridos y son muchos los que mueren en México gritando aquello de “¡Que viva México!”.

30.4.10

Verano


La portada.



Las interesantísimas reseñas de Rodrigo Fresán son quizá la mejor perspectiva para abordar un nuevo libro. Siempre lo he dicho. Ahora retrata la novela Verano, del celebrado J.M. Coetzee. La crítica es positiva, y para mí esto, en el surafricano, no es una sorpresa, y si lo dice Fresán...:

De lo único que puede acusarse al escritor sudafricano John Michael Coetzee es de hacer demasiadas cosas y de hacerlas todas bien. Veamos, leamos. Ha ganado, merecidamente, dos veces el Premio Booker. Ha ganado también, muy joven, un Nobel de esos que, raramente, nadie discute. Ha escrito con gracia y elegancia y furia y contundencia sobre conflictos raciales sin caer en la obviedad o el panfleto y superada la era del apartheid (que nutre a buena parte de su libros tempranos), ha sabido buscar y encontrar otros rumbos. Ha logrado procesar a su favor la clara influencia de dos maestros que parecen imposibles de manipular: Franz Kafka y Samuel Beckett. Ha conseguido combinar con éxito y originalidad una prosa limpia y seca con maniobras experimentales donde, por una vez, el experimento sale bien. Ha hecho suya la estampa de escritor global e intelectual de fuste sin haber caído en los abismos polémicos que marcan el rumbo de alguien como V. S. Naipaul, otro internacional con el que comparte más de un rasgo, pero nada de su ira y desplantes. Ha construido con sus ensayos una segunda casa desde la que enseña y comenta con generosidad e inteligencia el trabajo de los otros. ¿Quién da más?

Puestos a buscarle algún defecto, podría reprochársele a Coetzee su vocación de outsider, su parquedad en público, su timidez crónica, su cara de “no me molesten y no me miren fijo”, y el férreo control de su programa creativo. Para quienes consideren esto una falta imperdonable, aquí llega Verano: un libro inesperado pero inequívocamente marca Coetzee, que cuesta etiquetar, y que –como viene sucediendo desde esa perfectamente aceitada bisagra en su obra que fue Desgracia, donde la narración naturalista muta a otras formas– vuelve a sorprender como ya sorprendieron los recientes Elizabeth Costello o Diario de un mal año. Formato mixto. Ganas de confundir desde la claridad absoluta. Y, acaso, la regocijante y poco frecuente ocasión de contemplar a un maestro haciendo una magistral travesura.

Porque, en principio, podría pensarse que Verano se ubica como la siguiente estación de esa autobiografía en curso –Coetzee prefiere definirlas como “memorias ficcionalizadas”– que se inició con Infancia (concentrándose en su infancia rural en Karoo) y Juventud (su llegada al Londres de los primeros años 60): una nueva entrega en la historia de cómo se va formando un escritor mientras se deforma un ser humano.

Pero la cosa no es tan sencilla.

Porque Verano es memoir y novela de iniciación concentrándose en tres años –los que van de 1972 a 1975– en los que Coetzee siente por primera vez que comienza a hacer lo que corresponde como se debe y publica su primer título, Tierras de poniente. Pero, también, parece transmitir desde una dimensión alternativa que no es la nuestra. Y lo comprendemos enseguida: el Coetzee que aquí abre ofreciendo un tan revelador como esquivo cuaderno de notas ha muerto hace un tiempo y su sombra es perseguida e invocada por un académico inglés, un tal Vincent, que interroga a relaciones del desaparecido mientras intenta dilucidar cuál es el “Rosebud” del asunto.

Así conocemos a Julia (quien tuvo un affaire con Coetzee y pocas cosas buenas para decir sobre él), a Margot (sobrina a quien ya habíamos conocido en Juventud como Agnes), a Adriana (brasileña y profesora de danza cuya hija fue alumna de inglés del escritor, y quien tampoco recuerda con particular simpatía al fantasma, “un hombre bailando desnudo, que no sabía cómo bailar”), y a Martin y Sophie (poco amigables amigos en la universidad) que ofrecen para la posteridad de Coetzee cosas como “En general, yo diría que su obra carece de ambición. El control de los elementos es demasiado férreo. En ningún momento se tiene la sensación de un escritor que deforma su medio para decir lo que nunca se ha dicho antes, que, a mi modo de ver, es lo que distingue a la gran literatura. Demasiado frío, demasiado pulcro, diría yo. Demasiado fácil y falto de pasión. Eso es todo”.

