Sus dos primeras novelas ni siquiera están publicadas en España, pero Antonio Ungar (Bogotá, 1974) ha dado un más que decidido paso al frente para hacerse un hueco en el panorama literario estatal tras proclamarse ganador de la XXVIII edición del Premio Herralde de Novela. “La última vez que estuve en Colombia, su nombre que estaba en boca de todo el mundo”, ha asegurado el editor de Anagrama, Jorge Herralde, durante el fallo del premio.Y ese nombre es el que coge ahora el testigo de Manuel Gutiérrez Aragón, ganador de la pasada edición de este premio galardonado con 18.000 euros, y se suma a una larga lista de premiados en la que destacan Roberto Bolaño, Juan Villoro, Alonso Cueto, Vicente Molina Foix y Javier Marías, entre otros.La obra galardona, “Tres ataúdes blancos” es, según su autor una "sátira a la política y a la forma que tienen los ciudadanos de relacionarse con la política"; una novela concebida como un thriller en la que un tipo solitario y antisocial es obligado a suplantar la identidad del líder de un partido político de la oposición y a vivir todo tipo de aventuras para acaba con el régimen totalitario de un país latinamericano llamado Miranda.Un país que, tal y como ha precisado Ungar, no existe como tal pero sí que toma muchas cosas de Colombia, Venezuela y, por extensión, de todos los países del norte de Latinoamérica. "En países como estos, la realidad es tan desorbitada e inverosímil que escribir una novela es como un ejercicio de edición de la realidad. Las cosas que pasan cada día son tan atroces y terribles que resultan incluso excesivas como material literario".Para Ungar, la mejor manera de combatir esta realidad es echando mano del humor; un humor negro que, asegura, es la gran vía de escape de los colombianos. "La cultura colombiana se ríe de la guerra constantemente, hay algo que conecta constantemente la muerte y la risa", ha asegurado un autor que, instalado actualmente en Jaffa, prepara ya una nueva novela.
8.11.10
Premio Herralde de Novela para Antonio Ungar
26.10.09
Encuesta sobre el Kindle, en Colombia
La revista Semana preguntó a 50 intelectuales colombianos, entre los que se encuentran Juan Gabriel Vásquez, Héctor Abad Faciolince, Nahum Montt y el B39 Ricardo Silva, si dejarían o no los libros de papel, o más bien, si se dejarían encantar de ese aparatejo que se llama Kindle. Juzguen ustedes. La lista es larga:
Por el sí:
1. Ricardo Silva, escritor:
Sí, yo comenzaría, sin ningún problema, a sumarle a mi biblioteca física la biblioteca que alcance a almacenar mi Kindle, igual que le he sumado a mi repisa de música las canciones que tengo en mi IPod, pero, porque el objeto que es un libro me parece maravilloso, no dejaría de comprar nunca las novelas o los poemarios o los volúmenes de cuentos que quisiera tener en mis manos.2. Rafael Baena, escritor:
Más que dispuesto, estaría encantado de hacerlo sin dudar un instante. Me serviría además como ‘back-up’ de los libros que siempre releo, y como liviano y poco aparatoso compañero de viaje, que permite pasar de la lectura de prensa a la de una novela y de regreso vuelve y juega.
3. Héctor Abad, escritor:
Tarde o temprano regalaré mis demasiados libros y seguiré leyendo en pantalla. No necesariamente en Kindle (no me gusta hacerle publicidad a ninguna marca) sino en cualquier soporte electrónico.
4. Nahum Montt, escritor:
Tener un Kindle es lo más parecido a tener un Aleph, un dispositivo mágico donde caben muchos, muchos textos al alcance de un click. Tampoco renuncio al placer de acariciar y leer los libros impresos, pero con un Kindle me puedo convertir en un lector caracol que lleva su biblioteca a cuestas.
5. Antonio Ungar, escritor:
Claro que sí usaría el Kindle o cualquier otro aparato parecido. Si es igual de liviano que un libro y la pantalla logra imitar al papel, me parece muy bueno lo de ahorrar espacio y pagar menos. La nueva tecnología permite además encontrar libros que los editores en papel tienen 'descatalogados' por el miedo a imprimirlos.
6. Manuel Kalmanovitz, periodista:
Aunque igual da pesar. La interfaz clásica del libro, tan portable, anotable, recorrible, no tiene equivalente electrónico. Pero es razonable la migración: se pueden llevar muchos libros en poco espacio, tiene bastante mejor surtido que las librerías locales y hay muchas cosas gratis (la carestía casi obscena de los libros en el país no deja de sorprender).
