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28.12.09

Roncagliolo habla sobre Onetti


Onetti en su casa de Madrid.

Dice en Babelia Roncagliolo:
Conocí la obra de Juan Carlos Onetti a comienzos de la década de los noventa, atraído por las leyendas que circulaban sobre ese autor. Mis compañeros de la facultad de literatura contaban que Onetti era un ermitaño, que se negaba a dar conferencias, y que vivía tirado en una cama con una botella de whisky.

El perfil del personaje resultaba exótico en cualquier caso, pero era especialmente inesperado en un escritor del boom latinoamericano. La mayoría de sus colegas vivían en olor de multitud, actuando en ocasiones más como políticos que como artistas. Mario Vargas Llosa había postulado a la presidencia del Perú. Gabriel García Márquez se había reunido con Fidel Castro y con Bill Clinton. Cortázar había defendido la revolución nicaragüense. Carlos Fuentes era México. Y en cambio Onetti, el mayor de todos, vivía metido en una cama aferrado a una botella de whisky.

Después averigüé que Onetti sí había sufrido una persecución política, pero gris, absurda y casi cómica: lo habían detenido por formar parte del jurado en un concurso de cuentos.

El cuento ganador se regodeaba en escenas sexuales que resultaron ser una referencia apenas velada a la homosexualidad de un miembro de la junta militar en el gobierno. En castigo, el autor del cuento y los miembros del jurado fueron detenidos por ofensas contra la dignidad de las fuerzas armadas. Durante los interrogatorios, un oficial inquisidor le preguntó a Onetti:

-¿Y usted qué tendencia política tiene?

-Ninguna, respondió el narrador.

-¿Pero por quién votó?

-Por nadie.

-¿Pero por quién habría votado?

-Nunca he votado.

-¡Ah! ¡Un anarquista!

Más aburrido que asustado, Onetti respondió:

-Y... Ponele anarquista si querés. ¿Puedo fumar?

Semanas después -siempre según las leyendas-, el escritor tuvo que ser evacuado a un hospital psiquiátrico debido al síndrome de abstinencia que le produjeron la falta de alcohol y tranquilizantes. Ahí terminó su gesta más heroica.

Recientemente, revisé la obra de Onetti para un encuentro sobre su obra organizado por la Casa de América, la Secretaría General Iberoamericana y la Fundación San Benito de Alcántara. Mientras leía, comprendí que el episodio de esa detención habría podido ocurrirle a cualquiera de sus personajes: quizá a Juntacadáveres, cuyo sueño dorado era regentar un prostíbulo de medio pelo. O a los protagonistas de El Astillero,Tierra de Nadie, que fantasean con huir a una isla que ni siquiera existe. Ninguno de ellos se enfrenta a grandes peripecias épicas, como los personajes de La guerra del fin del mundo. Ninguno es importante para la historia latinoamericana como El general en su laberinto. Sólo son gente ruin enfrentada a la mediocridad de la vida, como la mayoría de nosotros. Las novelas de Onetti serían graciosas si no exhalasen del deprimente humor de la mediocridad. que fingen mantener vivo su negocio mientras venden la maquinaria como chatarra. Incluso a los de

A eso se debe que Onetti sea el menos conocido de los narradores del boom. Este último mohicano del existencialismo no sólo desdeñaba la política, también le asqueaban el éxito, la fama o el glamour y sentía una genuina repugnancia por todo lo que apestase a figuración pública. En consecuencia, no se enfrentaba a diabólicos dictadores ni a intrépidos guerrilleros. Tal vez porque habitaba en Uruguay -uno de los países más prósperos, pacíficos e igualitarios de la región- sabía que en una democracia ejemplar también se puede ser infeliz.

Pero también por eso, y de manera involuntaria, Onetti se ha convertido en el autor más actual del boom. Hasta los años ochenta, durante el auge de la Revolución Cubana, la utopía real-maravillosa capitaneado por Gabriel García Márquez pasó como una apisonadora sobre las novelas latinoamericanas, llenándolas de mujeres con rabos de cerdo que salían volando por las ventanas. Tras la caída del muro de Berlín, el realismo urbano y frecuentemente violento de la literatura latinoamericana estaba teñido de Mario Vargas Llosa, cuyos personajes defienden su libertad ante los tiranos.