Y, de acuerdo, Philip Roth ha hecho guiños similares a la hora de borrar límites entre creador y criatura, ego y alter ego, realidad y ficción (recordar, especialmente, La contravida) con la ayuda de su Nathan Zuckerman. Pero Coetzee no se conforma aquí con reeditar los movimientos del norteamericano y propone un libro de múltiples voces al servicio de una voz única que, acaso, apenas esconda, por una vez, la maliciosa astucia de quien decide decirlo primero antes de que lo digan los otros. De este manera, lo más interesante de Verano –su condición de backstage, la autobiografía de una autobiografía– es la forma en que Coetzee parece decirnos: “Así es cómo se mezclan y cocinan las biografías de escritores. He aquí los problemas y los peligros cuando se trata de iluminar una sombra”. Coetzee se autodestruye (hay momentos en los que consigue en el lector, en especial a lo que hace a su “autista” y schubertiana vida sexual y romántica, la más regocijante y perturbadora de las vergüenzas ajenas) anticipándose a la destrucción de los demás, mostrándoles el camino. Desvelando de antemano que es un mago que conoce el truco y, por lo tanto, anulando la sorpresa de la magia de los otros mientras quita el aliento con la propia. Coetzee –famoso por mostrarse poco y no dar entrevistas, desde siempre obsesionado por la figura del doble, basta con releer su discurso de aceptación del Nobel donde se refirió a sí mismo en tercera persona del singular– decide contarlo todo desde la ficción. De este modo acaba más y mejor escondido que nunca: el muerto sobreviviendo a los vivos.

Y de paso –mal que le pese a Sophie– consigue algo que es ambicioso, libre, transformador, caliente, limpiamente sucio, complejo y apasionado.

En resumen: gran literatura.

15.1.10

John Lennon, por Philip Norman


Portada del libro.