7. Salomón Kalmanovitz, economista:
Por la facilidad de acceso, menor precio por el ahorro de papel, oferta creciente de títulos, necesidad de menos espacio en mi biblioteca (que se ha vuelto inmanejable), tener a la mano una enorme cantidad de títulos que facilitan su citación en mis investigaciones y el mero placer de tener ahí muchos, mucho libros que quiero leer pero que nunca leeré.
8. Catalina Holguín, periodista:
He estado muy tentada a comprar el Kindle por que los libros son mas baratos, porque la oferta en libros en inglés es infinitamente mas amplia que en Colombia y porque para viajes largos es mas practico el Kindle que un cerro de libros de papel. Esto no significa que dejaria de "construir" una biblioteca de papel. Construiría mas bien una biblioteca digital paralela con libros con los que no sienta una necesidad de guardar para la posteridad.
9. Antonio García, escritor:
Porque es ecológico, porque uno puede tener muchos libros en un espacio reducido y porque sería una biblioteca portátil.
10. Hugo Chaparro, escritor:
La ciencia ficción nos alcanza. Modifica nuestros hábitos. La lectura en el papel se trasladó a la pantalla. Una tecnología que sugiere otra variante posible: hacer de la biblioteca un objeto portátil. Al libro de bolsillo lo reemplaza la estantería de bolsillo. Un mundo al alcance de la mano. ¡Y pensar que apenas estamos en el Kindle-garden!
11. Patricia Lara, escritora:
A pesar de la nostalgia que me produce el adiós a la tinta y al papel, me encantaría construir mi biblioteca con kindle: me ahorraría espacio, plata en costosas bibliotecas de madera, podria cargar mi biblioteca entera en mi cartera y dejaría de almacenar ácaros y polvo. ¡Bienvenido el kindle!
12. Rodrigo de la Ossa, editor:
Porque no dejaría de comprar libros pero quisiera un acceso más amplio, veloz y efectivo de contenidos de todo tipo. Debe ser sensacional tener una biblioteca en el bolsillo, más que un aparato.
13. Ernesto McCausland, periodista:
Sí.
14. David Roa, librero:
Sí.
15. Eduardo Posada Carbó, historiador:
En fin, ciertamente no reemplazaría la biblioteca con el Kindle, pero no creo que se excluyan. Como su encuesta no deja una tercera opción, mi respuesta parecería apuntar hacia un "Si".
16. Juan Diego Mejía, escritor:
Después de un tinto nostálgico en mi biblioteca digo que a estas alturas ya es mayor las ganas de leer que de tener libros. Hasta hace poco iban parejitas pero algo ha ocurrido en estos últimos años. Si el Kindle me abre la puerta de la biblioteca de la nueva Alejandría me quedo con el Kindle. Tal vez me dedique a conservar algunos viejos compañeros de vida en mi biblioteca, para que me acompañen a leer en el Kindle por las noches.
17. Eduardo García Aguilar, escritor:
Debemos reaccionar con el mismo entusiasmo que tuvieron los hombres de letras ante la aparición de la revolución de Gutenberg, y hace poco ante la irrupción de internet y su ampliación espectacular del conocimiento y el acceso abismal a la información. Ahora en la red llegamos en un instante a libros que antes nos eran inaccesibles. Tener en la mano el Aleph de Borges me encanta y por supuesto, así como tras Gutenberg siguen existiendo los manuscritos caligráficos monacales, pervivirán para siempre los libros de papel para los bibliómanos del futuro y sus arqueólogos...
18. Mauricio Becerra, escritor:
Porque hay muchos lugares de mi casa que merecen sacudirse cuanto antes de tantos libros apilados en torres de dudosa estabilidad. Sin embargo, creo que hay libros que seguiré leyendo en el papel como un tributo: todo Kafka. Todo Verne. Todo Steinbeck. El Quijote.
19. Daniel Samper Pizano, periodista:
Sí, pero en ningún caso dejaré de agregar y leer libros impresos. Es interesante el Kindle como complemento, sobre todo para buscar unidades en un texto (palabras, párrafos, capítulos), pero jamás reemplazaré mi biblioteca por este útil fantasma del que pueden desaparecer archivos cuando alguien mueve un botón en una estación central.
20. Alberto Casas, periodista:
Sí , lo intentaré sin prescindir de mi biblioteca actual.
