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3.1.11

1Q84, Murakami


1Q84.


Un nuevo "ataque" narrativo para dicha de los que adoramos al japonés. Los dos primeros tomos de la trilogía 1Q84 serán lanzados próximamente al español por Tusquets. No digo más. Ya espero en la librería su aparición. Sólo dejo eso por ahora, la noticia. Vayan ahorrando...

6.9.10

Murakami y Paolo Giordano, en Venecia


Poster de Tokio Blues.


En la edición # 67 del festival de cine de Venecia, que por estos días acapara la atención de los amantes del séptimo arte, se presentan dos películas basadas en dos libros maravillosos: Tokio blues, de Haruki Murakami, y La soledad de los números primos, de Paolo Giordano. La primera la dirige el vietnamita Anh Hung Tran, conocido por su célebre película "El olor de la papaya verde". La segunda es dirigida por Isabella Rosselini. También tengo otra noticia: se está rodando la película "Lope", basada en la vida del famoso dramaturgo y poeta español Lope de Vega. En cuanto a esta película, la nota en el ABC:

Resulta absurdo el que, teniendo como tenemos unos Siglos de Oro apasionantes, no hayamos recurrido a esa etapa de nuestra historia como venero asiduo y predilecto de nuestras ficciones cinematográficas. Por eso es digno de saludo el hecho de que hoy vaya a estrenarse en toda España una película titulada Lopey dedicada a glosar la figura del Fénix de los Ingenios.
Lo más grande de Lope de Vega (1562-1635) es, sin lugar a dudas, su portentosa humanidad. Shakespeare puso en labios de su Macbeth que se atrevía a lo que se atreve un hombre, porque «quien se atreve a más no lo es». Goethe dijo de Napoleón que se le antojaba un extraordinario hombre ordinario. Eso fue Lope en nuestros tiempos áureos: alguien que se atrevió a todo lo que puede atreverse un hombre y, a la vez, un ejemplar único e irrepetible de hombre corriente, atento al ruido y las miserias de la calle, encandilado con la vida.
Si me dijeran que eligiese un poeta, uno solo, de nuestra literatura, respondería sin vacilar: Lope de Vega. «Oscuro el borrador y el verso claro» es el verso final de uno de los sonetos de su alter ego Tomé de Burguillos. Toda la obra lírica de Lope es una apología de la claridad al mismo tiempo que un himno de acción de gracias por saludar al sol cada mañana y asistir cada noche al peregrinaje de la luna de plata por el cielo. Pronto saldrá en ABC Culturaluna reseña mía de un buen libro de alta divulgación, firmado por Felipe B. Pedraza Jiménez y exquisitamente ilustrado, sobre la vida y obra de Lope. En sus páginas pueden seguirse fácilmente los distintos amores y amoríos que jalonaron la existencia de Lope, quien actuó en todo momento como «notario lírico de sí mismo», pues dio testimonio de sus avatares biográficos en todos y cada uno de sus poemas.
Entre la selva de sus enamoradas destacan cinco nombres: Elena Osorio (Filis), Isabel de Urbina (Belisa), Micaela de Luján (Lucinda), Juana de Guardo y Marta de Nevares (Amarilis, Marcia Leonarda). Sólo estuvo casado con Isabel y Juana, pero no sólo fueron ellas quienes le dieron descendencia. A Micaela de Luján, por ejemplo, Lope le dedicó todo un cancionero amoroso, del que entresaco este bellísimo primer cuarteto del soneto 133 de las Rimas(1609): «Yo no quiero más bien que sólo amaros, / ni más vida, Lucinda, que ofreceros / la que me dais, cuando merezco veros, / ni ver más luz que vuestros ojos claros».
El autor de esas Rimasse consagró con fervor y perseverancia al amor profano. El número 126 de la colección es aquel celebérrimo soneto que comienza: «Desmayarse, atreverse, estar furioso, / áspero, tierno, liberal, esquivo, / alentado, mortal, difunto, vivo, / leal, traidor, cobarde y animoso», y termina, en un crescendo espectacular: «Creer que un cielo en un infierno cabe, / dar la vida y el alma a un desengaño: esto es amor: quien lo probó lo sabe». Tal vez sea el resumen del hecho amoroso más genial que se haya escrito nunca, y la repetición en los tercetos de la palabra «desengaño» nos indica a las claras qué piensa Lope del asunto.
Junto a la poesía amorosa, hay en Lope una veta de poesía familiar que lo encumbra hasta las estrellas, como la maravillosa epístola a Matías de Porras (en La Circe con otras rimas y prosas, 1624), donde se leen estos tercetos: «Llamábanme a comer; tal vez decía / que me dejasen, con algún despecho: / así el estudio vence, así porfía. / Pero de flores y de perlas hecho, / entraba Carlos a llamarme, y daba / luz a mis ojos, brazos a mi pecho. / Tal vez que de la mano me llevaba, / me tiraba del alma, y a la mesa, / al lado de su madre, me sentaba». Al tal Carlos (1606-1612), hijo de Lope y Juana de Guardo, dedicó el poeta una elegía, publicada en las Rimas sacras(1614), que es una maravillosa mezcla de conformidad religiosa, ternura e íntima desolación ante la pérdida del niño: «De la primera cuna / a la postrera cama / no disteis sola un hora / de disgusto, y agora / parece que lo dais, si así se llama / lo que es pena y dolor de parte nuestra, / pues no es la culpa, aunque es la causa, vuestra».
Hasta en un poema mitológico como La Circehay lugar en Lope para la confidencia autobiográfica, en este caso dirigida a su último amor, Marta de Nevares. Oigamos la voz del maestro, evocando el amor platónico que habría tenido, en buena lógica, que inspirarle su amada, pues era ya sacerdote cuando la conoció en 1616: «Oírte hablar, amar tu compañía, conocer tu virtud honesta y grave, / son centro de mi amor, filosofía / que con mayor edad adquiere y sabe». Marta se quedaría ciega en 1623 y moriría en 1632, tres años antes que su amante. Lope fue envejeciendo a su lado, mientras veía asomar en sueños, con indeseada frecuencia, la horrible jeta de la muerte por su ventana de la madrileña calle de Francos (hoy Cervantes). Sus amores con Amarilis inspiraron un poema al llorado José Hierro cuyo sinestésico final me parece prodigioso: «Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar».