Rodrigo Fresán, el incanzable, el inagotable, comenta el libro de Philip Norman acerca de John Lennon, publicado en Anagrama. Comenta el argentino:
“Había una vez cuatro humildes jóvenes de provincias que se conocieron, formaron una banda y, juntos, compusieron una música maravillosa con la que conquistaron al mundo todo y vivieron felices por un tiempo y comieron muchas perdices y...” No nos cansamos de oír –y de leer– la leyenda de los Beatles porque, con apenas medio siglo girando en su cielo con diamantes, ya tiene la textura y el poderío de los mejores cuentos de hadas o, mejor dicho, de hechiceros. No es casual que uno de sus proyectos truncos haya sido protagonizar en el cine El señor de los anillos –Lennon como Gollum, McCart-ney como Frodo, Harrison como Gandalf y Starr como Sam–; y tampoco es blasfemia aquella bomba que en su momento arrojó Beatle John: quizá los Beatles no sean más grandes que Cristo pero, seguro, la trama de sus días y de sus noches es tan buena o mejor, narrativa y dramáticamente hablando, que la del Hijo de Dios. Y, seguro, suena mucho mejor.
De ahí que no dejen de aparecer libros sobre sus vidas y sus vueltas. Y un rápido paseo por mi biblioteca me descubre que yo ya estuve aquí, allá y en todas partes muchas veces y –todo parece– volveré a estarlo muchas más. Por lo pronto, ya he vuelto a viajar a Pepperland y alrededores de la mano de la biografía recién aparecida John Lennon, de Philip Norman, excusa y coartada para estas líneas. Y estas más de ochocientas páginas se unen en mis estantes a la primera y autorizada y tan higiénica de Hunter Davies de 1968, a las memorias de quienes estuvieron allí y vivieron para contarlo y cantarlo (los nostálgicos John, Paul, George, Ringo and Me, de Tony Barrow, y Magical Mystery Tours: My Life with The Beatles, de Tony Bramwell; Ticket to Ride: Inside The Beatles’ 1964 and 1965 Tours That Changed the World, de Larry Kane; las melancólicas memoirs de Brian Epstein en A Cellarful of Noise, en realidad redactadas por Derek Taylor; los apuntes sónicos del hombre de confianza de George Martin en Here, There and Everywhere, de Geoff Emmerick; la crónica de la debacle Apple en The Longest Cocktail Party, de Richard DiLello, y en The Love You Make: An Insider’s History of the Beatles, de Peter Brown), la recopilación de recortes en los indispensables dos volúmenes de The Beatles Diaries editados por Barry Miles, el insuperable ensayo/estudio Revolution in the Head: The Beatles’ Records and the Sixties de Ian MacDonald y, por supuesto, el Shout!: The Beatles in Their Generation de Philip Norman, que tanto su autor como la editorial no dudan en definir como “la biografía definitiva” de los Fab Four. Reclamo discutible porque –desde su aparición en 1981– fueron muchos los hitos biográficos sobre el cuarteto, incluyendo la versión personal de los por entonces tres sobrevivientes con una ayudita del amigo fantasma (el lujoso coffe-table book parte del proyecto The Beatles Anthology, editado en 2000) y la monumental The Beatles: The Biography, de Bob Spitz, en 2005. Y esto es sólo la punta del iceberg: tipear la palabra Beatles en la sección Books del site de la librería virtual Amazon.com nos ofrece 45,888 entradas.
De tipearse Lennon, el resultado será de 32,831 ofertas, frente a las 24,192 que aporta McCartney. Los motivos para la diferencia entre uno y otro –más allá de simpatías y estéticas– tienen una explicación clara. Hoy Paul lleva una plácida y millonaria vida, sacando álbumes que a pocos interesan, facturando a lo grande en giras con perfume retro, y su otoño es apenas sacudido por un divorcio de tabloide. La saga de John, en cambio, está cerrada y es redonda como el mejor de los discos. Imposible superar a un mártir que, para colmo, fue asesinado por un fan y, antes de eso, consiguió imponer el perfil de genio atormentado, rebelde contestatario y enamorado contra todos, ladrando y mordiendo a la mano que le daba de comer y que no era otra que la de los Beatles. Así, claro, hay más biografías sobre Lennon que sobre McCartney y Harrison y Starr juntos.
Y, come together, síganme que les muestro lo que tengo en casa: la primera vida completa un tanto hagiográfica del editor en jefe de la revista Melody Maker, Ray Coleman (John Lennon); la virulenta y apasionante y repudiada y subjetiva pero imposible de dejar de leer destrucción del ídolo a cargo del dinamitero loco Albert Goldman (The Lives of John Lennon), los recuerdos emocionados de ex mujeres (John de Cynthia Lennon y Loving John de May Pang), las indiscreciones de aquellos que lo acompañaron en sus años perdidos y espiaron sus reveladores y psicóticos journals (Dakota Days de John Green, Nowhere Man: The Final Days of John Lennon de Robert Rosen y The Last Days of John Lennon: A Personal Memoir de Frederic Seaman), la recopilación de los archivos de la revista Rolling Stone (The Ballad of John and Yoko) y, ahora, Philip Norman y su necesidad de ser quien apague la luz, cierre la puerta y después de mí el diluvio.
Y lo del principio: ¿por qué volver a leer algo que podemos silbar de memoria? Sencillo: por la misma razón por la que a muchos les gusta cambiar un automóvil que funciona a la perfección. Tener el último modelo. Sentirnos parte de la nueva –pero nunca última– remezcla y remasterización del Master. Y –a falta de una autobiografía– el John Lennon de Philip Norman se presenta como un artefacto práctico, de prosa correcta, bien documentado. No tiene el morbo que tenía el libro de Albert Goldman, pero sí funciona como una puesta al día mientras reincide en ciertas actitudes y creencias a las que ya podríamos definir como normanianas. A saber: John era un genio (“el 80% de los Beatles”), Paul era apenas un discípulo aplicado, George y Ringo eran un par de afortunados idiotas savant que pasaban por ahí, y Philip Norman es el biógrafo “definitivo”, alguien que –a la hora de pasarse a la competencia– no vacila en titular lo suyo como, no es chiste, The Stones: The Acclaimed Biography. Nada que no hubiésemos “aprendido” ya en el entonces novedoso Shout! (1981). Rewind y record y play: la infancia difícil, la ausencia del padre, la muerte de la madre y, de pronto, un amiguito al que también le gusta la música. Ya saben cómo sigue y cómo el pequeño se convierte en un enorme y conflictivo conflictuado en guerra contra el mundo. Aquí, otra vez, los otros tres son actores de reparto con mayor o menor participación en el final cut, y lo mejor de todo acaso sea el tramo que Norman dedica al anfetamínico aprendizaje de los muchachos en Liverpool y Hamburgo y al análisis de su triunfo working class en el marco del colapso del imperio británico. El resto es sonido y furia: los sollozos de Brian Epstein, los alaridos de millones de chicas en celo, los chillidos de Yoko Ono, las discusiones a gritos de cuatro tipos que habiéndolo inventado todo en el pop se disponen a inventar el concepto de separarse y, una noche de diciembre de 1980, la suave voz de un tal Mark David Chapman diciendo “Hey, Mr. Lennon” y disparando a quemarropa para que, para siempre, la felicidad deje de ser un revólver tibio y se convierta en la tristeza de todos quienes acompañaron a Mr. Lennon, de cerca o de lejos pero siempre a su lado, a través del universo. Norman –a quien curiosamente no parece importarle demasiado la música en toda la ecuación e incluso insinúa que el postrero y más bien insatisfactorio Double Fantasy está a la altura de lo que Lennon hizo en los Beatles y que “su espíritu era más Matisse que Picasso”– cierra la tapa con una frase inspirada: “Durante varios días, arriba, en el apartamento 72, cada vez que se abría la puerta de la cocina, tres gatos salían dando saltos para recibirle.”
Lo que sigue es la coda de un revelador recuerdo adulto del por entonces pequeño Sean Lennon, en que se hace manifiesta la pesada carga de ser hijo de una leyenda. Y, después, una nota de agradecimiento con la que se nos revela que a Yoko Ono –quien en principio bendijo la empresa– no le gustó el resultado final. Dice Norman: “Me quedé pasmado [...] Alegaba que yo había sido ‘mezquino con John’.”
Está claro que nada conformará nunca a Ono y que, por extensión, pero por diferentes motivos, nada nos conformará del todo a nosotros. Aún así, continuamos oyendo discografías completas que ya completamos tantas veces, viendo pésimas biopics y sonrojantes reinterpretaciones como Across the Universe y, por supuesto, comprando libros para así pedirles a nuestros hermanos o padres o ya abuelos espirituales que nos vuelvan a contar cómo fue la noche de aquel duro día, cómo Sgt. Pepper le enseñó a tocar a la banda y cómo, al final, el amor que tomas es igual al amor que haces. Ese amor que es todo lo que necesitas pero que nunca alcanza ni es suficiente y que el dinero no puede comprar. En lo que a los Beatles se refiere –quiero más, quiero más– siempre seremos unos niños, unos niños insaciables.
Así que hasta la próxima, all together now, it’ll be just like starting over.