21. Ana Roda, directora de la Biblioteca Nacional de Colombia:
Si. Aunque no tengo afán por abandonar el cómodo y amigable libro, supongo que a la vuelta de unos años habremos aceptado y estaremos encontrándole las ventajas a esta nueva tecnología, como nos ha pasado ya con la música, con el correo electrónico, con el internet. Aún no he leído nada en un kindle, pero si es de agradable lectura como dicen, portátil y sobre todo, si permite leer cualquier libro de la abundante oferta editorial, pues sí, acabaré utilizándolo. Pero, insisto, no tengo prisa por cambiar esta particular costumbre de la lectura en el libro.
22. Carmen de Escorcia, bibliotecóloga:
Si me hubiesen encuestado hace tres meses habría dicho que no. Pero hoy digo que SI.
23. Germán Rey, analista de medios:
Seguiré utilizando el libro físico y empezare a trabajar también con el electrónico.
Por el no:
1. Alejandro Martín, filósofo:
No, porque Kindle tiene un sistema muy restrictivo que no permite leer libros en todos los formatos, y privilegia de modo muy marcado los libros comprados en Amazon.
Buscaré otro lector de libros digitales de mayor libertad de formatos, e intentaré tener allí una buena biblioteca, a la vez que seguiré comprando libros físicos. Sin embargo, considero fundamental resaltar que los dominios más importantes que lo digital ha "quitado" a lo impreso están en internet y se consultan en los computadores personales desde hace años. Lo revolucionario es internet y el formato digital, no estos nuevos aparatos.
2. Juan Carlos Garay, escritor:
por alguna razón, la lectura en pantalla me cansa la vista más rápido que en papel. El Kindle es útil para transferir publicaciones que uno consulta puntualmente, como diccionarios o enciclopedias. Pero la narrativa le pertenece al papel. Generacionalmente, no puedo desvincular los libros de la experiencia del tacto y la ley de gravedad. Y sobre todo: el libro no tiene un sistema operativo que necesita ser actualizado, que es la excusa de Kindle para vendernos cada año nuevos modelos. El libro no caduca.
3. Andrés Felipe Solano, escritor:
Porque hay cosas que el Kindle no me permite y un libro sí: guardar un pasabordo en medio de las páginas y encontrarlo años después, usar un sello que tengo a manera de ex libris o pedirle en la playa a un boxeador que estampe su autógrafo en la primera página como lo hizo alguna vez mi padre con Kid Pambelé. Además siempre pierdo los cargadores y me molesta mucho la idea de tener que actualizar cada tanto un programa o aparato electrónico.
4. Óscar Collazos, escritor:
Porque el paisaje de las paredes de mi casa es una biblioteca de obras impresas y me llena de placer convertirme en el último ser humano que compre, toque, lea, subraye y anote libros en papel.
5. John Junieles, escritor:
Los que quieran usar ese aparato que lo hagan, tienen derecho a ser parte de una nueva tradición. La bateria de los libros de papel seguramente dura más que la del Kindle.Yo seré fiel al libro de papel y tinta, en especial a esos libros usados que parecen veteranos de guerra (es un asunto de amor). Al final lo que importa son las ideas, la libertad de expresarlas sin que te expulsen de los periódicos por hacerlo.
6. Miguel Silva, periodista:
Le tengo un amor profundo a los libros. Y seguiré comprando y atesorando libros. Pero eso no quiere decir que no fortalezca mi biblioteca con libros en lectores con Kindle. Lo que pasa es que aun están lejos estos libros electrónicos de parecerse a los libros verdaderos.
7. Carmen Barvo, editora:
Primero, porque mantengo una relación amorosa con el papel. También, puedo agregar que leo un 90% de literatura y que esta obtiene su perfección en forma de libro tradicional. A veces leo historia, biografías y uno que otro ensayo. Los libros de árboles, orquídeas y jardines, son maravillosos pero si son en papel. Cuando necesito una "referencia" recurro al internet. Reniego diariamente de la cantidad de libros que tenemos en la casa, pero no los reemplazaría por una cajita.
8. María Inés McCormick, periodista:
No. Personalmente, me cansa estar leyendo todo el tiempo en una pantalla pero pienso que el dispositivo tiene grandes virtudes. Para los que crecimos con el libro tradicional, el papel está arraigado en el inconsciente y nos cuesta trabajo desprendernos de ese soporte pero ahora los jóvenes son digitales y su realidad tiene nuevos referentes. Si el Kindle ayuda a que un joven que jamás ha leído una novela se acerque a la literatura me parece un medio tan legítimo como cualquier otro.