14.7.10

De qué habla Murakami cuando corre


Murakami en alguna maratón...


Tusquets lanza un nuevo libro, en español por lo menos, del incanzable e inalcansable Murakami. Uno de los tres autores favoritos en Tierraliteraria. (Ya saben cuáles son los otros dos, ¿no?). A conseguir otro libro del japonés, cueste lo que cueste. Aquí la nota en ADN cultura:

En el prefacio, Haruki Murakami define De qué hablo cuando hablo de correr , título inspirado en su venerado Raymond Carver, "como una especie de ´memorias´ que giran en torno al hecho de correr".

El escritor japonés deja bien en claro que se toma este deporte en serio. Comenzó veintiocho años atrás y tiene un promedio de diez kilómetros diarios seis días a la semana. Es un habitual participante de maratones, se atreve al triatlón y en una ocasión probó el desafío de una ultramaratón (cien kilómetros en un día).

Murakami dedica algunos pasajes a la música que escucha mientras corre. Por lo general elige rock y uno de sus discos predilectos es Reptile . Al son de ese CD de Eric Clapton -comenta- sus piernas "se ven impulsadas rítmica y regularmente hacia delante". Otros temas van surgiendo de modo natural: el tipo de zapatillas que usa, el clima, el paisaje, su tendencia a engordar, su alimentación, el factor de la edad en el rendimiento o los corredores que se cruza en el camino.

El ensayo incluye un repaso sobre distintas etapas de su vida y un análisis de diferentes aspectos de su personalidad, como su inclinación a la soledad o su inadecuación a los deportes de equipo. Desde el punto de vista narrativo, el tramo más atrayente del volumen se ocupa de los agobiantes kilómetros que recorrió de Atenas a Maratón, en pleno verano.

Además, hay numerosas reflexiones sobre el hecho de escribir. "El novelista (al menos el que aspire a escribir una obra larga) -afirma- debe ser capaz de mantener una concentración diaria durante un largo lapso de tiempo, sea medio año, uno, o dos."

Los apuntes del libro, que trae una serie de fotos del autor de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo en acción, conforman el autorretrato disperso de una persona voluntariosa y disciplinada, en competencia consigo misma.

"Ir consumiéndose a uno mismo -concluye Murakami-, con cierta eficiencia y dentro de las limitaciones que nos han sido impuestas a cada uno, es la esencia del correr y, al mismo tiempo, una metáfora del vivir (y, para mí, también del escribir)."

6.4.10

Tokio blues, al cine


Partitura de Norwegian Wood, de Los Beatles, que inspiró a Murakami.


Y ya que hablamos en el último post de Murakami, les comento que ya está lista la postproducción de Norwegian Wood, mejor conocida como Tokio blues, la célebre novela del japonés. ¿Cómo será llevar esta novela, con sus mundos y submundos, con todas las puertas que deja abiertas? ¿Cómo cerrarlas? Ese es el reto del director Tran Anh Hung. La nota en Arcadia:

El director franco vietnamita Tran Anh Hung, célebre por su película nominada al Óscar El olor de la papaya verde, se encuentra en la posproducción de su más reciente proyecto, la adaptación cinematográfica de la novela Tokio blues.Norwegian Wood, del japonés Haruki Murakami.

Murakami, quien se ha convertido en el escritor japonés contemporáneo más leído de Occidente, ha sido muy reticente a que sus obras se adapten al cine. Solo ha permitido que se haga una película de su cuento Tony Takitani (dirigida por el recientemente fallecido director japonés Jun Ichikawa en 2004) y ha rechazado múltiples ofertas de llevar sus novelas al cine. Al parecer, fue la propuesta de que Hung dirigiera la película la que terminó de convencer al escritor japonés.

Tokio blues. Norwegian Wood fue publicada en 1987 y desde entonces ha vendido 9.2 millones de copias en todo el mundo y ha sido traducida a 36 idiomas. Cuenta la historia de Toru Watanabe, un hombre que al escuchar la melodía Norwegian Wood de Los Beatles en un avión comienza a rememorar su época de universitario, sus grandes amores y sus meditaciones sobre la muerte. Al parecer los actores Kenichi Matsuyama, Kilo Mizuhara y Rinko Kikuchi (recordada por su papel en Babel) serán los protagonistas de esta melancólica historia de amor.

La banda sonora de la película la hará Jonny Greenwood, guitarrista de la banda inglesa Radiohead, y estará inspirada en Doghouse, una pieza clásica que compuso anteriormente para la Orquesta de Conciertos de la BBC. No será la primera incursión del guitarrista en el campo de las bandas sonoras, pues él fue el responsable de musicalizar la película Petróleo sangriento (There Will Be Blood) de Paul Thomas Anderson.