28.12.09

Entrevista a Rodrigo Fresán


El autor.

De El fondo del cielo he leido varias reseñas interesantes, pero la que más me acerca al libro, aparte de cierta veneración que tiene Rodrigo Bastidas por Fresán, ha sido la que hizo Iván Thays en su blog. Thays describe El fondo del cielo como dos libros, o más bien, como dos obras que se leen paralelamente. Ahora en ADN cultura le realizan una entrevista a Fresán:

Rodrigo Fresán no recuerda en qué año fue ni dónde. "Lo mío no son, las fechas", comenta desde la capital catalana donde lleva ya diez años asentado. Lo que sí recuerda es que le escuchó a Jonathan Lethem una anécdota sobre Ron L. Hubbard: el momento en que Hubbard, escritor de ciencia ficción de dudosa calidad y menospreciado por sus colegas, amenazaba, a modo de venganza, con fundar una religión y erigirse como un dios moderno. Ese momento, que con los años se ha mitificado, se considera un punto de partida para la creación de la cienciología (que hoy se conoce como la religión de los famosos).

Ese momento es uno de los tantos que aparecen en El fondo del cielo (Mondadori), la nueva novela de Fresán después de Jardines de Kensington (2003). Una historia en la que conocemos a Isaac Goldman y Ezra Leventhal, primos y fanáticos de la ciencia ficción, quienes deciden crear su propio club y quedan marcados por una chica que se hace presente una única y mágica vez en sus vidas. La historia, también, en que aparece Jeff, amigo de los pequeños Isaac y Ezra, a quien se le ocurre la idea de fundar un movimiento religioso. Eso más las típicas digresiones de Fresán, que nos llevan por la caída de las Torres Gemelas, la invasión de Irak, apariciones encubiertas de Philip K. Dick y Kurt Vonnegut, y otros destellos de ciencia ficción. Aunque, como el escritor advierte, El fondo del cielo no es una novela "de" ciencia ficción, sino una "con" ciencia ficción.

-¿Qué diferencia a ambas?