9. Pía Barragán, periodista:
No, no reemplazaré mi biblioteca por un Kindle. ( y los periódicos internacionales los seguiré leyendo en la pantalla de mi computador, para poder ver fotos, videos y audios.)
Mi biblioteca representa la geografía de mis 44 años... Contiene todos sus accidentes, amores, torpezas, pasiones, aprendizajes y obsesiones. Es un lugar sagrado para la memoria y el encuentro. Vive, habla, palpita y me sorprende. Cada libro encierra un misterio y una magia particulares. Y gozo con íntimo placer redescubrirlos por azar, releerlos, manosearlos y volverlos a guardar hasta el próximo encuentro, en otro rincón de mi biblioteca.
10. Julio Paredes, escritor:
Sostengo desde hace tantos años una relación física y visual con la biblioteca que de verdad no entendería otra forma. Como cualquier relación afectiva, está cifrada por lo imprecedible, con libros, por ejemplo, que aparecen de repente por ahí, en un estante, después de un rato largo. Veo en el Kindle otro apéndice supuestamente infalible y sin esas sorpresas simples que alegran.
11. Yolanda Reyes, columnista:
Porque todavía me cuesta trabajo aprender a manejar el nuevo celular. Porque aún compro discos por las carátulas y por los libritos que incluyen. Porque soy concreta, como los niños, y necesito tocar el papel y pasar las manos, al tiempo con los ojos, por las ilustraciones. Porque se me acaban de borrar mil correos del computador, por causa de un virus, y confío más en el papel que en los misterios informáticos. Porque el tamaño sí me parece importante, y el de la letra y el de cada libro son distintos, como la gente.
12. Carolina López, editora:
Porque por alguna razón siento que lo digital es perecedero y lo físico no (hablo de los libros o el contenido escrito, específicamente). Por ejemplo, cuando veo en internet una información que me interesa, o paso de la primera página de un manuscrito, o considero importante un correo, me veo en la necesidad de imprimirlos. Supongo que es cuestión de costumbre, costumbre que no pienso cambiar por ahora porque me gusta esa lógica que tengo con lo impreso en el papel, que también corresponde a la necesidad de ver los libros apilados en la biblioteca.
13. Juan Felipe Roblado, poeta:
Aparece una y otra vez la posibilidad de permitir que el papel sea sustituido por un equipo electrónico que, con las enormes ventajas que tiene, jamás ofrecerá la cercana complicidad de un libro, esa herramienta para gozar y compartir las historias que constituyen el origen de nuestros sueños, anhelos, fortalezas y temores. Isaac Asimov llega a afirmar que ese sorprendente Kindle ya existe y se llama libro.
14. Conrado Zuluaga, editor:
No estoy dispuesto a construir a partir de ahora mi biblioteca con un Kindle. Magnífico para quienes tienen que vivir actualizados con las últimas tendencias de la gerencia, la administración, las ventas, el código penal o lo avances científicos. Pero de los clásicos de la literatura y de los buenos autores de hoy -que son tan pocos- no hay y no se requieren actualizaciones.
15. Luis Fernando Charry, escritor:
Me irrita mucho (sobre todo los ojos) leer en una pantalla. Por lo demás no estaría dispuesto a salir de mi actual biblioteca, que ya está cerca de los 3000 libros.
16. Orlando Mejía, escritor:
No, porque hace 6 meses compré el PR S 700 de Sony y me pareció un desastre visual. Mi biblioteca digital alcanza varios cientos de volúmenes pero son textos antiguos que no pudieron ser configurados adecuadamente con lo que compré. Pienso que falta mucho para que hagan un modelo de lector virtual que compita, de verdad, con los libros de tinta y papel.
17. Claudia Cadena, editora:
No.
18. Juan Manuel Roca, poeta:
Los libros perseguidos en la novela de Bradbury, las páginas envenenadas de El nombre de la rosa, los libros salvados de la trituradora como los de Una soledad demasiado ruidosa, resultarán antiguallas metafóricas para el neo-riquismo del Kindle. No me niego a las diferencias: al que le sirva el Kindle que se lo chante. Yo prefiero los viejos modos de llegar a los libros. No estoy dispuesto a construir mi biblioteca de modo tan lánguido y aséptico.
19. Evelio Rosero, escritor:
Porque me parece irreemplazable el libro de papel, que es como otra piel, viva, cálida, prolongación mutua del autor y del lector.