Norwegian Wood se estrenará en el Festival de Cine de Cannes, que se llevará a cabo del 12 al 23 de mayo de este año.

4.4.10

Murakami, solo para Murakamistas


488 páginas de Murakanismo.


Eterna Cadencia, con sede en Buenos Aires, es la "gran pequeña editorial" donde algunos autores, me incluyo, quisieran estar. Una editorial sobria, organizada, lejana de todo atributo comercial -bueno, no tanto como las grandes-. En su página encuentro una particular reseña del libro El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas -ah, cómo me encantan los títulos en las obras de Murakami...-, la última novela editada en español del célebre japonés. No la he leido, y no creo que lo haga pronto, aunque, eso sí, está pendiente antes de finalizar el año. Aquí la reseña del libro de Murakami:

En realidad, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas no es ni la última novela de Murakami ni una sola. Escrita en 1985 (antes que Tokio blues, Sputnik mi amor, o Al sur de la frontera, al oeste del sol), narra dos historias: la una, la del fin del mundo, la otra, la del despiadado país de las maravillas.

Una novela que guarda dos historias tiene la complicación extra de evitar que una trama opaque a la otra. Y aunque El fin del mundo como novela autónoma podría ser mucho más atractiva, el peso de Un despiadado país de las maravillas gravita más en la unidad.

El despiadado país de las maravillas

La realidad sucede un Japón futurista, tal como se entendía el futuro próximo en los años ‘80: lejos de Blade Runner, más cerca de la matrix.

El protagonista es un analista que realiza cálculos complejos para una organización llamada Sistema. Estamos ante absolutos: el mundo de la información se expande en una lucha entre el Sistema y sus archienemigos, Los Semióticos. En medio de esta guerra de bandos poderosos –pero no muy creativos a la hora de escapar de la literalidad–, aparecen los peones-soldados como el protagonista que analizan y transportan la información en una parte inalcanzable de sus cerebros.

Nuestro hombre es llamado a realizar una complicada tarea a pedido de un científico tan genial como loco –una versión japonesa de Christopher Lloyd en Volver al futuro aunque desprovista del humor. Debe hacer un shuffling; no se nos explica en qué consiste. (En realidad, sí hay una explicación, pero Murakami usa el mismo recurso de Hollywood: el científico desarrolla una teoría al trotecito para justificar lo imposible y el lego no tiene problemas en comprenderla en profundidad. Como golpe de gracia, el primero lo alienta diciéndole que es tan inteligente –y por ende, nosotros tan tontos– que puede unir los puntos por sí mismo. Por el bien de la novela, uno termina concediendo lo verosímil.)

Algo sucede durante el trabajo del analista y se pone en marcha un proceso irreversible. El mundo tal como lo conocemos tiene las horas contadas.

El fin del mundo

Mientras tanto, en el fin del mundo la cosa es diferente. De un Tokio hipertecnificado pasamos a una ciudad preindustrial rodeada por una muralla y controlada por un guardián kafkiano –un guardia que cuya función, como luego descubrimos, es sólo la de contener al protagonista–. La gente se apresta a vivir en paz y armonía hasta el fin de los tiempos. La única condición para permanecer aquí es la de despojarse de la sombra y así, cuando esta muere, perder el corazón.

La traductora nos explica que corazón en japonés tiene más significados que en español: “abarca ámbitos del conocimiento, los sentimientos y la voluntad, de manera que incluye conceptos como pensamiento, mente, alma y espíritu”. La paz llega sin pulsiones.

El protagonista de esta otra “novela” está encargado de trabajar en la biblioteca, leyendo viejos sueños que se almacenan en cabezas de unicornios. Como su sombra todavía vive –está al cuidado del guardián de la muralla– todavía tiene corazón. Es capaz de sentir y enamorarse, pero no puede acceder al conocimiento imperecedero de los otros. Por ejemplo, no entiende por qué un grupo de hombres deciden perder una mañana haciendo un pozo. ¿Para qué lo hacen? Para hacer un pozo. No hay un propósito ulterior en una ciudad que se prepara para la eternidad.

El dilema que lo atraviesa es la de serle fiel a su sombra o a su corazón: o escapa con su sombra o permanece en la ciudad con la mujer que ama a costa de que su sombra muera de frío. Pero la paradoja está en que su sombra es su corazón. Sin ella no podrá amar, con ella no tendrá al ser amado.

El despiadado fin de las maravillas del mundo

Cuando las tramas se conectan no sorprende descubrir que los dos protagonistas son la misma persona en diferentes estados de conciencia: a diferencia de Neo que debe entrar en la matrix, nuestro hombre debe ingresar en su propio subconsciente. Es por ese camino sin retorno por donde llegará a la eternidad. Pero hasta tanto lo consiga, deberá huir de sus patrones, de sus enemigos y, para colmo, de un nuevo bando se suma a la persecución: los tinieblos son unos seres que viven en las profundidades de Tokio, debajo del subterráneo, que odian a la raza humana.

La novela tiene un par de curiosidades. Una: el analista piensa en hacer un pozo desde Tokio para atravesar el planeta y llegar a… la Argentina. Otra: mientras investiga acerca de los unicornios decide consultar El libro de los seres imaginarios: Borges como un manual de estudios. Hay otros momentos gratificantes y es interesante el uso de la ironía y la paradoja, pero en el balance es muy poco para sostener una novela de casi 500 páginas. Además, llama la atención la falta de sentimientos de todos y cada uno de los personajes. La pasión es como la llamita de calefón en piloto. De hecho, el protagonista pasa las que podrían ser sus últimas horas en un lavadero viendo cómo se seca la ropa interior de una joven (que no desea) que lo espera en la casa.