-La diferencia pasa por el trabajo que me interesa hacer con los géneros. No me interesa que el género marche delante de todo, sino que funcione como una atmósfera o un perfume. De hecho, es una novela de ciencia ficción más preocupada por el pasado que por el futuro.

-La historia es bastante nostálgica.

-Sí. No me interesa la ciencia ficción tecnológica y menos la anticipatoria. Uno de los héroes de El fondo del cielo es Adolfo Bioy Casares en La invención de Morel (otra historia de amor con reflejos de science fiction) y El sueño de los héroes (y ese intento de recuperar un momento perdido en el tiempo). Enorme escritor que, siempre, pero sobre todo en los últimos tiempos, es criticado y considerado una especie de idiota savant burgués por parte de la intelligentzia de mi país. Otro de esos grandes -pero tan pequeños- misterios argentinos, supongo.

-Isaac Goldman comenta la falta de amor en la ciencia ficción. ¿Fue ésta primero una historia de amor a la cual se le agregaron elementos de literatura fantástica o al revés?

-La primera idea era escribir una novela de amor de alcances cósmicos. Enseguida se anexó el desafío de invocar cierto espíritu sci-fi . Poner en práctica la teoría de que no hay nada más extraterrestre que la invasión del amor y que, cuando uno está enamorado, también está perdido en el espacio. Ésta es una historia de amor con traje de astronauta.

-En la novela el amor funciona como un parche para los personajes...

-Sí, pero en El fondo del cielo el amor es más que un parche: es el punto de fuga hacia el reencuentro final y la versión definitiva de todas las cosas. El amor funciona como posibilidad postrera de final feliz para personajes tan infelices. Y, de acuerdo, Ezra e Isaac aman a una mujer, se aman entre ellos y aman a un género. Pero lo que se impone es ese gran amor que trasciende a ellos y que, como escribió Dante, "mueve el sol y las estrellas".

-¿Qué descubriste sobre Ron L. Hubbard al ahondar en su biografía?

-A diferencia de lo que hice con James Matthew Barrie, el creador de Peter Pan, en Jardines de Kensington , donde los aspectos biográficos imponían la investigación de detalles a fondo, en El fondo del cielo las partes en plan true-story no lo son tanto. La realidad funciona en la novela como un ligero telón de fondo o velo casi transparente. Así, Ron L. Hubbard, que en parte inspira a la persona de Jeff, es apenas un punto de partida por el cual comenzar orientándose para, enseguida, ir a cualquier otra parte. Y lo que descubrí en su biografía es lo mismo que uno descubre leyendo la Biblia o Las mil y una noches o Mein Kampf : la desesperada necesidad del ser humano de creer en algo o en alguien y sentirse parte de eso.

-¿Por qué la elección de Nueva York como escenario?

-El ambiente judeo- sci-fi que se evoca en la primera parte del libro sólo se dio en Nueva York. Igualmente lo del 11 de septiembre de 2001. Siempre es un placer viajar a Nueva York. Más allá de los lugares de la Tierra donde transcurre, El fondo del cielo es un libro bastante extraterrestre. En ese sentido, también, me considero un escritor cada vez más solitario en lo mío y tan feliz de que así sea.

-¿Qué efecto tuvo la muerte de J. G. Ballard y de Kurt Vonnegut en esta novela? Ambos escritores, con sus matices, encajan dentro de esa etiqueta de escribir "con" ciencia ficción...

-Y el suicidio de David Foster Wallace entre uno y otro. Sí, siempre fueron tres modelos muy presentes. El modo en que piensan el futuro y los muchos otros planetas. La idea de que, al final, no hay nada más alien que los seres humanos. Y de que nos vamos transformando en nuestros propios extraterrestres.

-¿Cómo es eso?

-Hoy viajamos al interior del ADN como alguna vez viajamos a la Vía Láctea. No sé si es un buen cambio porque qué sentido tendrá vivir más tiempo si, por el camino, nos lo pasamos restándole años de vida a nuestro planeta. De seguir así, nos convertiremos en inmortales sin Olimpo, en viajeros sin destino.

-Recientemente se reeditó Historia argentina, libro que cumple 18 años. ¿Cómo lo ves al lado de tus otros libros iniciáticos, Vidas de santos y Trabajos manuales?