21. Rubén Darío Vasco, bibliotecólogo:
La respuesta a la pregunta es No. Aunque considero que el kindle es un instrumento que se puede integrar paulatinamente a la cotidianidad.
22. Federico Díaz-Granados, poeta:
Sin duda los entusiastas defensores del Kindle tienen razón esgrimen sus argumentos tan ventilados por estos dìas pero, reconociendo que será un complemento para la formación de nuevos lectores, no cambio por nada del mundo el placer de ir a las librerías de viejo y oler y manosear libros de todas las texturas sin necesidad de energía y baterías y reconocerme en los que me han acompañado siempre con la alegría que entraña ver cómo crece una biblioteca real a la par de la vida misma.
23. Gloria María Rodríguez, bibliotecóloga:
Mi respuesta es NO, yo no estaría dispuesta a seguir formando mi biblioteca solo con un Kindle. Tengo muchas expectativas con su llegada, seguramente experimentaré, pero no me voy a privar del placer de tocar, abrir, oler y ver los libros de papel. Me encantaría además que en las bibliotecas públicas empezaran a hacer pequeños experimentos con el Kindle para ver como los recibe la gente.
24. Juan Gabriel Vásquez, escritor:
La respuesta es no. Porque no quiero que mi biblioteca se dañe si le cae agua, o si alguien se sienta encima, o si le entra arena. Porque no quiero que se vuelva obsoleta cada vez que a los señores fabricantes les dé por sacar una "nueva generación". Porque me parece que el libro, como la rueda, nació perfecto, el pobre. Porque los libros electrónicos me parecen objetos sin gracia, asépticos y antipáticos, gratuitamente complicados y frívolamente artificiales.
25. Nicolás Morales, editor:
No. Es cierto que generacionalmente me correspondería ser correcto y decir que si pero la respuesta es que aun creo en mi experiencia personal con el tacto y el olfato en el disfrute del libro. En otras palabras el objeto calo demasiado en mis imaginarios infantiles con padres intelectuales llenos de libros-objetos y esto fue muy perjudicial, desde este punto de vista. Es decir: seguiré con mis manías masturbatorias editoriales. Eso no quiere decir que como editor este absolutamente convencido que es irremediable el cambio tecnológico y que la digitalización de los contenidos nos forzará a todos los actores del espectro editorial a competir en los nuevos espacios multimediático y diseñar nuevas cadenas de valor entre todos ellos.
26. Carlos Castillo, columnista:
No seguiría construyendo mi biblioteca exclusivamente con el Kindle.
No he empezado a usar el Kindle. Lo haré, porque uno debe acudir a todos los recursos de lectura que sean posibles. Sin embargo, la tecnología de libros digitales todavía está en desarrollo, la disponibilidad de libros todavía es limitada y, finalmente, yo soy un vejete que todavía cree en el papel, así ácaros de los libros viejos me devoren los dedos.
1.10.09
Contra los poetas
Una reflexión -bastante ajustada a la realidad- del chileno Bogotá39 Alejandro Zambra.
¿Será que terminaré así? Horror, vaya horror¡¡¡¡¡A los veinte años ya acumulan experiencias importantes: han publicado poemas en revistas y antologías, han participado en talleres, han escrito artículos para anuarios escolares y quizá han concedido una o dos precoces entrevistas. Ya tienen listos sus primeros libros, que están a punto de aparecer en editoriales emergentes. Son libros muy malos, pero por ahora eso no importa. Sus poemas son largos y sentenciosos, abusan de los gerundios, de los signos de exclamación y de los puntos suspensivos. Leen a Vicente Huidobro, a Delmira Agustini y a Oliverio Girondo, pero sobre todo se leen los unos a los otros, en interminables sesiones sólo a veces amistosas.
A los veinticinco años ya han renegado de esos primeros poemas, que consideran lejanos pecados de juventud. Esperan encontrar pronto la madurez como poetas, que a ellos les importa mucho más que la madurez como personas. El segundo libro cumple con creces el objetivo: no es bueno, pero indudablemente es mejor que el primero. Dicen estar todavía buscando una voz propia y mientras tanto planean antologías que incluyen a todo el grupo, pero nadie quiere escribir el prólogo, pues nadie desea correr el riesgo de convertirse en crítico literario.