Tautología

La novela verifica la afirmación tautológica que Murakami le gusta a los que le gusta Murakami. Ningún fan de Murakami va a quedar decepcionado. Pero ¿qué pasa con quienes no son amantes incondicionales? Mi lectura supuso un avance tortuoso. Día tras día me proponía abandonarla, pero la novela fue persistente, me siguió llamando hasta que la terminé. Tal vez eso sea lo mejor de la novela: que no puedas dejarla hasta el final.

9.12.09

Otra más de Murakami


El escritor japonés.

Vaya. Las noticias acerca del japonés no cesan. Y como Tierraliteraria le sigue la pista a miles de kilómetros de distancia, es grato saber que Haruki ha sido condecorado con la orden de las Artes y las Letras, en España. Dice la nota en EFE:
El Consejo de Ministros ha concedido hoy la Orden de las Artes y las Letras de España al escritor japonés Haruki Murakami, en reconocimiento a la personalidad creativa de una «originalísima voz narrativa», creadora de una obra que se ha convertido en un destacado referente de la literatura contemporánea.
Desde la publicación en España, en 1982, de su novela «La caza del carnero salvaje», el autor japonés ha cosechado un notable éxito entre el público español.
Esta distinción, de carácter honorífico, se creó para reconocer la labor de aquellas personas físicas o jurídicas que hayan sobresalido en la promoción y difusión de la cultura española y de la imagen de España dentro y fuera del país, ya sea con su obras o a través de su participación activa en diversos ámbitos de la creación artística o literaria.
Haruki Murakami (Kyoto, 1949) ha conseguido trascender su ámbito natal hasta convertirse en uno de los referentes más personales y consolidados del panorama literario mundial.
Estudió literatura y teatro griegos en la Universidad de Waseda (Soudari) y escribió su primera novela a los 30 años. Desde entonces, su continuada producción literaria le ha permitido recorrer con éxito la transición de novelista de culto a autor de prestigio.
Su obra ha sido reconocida con importantes galardones japoneses e internacionales, de forma que «Hear the Wind Sing» ganó en 1979 el Premio Gunzou a la mejor primera novela, y por su tercera novela, «La caza del carnero salvaje» (1982), fue galardonado con el Premio Noma para Nuevos Escritores.
La siguiente novela, «Hard Boiled Wonderland and the end of the World», le hizo merecedor del prestigioso Premio Tanizaki. En 1996 recibió el Premio Yomiuri, por «Crónica del pájaro que da cuerda al mundo».
En 2006 obtuvo el premio Franz Kafka y desde entonces su nombre suena anualmente entre los candidatos más firmes al Premio Nobel.
A partir del éxito obtenido con su novela «Norwegian Wood» (Tokio Blues), recorrió prestigiosas universidades europeas y norteamericanas para dar clases y traducir del inglés al japonés a grandes escritores americanos: Raymond Carver, Scott Fitzgerald, Truman Capote, John Irving y J.D. Salinger, entre otros.
Autor esquivo hacia los actos públicos, Murakami aceptó viajar a España a principios de 2009 para recoger el Premio San Clemente, otorgado por los alumnos del Instituto Rosalía de Castro de Santiago de Compostela.

7.12.09

Más de Murakami


Tan indescriptible la portada como sus libros...

Luego de publicar aquí, en este blog, la primera parte del libro El fin del mundo y un despiadado País de las maravillas, posteo una hermosa reseña que le hace Jesús Ferrero en el diario El país, a Murakami, al eterno Murakami, ¿Para cuándo el Nóbel? Ah si, para otra Herta Müller:
El puente entre la novela japonesa y la occidental lo trazó casi enteramente Mishima, que llevó a cabo en Japón una modificación parecida a la realizada en China por Lu Xun. Mishima adensó las historias al argumentarlas más y al evitar la morosidad, las divagaciones y las bifurcaciones propias de la narrativa tradicional japonesa, presentes en Kawabata y latentes en Oé, y si bien lamentaba la pérdida de raíces de Japón, él nunca se privó de escribir y vivir como un occidental.Comparado con todos estos autores, Murakami representa una nueva encrucijada que por un lado lo acerca a Mishima, al asumir claras influencias de escritores occidentales como Kafka, Huxley, Chandler y Carver, y al apoyar sus argumentos tan sólidamente como ellos, y que por otro lado lo acerca a Kawabata en su intento de volver a convertir la novela en un amplio jardín de senderos que se bifurcan y que sólo se encuentran al final, en tiempos y espacios de aire apocalíptico y a veces tremendamente desoladores. Obviamente su narrativa no sería la misma sin esa sordina romántica y dolorosamente melancólica que le prestó Fitzgerald, tampoco sería la misma sin los mundos absurdos y sofocantes que van envolviendo la vida de sus personajes y que no dejan de ser un tributo a Kafka, y tampoco sería la misma sin la moral provisional que le prestó Chandler y la precisión en el uso de los adjetivos fundamentales que proviene de sus traducciones al japonés de los cuentos de Carver. Pero no es menos evidente que Murakami vuelve a introducir cierto gusto por la morosidad y la divagación, a ratos tremendamente cómica, que no está en Mishima pero que sí se percibe, y en grado sumo, en buena parte de la obra de Kawabata.