-Los veo con afecto y agradecimiento. Historia argentina es mi big bang y fue un parto-debut más que feliz. Vidas de santos fue un libro que desconcertó bastante a muchos e incluso a mí; pero con los años me parece que va envejeciendo bien y hasta mejorando a partir de los reflejos que proyecta sobre cosas que escribí después. Es el libro favorito de mis lectores más freaks , creo. Y Trabajos manuales va en camino de convertirse en mi "eslabón perdido" y está bien que así sea.

-Luego de seis años sin publicar, ¿cómo se siente ponerse el traje espacial de la ficción una vez más?

-Fueron seis años de no publicar pero de constante escribir. Antes de comenzar El fondo del cielo ya tenía otra novela terminada, que seguirá inédita por un tiempo. No será mi próximo libro. Así que el traje no me lo quité nunca. Todo este tiempo he estado flotando.

23.10.09

La ficción de Fresán


El argentino Rodrigo Fresán.

Una entrevista al célebre crítico y escritor Rodrigo Fresán, a propósito de su nuevo libro, El fondo del cielo. Dice la nota en el ABC:
-¿Por qué dice que no ha escrito un libro de ciencia-ficción sino, en todo caso, una novela con ciencia-ficción?
-El libro es más una «rara avis» para un escritor español que para un argentino, en el sentido de que la gran tradición de la literatura argentina pasa por el género fantástico; no tenemos esa especie de problema púdico con la literatura fantástica. Borges, Bioy Casares, Piglia, Cortázar, Lugones... No hay gran escritor argentino que no haya dado una vuelta por la anticipación o la fantaciencia o como queramos llamarla. Pero cuando yo me puse a escribir, mi primera intención era contar una historia de amor.

-Aunque fuera con ciencia-ficción...
-Hubo una primera versión mucho más larga y, si bien a la versión final no le falta nada de lo que hubo en la anterior, lo cierto es que detecté el riesgo de que se convirtiera en una novela de género, donde la ciencia-ficción ocupaba un espacio más enciclopédico, con más detalles, escritores y películas. En algún momento me di cuenta de que ése no era el idioma que le correspondía al libro, sino otro más cercano a la poesía, la melancolía, lo crepuscular, donde lo que priman son los sentimientos. Y finalmente el amor como la cosa más extraterrestre que hay, y como una forma de invasión...

-Al escribir del amor con ciencia-ficción, crea una con-ciencia-ficción, una mirada específica sobre otras cosas raras, casi extraterrestres, que nos ocurren.
-El libro se construye desde una profunda melancolía, casi derrota, porque lo que finalmente narra «El fondo del cielo» es el momento en el que el futuro deja de ser recurrente, cuando nos damos cuenta de que los extraterrestres no nos van a salvar, y ni siquiera van a invadirnos, y que básicamente cada ser humano se está convirtiendo en un extraterrestre de sí mismo, encerrado, con dependencia del teléfono móvil, con los ordenadores en casa, con todas estas cosas que tres generaciones atrás eran pura ciencia-ficción. Lo más clásico de todas las películas del género era hablar con alguien al que vemos en una pantalla. Jamás pensé, cuando era niño, que tener un ordenador en casa fuera a ocurrirme a mí.

-Lo interesante es que soñar con el futuro siempre amenazaba con la pesadilla, pero ya es rutina.
-El futuro pasó, y vivimos en él. Paradójicamente, el mío es un libro de ciencia-ficción que se preocupa más por el pasado porque el pasado se ha vuelto más interesante que el futuro. Es lo que hacían, en definitiva, los escritores que siempre me interesaron más: Ballard, Dick, Vonnegut, que es uno de mis ángeles tutelares.

-Se diría que la ciencia-ficción le permite romper los límites de la realidad, como ocurrió con Don Quijote y los libros de caballería...
-Sí, claro, y también comparte la temática con los grandes textos religiosos: la importancia de lo que viene desde los cielos. La primera manifestación de ciencia-ficción tiene lugar en el momento en el que cae un rayo, algo arde y pasa un tipo que interpreta que aquello se lo han enviado, o descargado desde otro planeta. Toda suposición de este tipo está poniendo de manifiesto la ausencia de Dios y la necesidad de que haya alguien que nos guíe o que nos destruya, nos castigue por completo. Siempre queremos poner esa instancia en un ser superior. Lo curioso es que las cosas que solíamos adjudicar a los extraterrestres, como no sucumbir a las enfermedades o vivir muchísimos más años, o conocer al detalle el ADN, ¡incluso destruir el planeta Tierra! ya lo estamos haciendo nosotros de manera muy organizada.