A los treinta años ya han sufrido varios desengaños. Han sido incluidos en antologías nacionales y latinoamericanas, pero han sido excluidos de otras tantas publicaciones y les cuesta muchísimo aceptarlo. Por momentos escriben solamente para demostrar cuán arbitrarias han sido esas exclusiones. Han publicado, a esta altura, tres libros de poesía. Han fundado dos editoriales y cuatro revistas literarias. En sus reseñas biográficas se afirma que han participado en más de trece –en catorce– encuentros de poetas y que sus libros han sido parcialmente traducidos al italiano. En realidad les han traducido solamente un poema, pero da lo mismo: los han traducido, eso ya es mérito suficiente.
Recién a los treinta y cinco años comienzan a incomodarse cuando los presentan como poetas jóvenes. Ahora dictan talleres en los que aconsejan a sus alumnos que eviten los gerundios, que cuiden los adjetivos, que declaren la guerra a los puntos suspensivos y a los signos de exclamación. Les inculcan la suprema libertad creadora, pero les prohíben una lista bastante larga de palabras: vacío, angustia, desolación, desesperación, crepúsculo, ocaso, alma, espíritu, corazón, vagina. Les hablan de melopoeia, de fanopoeia y de logopoeia, pero se enredan un poco en la explicación. Se enamoran de poetas de dieciséis años y las comparan con Alejandra Pizarnik, pero nunca han visto una foto de Alejandra Pizarnik.
A los cuarenta años a nadie se le ocurre presentarlos como poetas jóvenes, pues sus caras y sus barrigas han cambiado de forma tal vez irreversible. Los poetas experimentan con mayor sufrimiento que el común de la gente la llamada crisis de los cuarenta. No decidieron ser poetas para tener cuarenta años. De ahora en adelante todo será decadencia. Se han vuelto inofensivos. Es más fácil incluirlos, pedirles prólogos, invitarlos a los recitales y aplaudirlos sin énfasis, respetuosamente. Son, en otras palabras, verdaderos fracasados.
Para que el fracaso se cumpla es necesario que reciban, de vez en cuando, señales equívocas. A los cincuenta, a los sesenta, a los setenta años los poetas ganarán dos o tres premios menores; tímidos estudiantes de pregrado y quizás alguna bella doctora norteamericana analizarán sus libros, que tal vez serán traducidos al francés, al alemán, al griego o al menos al argentino. Por lo demás, siempre habrá alguna editorial emergente interesada en rescatarlos del olvido.
Da lástima verlos junto al teléfono, esperando la noticia de un premio, de una pensión del gobierno, de un homenaje, de un viajecito al sur, lo que sea. Parecen niños asustados, y en el fondo eso son: niños asustados, adolescentes ya muy viejos para suicidarse. A veces algún reportero compasivo les pregunta para qué sirve la poesía en este mundo deshumanizado y consumista. Ellos suspiran y responden lo que han respondido siempre: que sólo la poesía salvará al mundo, que hay que buscar, en medio de la confusión, palabras verdaderas y aferrarse a ellas. Lo dicen sin fe, rutinariamente, pero tienen toda la razón.
12.8.09
Recomendaciones para ir a una FIL, por Pedro Mairal
El argentino Bogotá39 Pedro Mairal es un tipazo, como dicen en su país. A propósito del comienzo de la feria del libro aquí en Bogotá, les dejo este interesantísimo "divertimento" que publica por estos días el escritor argentino en el diario El perfil. Disfrútenlo, y si, estoy totalmente de acuerdo...
La Feria del Libro –se suele decir– es un encuentro entre el autor y el lector. Mala idea. No es que no recomiende ir a la Feria, lo que no recomiendo es ir a conocer personalmente a los autores. En general uno se arma una imagen personal del autor, a medida que va leyendo sus libros y sus entrevistas. Uno infiere o deduce al autor con la información que le brinda su ficción, su voz narrativa, sus personajes; uno se va preguntando: “¿Esto le habrá pasado?”, y se contesta que quizá sí, que le pasó realmente. Ese costado medio voyeur que tenemos como lectores inclina el plano de la lectura y muchas veces nos hace seguir leyendo, nos alienta la curiosidad, el morbo. Es una curiosidad legítima. Así armamos un autor. No es lo mismo mi Camus que el Camus que se había imaginado una amiga de mi madre, que contaba que tenía la foto en la mesa de luz. Y lo que permite esa libertad imaginativa es que Camus murió en 1960 sin que hayamos podido ir a escucharlo ni darle la mano (estuvo en Buenos Aires, pero en el 49 y brevemente, porque fue censurado por el peronismo).