Nacido en Kioto en 1949, Haruki Murakami se crió en la ciudad portuaria de Kobe, que sufría una impregnación de Occidente muy superior a las ciudades del interior, y donde empezó a leer narrativa europea y americana y a fundamentar las raíces de su estilo, tan mestizo como sorprendente. Y que no se engañe el lector: la escritura de Murakami no es tan transparente como creen algunos críticos que llegan a su obra, como yo, a través de traducciones malas o buenas. Los guiños literarios son en él muy frecuentes y tiene una forma de adjetivar que quiere ser a la vez lírica y exacta, siguiendo en eso los pasos de Fitzgerald a veces, y otras veces los de Carver.

Utilizando técnicas ya empleadas en otras novelas, en El fin del Mundo y un despiadado País de las Maravillas Murakami va construyendo una novela a partir de dos narraciones paralelas y destinadas a encontrase en el "infinito". Uno de los relatos es de carácter fantástico y más o menos contemporáneo, y se desarrolla en Tokio y en sus pliegues mágicos, y el otro de carácter fabuloso y más o menos arcaico, y se desarrolla en una ciudad imaginaria en cuyas inmediaciones viven muchedumbres de unicornios. Lo fantástico y lo fabuloso no son lo mismo en Murakami, ya que lo fabuloso dobla la sensación de fantástico al introducir personajes propios de las fábulas, las leyendas y los mitos.

La lectura, al principio bastante morosa y llena de meandros, se agiliza considerablemente una vez pasado el ecuador de la novela, donde se hacen comprensibles muchos momentos que quedaron sin iluminar y donde el lector se siente arrastrado hacia dimensiones cada vez más abismales. La novela está muy bien argumentada, a pesar de su recorrido zigzagueante, y los personajes no tienen nombre y se les define por sus funciones: el joven informático, la bibliotecaria, el guardián, el sabio viejo y chiflado. El único problema de este proceder es que, al deslizar la narración hacia la fábula y los protagonistas muy definidos, los personajes tienden a parecer algo estereotipados, pero se trata de un problema endémico en las novelas que conquistan el mercado, y hasta en las que no lo conquistan, y a ningún lector le va a impedir reconocer que se halla ante una narración soberbia en la que Murakami consigue superarse a sí mismo y ser más poeta que nunca.

3.12.09

Lo nuevo de Murakami


Murakami blues. Murakami green.

No quería postear hoy, pero me encontré, y juro que fue por pura casualidad, con un pequeño avance de la novela El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, que publicó Tusquets la semana pasada. Solo a Murakami se le ocurriría comenzar una novela con un hombre atrapado en un ascensor.
El ascensor se elevaba con extrema lentitud. Vaya, debía de estar subiendo, imagino. No lo sabía a ciencia cierta. Porque ascendía tan despacio que yo había perdido el sentido de la dirección. Es posible que bajara y es posible, asimismo, que no se moviera en absoluto. Yo me había limitado a decidir arbitrariamente, haciéndome una composición de lugar, que el ascensor subía. Pero era una simple hipótesis. Sin fundamento. Tal vez hubiese ascendido hasta el duodécimo piso y bajado hasta el tercero, o quizá estuviera de regreso tras dar una vuelta alrededor de la Tierra. No lo sabía.

Aquel ascensor nada tenía que ver con la máquina barata y funcional, similar a un cubo de pozo evolucionado, que había en mi apartamento. Ambos aparatos eran tan distintos que costaba imaginar que se denominaran de igual modo y que tuvieran idéntica estructura y función. Porque los separaba una distancia tan grande que excedía mi comprensión.

En primer lugar, estaba su tamaño. El ascensor donde me hallaba era tan amplio que habría podido utilizarse como una oficina pequeña. Lo suficiente como para que sobrara espacio tras poner una mesa, una taquilla y un armario, e instalar, además, una pequeña cocina en su interior. Quizá incluso hubieran cabido tres camellos y una palmera de tamaño mediano. En segundo lugar, estaba la pulcritud. Se veía tan limpio como un ataúd nuevo. Tanto las paredes como el techo eran de un reluciente acero inoxidable, sin mácula, sin un resto de vaho que los empañara, y una tupida alfombra de color verde musgo cubría el suelo. En tercer lugar, era terriblemente silencioso. Cuando entré, las puertas se cerraron deslizándose sin hacer el menor ruido -literalmente, el menor ruido- y reinó un silencio absoluto. Tan denso que ni siquiera podía discernir si el ascensor estaba detenido o en marcha. Un río profundo que fluía en silencio.

Todavía más: estaba desprovisto de la mayoría de accesorios con los que suele contar un ascensor. Para empezar, faltaba el panel con botones e interruptores de diversa índole. No había ningún botón que indicara el número de la planta, ni el de abrir y cerrar las puertas, ni el dispositivo de parada de emergencia. Vamos, que no había nada de nada. Eso me hacía sentir tremendamente inseguro. yno sólo se trataba de los botones. Tampoco estaban los paneles luminosos que indican la planta, ni había información alguna sobre la capacidad del ascensor, ni las consabidas advertencias. Tampoco aparecía por ninguna parte la placa con el nombre del fabricante. Y a saber dónde se hallaba la salida de emergencia. Aquello era un verdadero ataúd. Por más vueltas que le daba, no entendía cómo había conseguido el permiso del Cuerpo de Bomberos. Porque también habrá algún reglamento para los ascensores, supongo.

Mientras mantenía la mirada clavada en aquellas cuatro insondables paredes de acero inoxidable, me acordé del gran mago Houdini, del que, de niño, había visto una película. Inmovilizado por vueltas y vueltas de cuerdas y cadenas, embutido en un enorme baúl rodeado, a su vez, de pesadas cadenas y cerrojos, Houdini era arrojado desde lo alto de las cataratas del Niágara o enterrado en los hielos del Mar del Norte. Tras aspirar una profunda bocanada de aire, intenté comparar con calma mi situación con la de Houdini. El hecho de que mi cuerpo estuviera libre de ataduras era una ventaja, pero mi desconocimiento de los trucos de magia no dejaba de jugar en mi contra.

Pensándolo bien, no sólo ignoraba los trucos, sino que ni siquiera sabía si el ascensor estaba en marcha o detenido. Me aventuré a carraspear. Pero el resultado fue algo peculiar. Mi carraspeo no sonó a carraspeo. únicamente se oyó un sonido sordo, extraño, como si hubiera lanzado un puñado de blanda arcilla contra una lisa pared de cemento. No podía creer, bajo ningún concepto, que ese sonido lo hubiera emitido yo. Por si acaso, carraspeé de nuevo, pero el resultado fue el mismo. Descorazonado, decidí dejar de carraspear.

Permanecí largo tiempo de pie, inmóvil, en la misma posición. Aguardé y aguardé, pero las puertas continuaron cerradas. El ascensor y yo permanecimos mudos, como si fuésemos una naturaleza muerta titulada El hombre y el ascensor. La inquietud fue apoderándose de mí.

Tal vez la máquina estuviese averiada o quizá el operario que la manejaba -en caso de que alguien desempeñara tal función- hubiese olvidado que yo estaba dentro de aquella caja. Me sucede a veces, que la gente se olvide de que existo. Pero, en ambos casos, el resultado no variaba: yo estaba encerrado en aquella caja hermética de acero inoxidable. Agucé el oído, pero ningún ruido me llegó. Probé a pegar la oreja a las paredes de acero inoxidable, pero seguí sin oír nada, como era previsible. únicamente dejé la impronta blanca de mi oreja sobre la superficie. [...]

Descorazonado, me recosté en la pared del ascensor y decidí matar el tiempo contando la calderilla que llevaba en los bolsillos. Claro que, por más que hable de matar el tiempo, para un hombre de mi profesión contar calderilla es un entrenamiento tan valioso como puede serlo para un boxeador profesional tener siempre una pelota de goma entre las manos. En sentido estricto, no se trata de matar el tiempo. Porque sólo mediante la reiteración de un acto es posible corregir la tendencia a la distribución desigual. En todo caso, procuro llevar siempre mucha calderilla en los bolsillos del pantalón. En el de la derecha meto las monedas de cien y de quinientos yenes; en el de la izquierda, las de cincuenta y de diez. Las de uno y cinco yenes las llevo en el bolsillo de la cintura, aunque tengo como norma no usarlas jamás en mis cálculos. Introduzco ambas manos en los bolsillos y, con la derecha, calculo la suma total de las monedas de 100 y de 500 yenes mientras, con la izquierda, cuento las de cincuenta y las de diez. n

Tal vez sea difícil de imaginar para quien nunca la haya realizado, pero esta operación aritmética, al principio, es harto complicada. Los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro efectúan un cálculo completamente distinto y, al final, las dos partes deben unirse como si fuera una sandía partida por la mitad. Si no estás acostumbrado, cuesta.
No sé con certeza si realmente utilizo los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro por separado o no. Un especialista en fisiología cerebral tal vez emplee otra terminología. Pero no soy experto en fisiología cerebral y lo cierto es que, mientras cuento, tengo la impresión de que estoy utilizando las dos partes por separado. También la fatiga que experimento al finalizar mis cálculos es intrínsecamente distinta al cansancio que siento al concluir un cálculo normal. Así que, de modo arbitrario, he decidido que me valgo del hemisferio derecho para calcular la suma del bolsillo derecho y del hemisferio izquierdo para la suma del bolsillo izquierdo. Me pregunto si no seré una de personas que conciben a su conveniencia los diversos fenómenos del mundo, las cosas y la existencia. No es porque posea un carácter acomodaticio -aunque reconozco que cierta tendencia al respecto sí la tengo, claro está-, sino porque múltiples ejemplos en este mundo me han demostrado que una aproximación ecléctica a las cosas nos acerca más a la comprensión de su esencia que una interpretación ortodoxa de las mismas. […]