Si no conocemos al autor como persona, podemos leer armando como queremos el gran rompecabezas de su vida y su personalidad. Por eso, si estaba pensando en ir a ver a su autor preferido, le aconsejo que no vaya. Esos encuentros son siempre un desencuentro. Mejor léalo, dedúzcalo, proyecte sobre él o sobre ella todo lo que le parezca; adivínelo, invéntelo, mejórelo. Si insiste, se va a desilusionar. Va notar que su autora preferida tiene demasiada peluquería encima, demasiada bijou (ahora se dice accesorios) y tiene un tic con el pelo, y las pulseras enormes le hacen ruido cada vez que se arremanga entusiasmada para contestar las preguntas que ella misma redactó. Y cuando vea al autor que la desvela, y vea la panza y la pelada que no se veían en la foto... Y cuando los escuche repetir las respuestas ocurrentes que ya dijeron en entrevistas anteriores… Y cuando los note antipáticos, o demasiado simpáticos, demasiado presentes, sin misterio, pisoteando para siempre la idea admirable del autor que usted con tanta pasión se había formado…
A los autores hay que leerlos, no conocerlos. Imagínese ir a verlo a Shakespeare a la Feria del Libro. Ahí está William con su barbita candado, y al final usted se le acerca y le dice que le gustaría hacerle una entrevista para una revista barrial. Y él le contesta que gracias pero que no puede porque está recién saliendo de una gastroenterocolitis. O peor, acepta, da la entrevista y es un plomo. Después de eso, ¿cómo seguir leyendo igual a William Shakespeare?
Una vez vi a una chica leyendo un libro mío en el colectivo. Casi le pegunto si le estaba gustando, casi le digo que yo era el autor. Pero algo me detuvo. Me pareció que yo no tenía por qué interrumpir esa tranquilidad de la lectura, no tenía por qué entrometerme entre ella y la voz que ella estaba armando o casi inventando con mi texto. No tenía por qué entrometerme entre ella y las palabras. El libro era de ella, no mío. Creo que si estoy leyendo en el colectivo y un tipo a mi lado me dice “Yo escribí ese libro” pegaría un salto, como si se materializara el genio de la lámpara. Por eso me bajé sin decir nada.
26.3.09
EL FUTURO NO ES NUESTRO
El futuro no es nuestro es la más reciente antología de cuento en hispanoamérica. Reune a 20 nombres de los 63 escogidos en piedepagina. Entre los 20 escogidos aparecen dos colombianos: Juan Gabriel Vásquez, de amplia acogida en España, y Antonio Ungar, los dos Bogota39. La recopilación la hizo el peruano Diego Trellez Paz, catedrático de literatura en Estados Unidos. Vemos los que nos dice en una entrevista acerca del libro:
-¿Esa idea es aquella que vos marcás en el prólogo?
-La idea del prólogo, básicamente, como te dije antes, era elaborar una panorámica de lo que se estaba produciendo entre estos escritores que nacieron entre el '70 y el '80, y desenmarcar un poco la relación fuerte que ha habido entre la literatura y el marketing. A nosotros no nos interesaba tanto ir por el lado de ver el porvenir literario, si quieres; a nosotros nos interesaba mostrarnos como un grupo. -¿Qué cosas en común tienen como tal?
-No te puedo hablar de una forma omnipresente, o de influencias que todos tengamos en común. De hecho, si algo nos une debe ser esa disgregación germinal, no solamente en cuanto a influencias sino también en que muchos de nosotros vivimos en diferentes países, ¿no?, y nuestros temas, lo que abarcamos como escritores, a veces coincide pero muchas veces no. Y básicamente eso, ¿no? Era mostrar eso. No pretender que nos manejamos con algún tipo de estereotipo. -Pero todo grupo tiene una razón de ser y una dinámica, ¿cuál es la de ustedes?