En aquel instante llevaba en los bolsillos tres monedas de quinientos yenes, dieciocho de cien, siete de cincuenta y dieciséis de diez. Lo cual ascendía a un total de 3.810 yenes. Ese cálculo no requería esfuerzo alguno. Una operación aritmética de ese nivel es más sencilla que contar los dedos de la mano. Satisfecho, me recosté en la pared de acero y contemplé la puerta que tenía ante mis ojos. Seguía cerrada.
¿Por qué tardaba tanto en abrirse? No lograba entenderlo. Pensándolo con detenimiento, concluí que podía descartar la posibilidad de que estuviese averiado o de que el operario se hubiese distraído y olvidado de mí. Porque ambas carecían de verosimilitud. No es que no puedan producirse averías o distracciones, claro está. Muy al contrario, esos percances ocurren con frecuencia, estoy convencido. Lo que quiero decir es que, en esa realidad singular -me refiero, por supuesto, a ese estúpido y liso ascensor-, la falta de toda singularidad posiblemente deba ser eliminada de modo arbitrario como una paradójica singularidad. Alguien tan negligente como para descuidar el mantenimiento del ascensor, u olvidarse de efectuar las maniobras pertinentes una vez que un visitante montara en el mismo, ¿podría construir una máquina tan sofisticada y excéntrica como aquélla?
La respuesta, evidentemente, era "no".
[…]
Recostado en la pared, hundí las manos en los bolsillos y empecé a contar de nuevo la calderilla. Había 3.750 yenes.
¿3.750 yenes?
Algo no cuadraba.
Sin duda había cometido algún error.
Noté cómo las palmas de las manos se me humedecían de sudor. En los tres últimos años, nunca había fallado al contar la calderilla de los bolsillos. Jamás. Se viera como se viera, era una mala señal. Tenía que recuperar el terreno perdido antes de que el mal presagio se materializara en algún desastre.
Cerré los ojos y, como quien limpia los cristales de las gafas, dejé en blanco los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro. Después me saqué las manos de los bolsillos del pantalón, extendí las palmas, dejé que se secara el sudor. Llevé a cabo todos estos ritos preparatorios, similares a los de Henry Fonda antes de batirse en duelo en la película El hombre de las pistolas de oro. No es que tuvieran una gran importancia en sí mismos, pero es que a mí me gusta mucho esa película.
Tras comprobar que tenía las palmas de las manos completamente secas, volví a introducirlas en los bolsillos e inicié la operación por tercera vez. Sólo con que esta tercera suma coincidiera con una de las dos anteriores, el tema quedaría zanjado. Un error lo comete cualquiera. Me hallaba en una situación excepcional y estaba nervioso; también debía reconocer que había pecado de un exceso de confianza en mí mismo. Por eso había cometido un error de principiante. En todo caso -porque la salvación me llegaría por esa vía-, tenía que verificar la cifra correcta. Sin embargo, antes de que se me concediera la salvación, se abrieron las puertas del ascensor. Sin previo aviso y sin el menor ruido, ambas hojas se deslizaron suavemente hacia los lados.
Como la suma de la calderilla acaparaba toda mi atención, al principio no me di plena cuenta de que las puertas se abrían. O tal vez sería más exacto decir que, aunque vi que se abrían, de momento no alcancé a comprender su significado concreto. El hecho de que las puertas se hubieran abierto significaba que se habían acoplado de nuevo las dos porciones del tiempo a las que las puertas se habían sustraído, rompiendo la continuidad. Y, al mismo tiempo, quería decir que el ascensor había llegado a su destino.
Dejé de mover los dedos en los bolsillos para mirar al exterior. Más allá de la puerta había un pasillo y, en el pasillo, de pie, había una mujer. Una joven gorda con un traje chaqueta de color rosa y unos zapatos de tacón de color rosa. El traje era de buena hechura, de tela lisa y brillante. El rostro de la joven era tan liso como la tela. Tras lanzarme una mirada, supuestamente para verificar mi identidad, esbozó un gesto con la cabeza que parecía indicar: "Venga conmigo". Abandoné mis sumas, me saqué las manos de los bolsillos y salí del ascensor. En cuanto puse los pies fuera, las puertas, como si hubieran estado aguardando ese momento, se cerraron a mis espaldas.
En el pasillo, dirigí una mirada circular a mi alrededor, pero no hallé ni una sola pista que arrojara luz sobre la situación en la que me encontraba. Sólo saqué en claro que aquello era el pasillo del interior de un edificio, pero eso lo habría adivinado incluso un estudiante de primaria.
En todo caso, era el interior de un edificio con una falta de personalidad sorprendente. Los materiales empleados, al que igual que sucedía con el ascensor, eran de alta calidad, pero sin peculiaridad alguna. El suelo era de un mármol reluciente, pulido con esmero; las paredes, de un color blanco amarillento parecido al de los bollos que tomaba todas las mañanas para desayunar. A ambos lados del corredor se sucedían recias y pesadas puertas de madera, cada una con una placa de metal con un número, pero la numeración no poseía ninguna lógica. Al lado del "936" estaba el "1213"; a éste lo sucedía el "26". Jamás había visto un alineación tan disparatada. Allí había algo que no marchaba bien.
La joven apenas abrió la boca. Se dirigió a mí y me indicó: "Por aquí, por favor", pero se limitó a mover los labios, sin que emitir sonido alguno. Antes de dedicarme a ese trabajo, yo había asistido durante dos meses a un cursillo de lectura de labios, por eso entendí lo que me había dicho. Al principio creí que algo malo les ocurría a mis oídos. El ascensor no producía ruido, los carraspeos y silbidos no resonaban con normalidad: yo había acabado dudando de mi capacidad auditiva.
Probé a carraspear. El sonido del carraspeo era aún un poco sordo, pero mucho más normal que cuando había carraspeado en el ascensor. Suspiré de alivio y recobré cierta confianza en mis oídos. "¡Uf! No es que oiga mal. Mis oídos están bien. El problema está en su boca."
Caminé detrás de la joven. "¡Tac, tac, tac!" Los afilados tacones de sus zapatos resonaban por el pasillo desierto con un martilleo de cantera a primera hora de la tarde. Sus pantorrillas, enfundadas en medias, se reflejaban con nitidez en el mármol.
Estaba muy rolliza. Era joven y hermosa, pero estaba entrada en carnes. Era curioso que una muchacha guapa estuviera tan gorda. Mientras la seguía, no aparté los ojos de su cuello, de sus brazos, de sus piernas. Su cuerpo era tan rechoncho como un montón de silenciosa nieve caída a lo largo de la noche.
Siempre me siento algo turbado en presencia de una joven hermosa y gorda. Ni siquiera yo sé la razón. Tal vez sea porque aflora espontáneamente a mi mente la imagen de sus hábitos alimenticios. Al mirar a una mujer gorda, a mi cabeza acuden de manera automática escenas donde mordisquea los crujientes berros de guarnición que le quedan en el plato o rebaña con pan, con gesto glotón, hasta la última gota de crema de leche. No puedo evitarlo. Y cuando eso ocurre, la escena de la comida va ocupando toda mi mente, igual que un ácido corroe el metal, hasta impedirle efectuar cualquier otra función.
Si la mujer sólo está gorda, aún. Una mujer que sólo sea obesa es como una nube en el cielo. Se limita a permanecer allí, flotando, y me deja indiferente. Pero cuando la mujer es joven, hermosa y gorda, la cosa cambia. Me siento impelido a adoptar cierta actitud hacia ella. Vamos, que es posible que acabe acostándome con la chica. Y yo diría que ahí reside la causa de mi turbación. Porque no es fácil acostarse con una mujer cuando tu cabeza no funciona con normalidad. Eso no quiere decir que aborrezca a las gordas. Una cosa es turbarse y otra muy distinta aborrecer. Hasta el momento, me he acostado con algunas mujeres gordas, jóvenes y hermosas, y la experiencia, en términos generales, no ha sido mala. Bien conducida, la turbación puede dar unos hermosos frutos que de ordinario jamás se obtendrían. También puede salir mal, claro está. El acto sexual es algo muy delicado, una cosa muy distinta a acercarse un domingo a unos grandes almacenes a comprar un termo. Incluso entre mujeres jóvenes, hermosas y gordas por igual, existen diferencias en cuanto al tipo de obesidad, y a mí hay un tipo de grasas que me lleva por el buen camino y otro que me sume en una ligera confusión.
En este sentido, acostarme con una mujer obesa es, para mí, un desafío. Porque las maneras de engordar de las personas, al igual que las de morir, son innumerables.
Reflexioné sobre eso mientras recorría el pasillo detrás de aquella mujer joven, hermosa y gorda. Llevaba un pañuelo blanco alrededor del cuello de su elegante traje chaqueta de color rosa. En los lóbulos regordetes de las orejas lucía unos pendientes rectangulares de oro que despedían destellos, como señales luminosas, a cada paso que daba. En conjunto, para lo gorda que estaba, sus andares eran muy ágiles. Tal vez llevara una recia ropa interior que le marcara las líneas y la favoreciera, pero, aunque así fuera, el contoneo de sus caderas me atraía. Me gustó. Aquella gordura era de mi agrado.

15.9.09

¿Hay premio Círculo de Lectores?


Librería Círculo de Lectores, en Madrid.

Voy a admitirlo: estoy inscrito al Círculo de lectores, y no sabía que tenían un premio llamado con el mismo nombre. Quizá no lo sé desde que he perdido cierto interés en ellos desde que el grupo Planeta los adquirió. Ahora se ven solo libros de esoterismo, libros de niños hasta más no poder y libracos que no van a tener cabida en mi biblioteca. Sin embargo, hay unos autores que se salvan: por ejemplo, conseguí un kafka en la orilla, el libro de Murakami muy económico, tapa dura, con un buen prólogo de un inglés del cual no recuerdo su nombre, unos cuentos de Ishiguro que prometen, otros de poe, también tapa dura.... lamentablemente, se cuentan con los dedos de una sola mano. El caso es lo del premio...La info en el periódico ABC:
Aunque ya había hecho un par de esbozos narrativos, un buen día, Carla Montero Manglano (Madrid, 1973) se hizo eco de las palabras de Umberto, también Eco y valga la redundancia, acerca de lo que es un best-seller, «una especie de cóctel de acción, sexo, un poco de misterio y aventura. Y todo muy bien mezclado». Carla Montero, hasta entonces, no se había presentado ni a un concurso de la radio, pero se dijo, «si esta es la fórmula, vamos a probar». Con las lecciones de Conan Doyle, Agatha Christie y Wilkie Collins bien aprendidas, probó, vaya que si probó, y con tanto acierto que la novela que escribió, «Una dama en juego», ha obtenido el II Premio de Novela Círculo de Lectores, elegida por más de 3.700 socios del Círculo entre un total de 177 obras presentadas.
Licenciada en Derecho, diplomada en Administración de Empresas y madre de cuatro hijos, reconoce que saca tiempo para escribir «robándole horas al sueño por la noche, a la hora de la siesta», y se congratula del hecho de que el galardón lo otorguen los lectores: «Creo que es un jurado de un tipo muy diferente a los habituales y me resultó muy atractivo, y ha sido decisivo para que me presentara».
«Una dama en juego» está ambientada en la Europa inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial, tiene curiosísimos personajes secundarios (bueno, más bien son cameos) como la coca-cola y la aspirina, y, según su autora, no nace predestinada exclusivamente para el público femenino. «No, no es literatura femenina –explica Montero-. Femenina es la mano que la ha escrito y la protagonista, pero nada más». Carla Montero practica yoga («soy más adicta que experta»), y le apasionan también las culturas orientales, especialmente la hindú, muy presente en su obra. Incluso, una actriz hindú, la impactante y bellísima Freida Pinto, la actriz de «Slumdog millonaire», es el rostro con el que se imagina a Isabel de Alsasúa (la protagonista principal de la novela) si su narración fuera llevada al cine. «Que hicieran una película sobre mi libro sería la guinda a todo lo que estoy viviendo. De hecho, al escribir, casi veo y describo fotogramas». «Una dama en juego» parece albergar todos los ingredientes para ser un best-seller, uno de los títulos de la temporada, aunque aún no haya pasado (tiempo al tiempo) pasar la prueba del algodón del maestro Umberto Eco.