-Es un grupo bastante solidario, de internautas. Casi todos nos conocemos por Internet y decidimos todo por e-mail. Mi idea con la antología era presentarnos, recuperar un poco esa relación horizontal que siempre ha habido con el lector, sin necesidad de condicionamientos extraliterarios, sin simplificar nuestras diferencias; sin la presión de tener, por ejemplo, en los hombros a los escritores anteriores. Y sin ninguna etiqueta, ¿no? Por esa manera, era interesante para mí, simplemente presentarnos. Y si el primer paso fue hacerlo de manera gratuita era porque, si hay algo que nos mueve, es la necesidad de la alianza con el lector, que nos lean. Ésa es la meta principal: ser leídos, presentarnos, marcar un territorio propio. -Existe un quiebre también con criterios expuestos en antologías anteriores como McOndo. Pareciera haber un grado de politización más visible que en la década pasada
-Eso de alguna manera es cierto, ¿no? En un momento, en esa época que era toda la época de MTV, como algo novedoso, la idea del escritor como ciudadano del mundo, del escritor pues que tiene que decidir entre Windows o Mac, y ese tipo de cosas que estaban de alguna manera destinadas a ver a Estados Unidos como el totem supremo, el mercado adonde se tenía que llegar. Creo que en los cuentos que he presentado, hay un regreso a la temática fundamental de la violencia. Eso tiene que ver mucho con lo que vivimos ahora. Uno ve lo que está pasando en México o lo que viene pasando en Colombia, en Perú, y se ve reflejado, ¿no? Pero no podemos generalizar. Hay otros autores a los que esto no les interesa, y eso es perfectamente válido. Hay bastante heterogeneidad, pero si hay dos temas que yo creo que dominan en la antología, uno es la violencia, política y la violencia generada por el racismo, que es tan fuerte allá; y la segunda es el erotismo, ¿no?, visto sin tabúes desde diferentes puntos de vista. -Como exponente de esta generación de escritores internautas, ¿cómo juzgás las herramientas tecnológicas a la hora de hacer literatura?
-Yo creo que eso sí es una cosa que nos ha marcado, si quieres, como generación. Sí, el ochenta por ciento, o el noventa por ciento de los autores de El futuro no es nuestro, de las dos versiones, son internautas. O sea, quiero decirte que se comunican por correo electrónico, usan blogs, los leen, utilizan facebook para promocionar sus eventos, utilizan todas las herramientas que a ellos les plazcan para conectarse, ¿cómo se ha cambiado el mundo de producir literariamente? Yo soy un poco escéptico respecto del libro electrónico. Es decir, a mí, personalmente -y aquí hablo sólo por mí- a mí me encanta el libro impreso, ¿no? Me encanta el olor, me encanta tenerlo...Yo soy un poco fetichista. Ahora bien, yo sí creo que el cuento funciona mejor que la novela en Internet. Y por esa razón, el proyecto electrónico tuvo tanto éxito. Lo más interesante es que Internet ha sido en algunos casos quizás la única forma que tuvimos para leernos. Para que un autor sea leído en todos los países de América latina, por suerte, no sólo basta con publicar en España, ni con ganar un premio ¿no? Todas esas limitaciones son las que se rompen con el mundo cibernético. Eso es lo interesante, lo importante y loable. Por otro lado, no creo que con Internet vaya a acabarse la industria de producción de libros. No lo veo, ni lo quiero. Y también lo digo en el prólogo, ¿no? Esta visión un poco apocalíptica y supermoderna de que ahora todos van a tener e-book, yo no la veo realmente realista, ¿no? -Esperemos...
-Es lo que yo digo...
25.3.09
MAS SOBRE BOGOTA 39
Han pasado dos años desde el encuentro de Bogotá39, y aún hay de qué hablar. (Y que sea así). Les tengo noticias. Aquí un breve resumen de lo acontecido con algunos de ellos:
1. Mi parce Andrés Neuman ha ganado el premio Alfaguara 2009. (No me cansaré de decirlo, que buen escritor es el desgraciado argentino).
2. El afamado libro Bonsai del chileno Alejandro Sambra ha sido traducido al inglés. Además de esto, se puede leer su más reciente relato en Letras Libres.
3. El colombiano Augusto Ungar ha sido seleccionado en la lista de la revista Zoetrope All-Story', del cinematografista Francis Ford Coppola. Vaya honor.
4. Terminando el año 2008 el peruano Iván Thays quedó finalista en el prestigioso premio Herralde de novela, de la editorial Anagrama.
5. Por último, el otro peruano Bogotá39, Antonio García Angel, ha publicado su más reciente novela con la editorial colombiana Norma: Su casa es mi casa. Seguramente curado de espanto con esa manía de la intertextualidad, García Angel advierte desde la primera página: "Me tomé la libertad de utilizar algunos apartes de La Celestina, en unos casos conservándolos en su forma original; en otros, adaptándolos a los requisitos de la narración. La metáfora de la tarántula y la papilla es de Chandler en la traducción de César Aira. Sabrán perdonar el atrevimiento".
Y ustedes señores, ¿En qué están? ¿Haciendo ocio mientras todo el mundo anda escribiendo?