Pero veinte años después, ni un extremo ni otro del espectro ideológico producen grandes pasiones. La Revolución Cubana no ha mejorado la vida de la gente, y tras dos décadas sin dictadores en el resto de la región, la cantidad de pobres es la misma que antes. Los latinoamericanos votan democráticamente por gobernantes autoritarios -Chávez, Uribe, el PRI-. Y el fenómeno no es exclusivo de América Latina. A lo largo de la última década, en nombre de la democracia se invaden países como Irak y se toleran dictaduras como las de Libia, Egipto y Kazajistán.

Esa atmósfera de desencanto se ha reflejado en la literatura latinoamericana y europea. Dos de sus autores más destacados de los últimos años, Bolaño y Houellebecq, pertenecen a la generación que vio caer los grandes sueños de Allende y Mayo del 68, y su amargura recuerda a Onetti. Los poetas asesinos del chileno y los funcionarios onanistas del francés, los exiliados suicidas del primero y los turistas sexuales del segundo, podrían aparecer en cualquier novela de un novelista uruguayo que murió sin conocerlos.

Onetti no parece haber influido en estos autores. No es él quien logró que su obra perdurase a través del tiempo. Por el contrario, es el tiempo el que se convirtió en lo que sus novelas narraban. A lo largo del siglo XX, el planeta se dividía en dos grandes verdades. En el siglo XXI sabemos, como sabía Onetti desde antes, que las dos eran mentira.

Sin duda, es admirable ser a la vez el miembro más antiguo y más moderno del club más selecto de la novela latinoamericana. Pero sobre todo, es notable haberlo hecho desde una cama, con la única arma de una botella de whisky.

23.11.09

Onetti, según Sábat


Onetti, según Sábat.

El caricaturista que llenó de humor el Carnaval de las Artes de Barranquilla del 2008, Hermeregildo Sábat, lanza 22 dibujos sobre el novelista uruguayo Juan Carlos Onetti. El nuevo libro de dibujos -o caricaturas o pinturas -de Hermelegildo Sábat, Pesimista Militante. Una interpretación gráfica de Juan Carlos Onetti, que se presentó ayer en Montevideo, en la Facultad de Artes de la Universidad de la República, será un tesoro para los lectores del gran escritor uruguayo (Premio Cervantes, 1980), a 100 años de su nacimiento.

¿Por qué un tesoro? Por dos motivos, uno obvio y otro no tanto. En primer lugar, los dibujos (veintidós caricaturas inéditas que retratan a Onetti desde su juventud bohemia montevideana hasta su exilio melancólico en Madrid, pocos años antes de morir) son de las clásicas pinceladas de Sábat, ya una leyenda del periodismo gráfico del Río de la Plata. Amigos de toda la vida, la mirada de Sábat es mucho más que documental. Es como un reencuentro sentimental con el escritor, que murió en 1994, en Madrid. La convivencia con los dibujos ofrece al lector la posibilidad de llegar a conocer un Onetti auténtico, como uno se imagina que lo percibían sus amigos: se ven sus gestos, sus miradas, sus hábitos -la lectura y el tabaco, por ejemplo-, su vestimenta y su melancolía.

¿Y el segundo motivo que hace que este delgado álbum sea indispensable para los onettianos? Cada dibujo esta acompañado por un breve texto que, como las caricaturas, resume el ser fundamental de Juan Carlos Onetti, tal vez mejor, incluso, que una extensa biografía autorizada. Un ejemplo: "Mientras ladraba en el hall de su departamento de Madrid, dirigía su estentórea voz hacía un oscuro espacio debajo de la mesa, y acusaba: "Están allí". Como nadie inquiría, redondeaba el chiste con dos palabras: "La CIA".

La presentación de Pesimista Militante fue en el marco de la inauguración de la exposición de las obras originales del libro.

En la ceremonia estuvieron presentes miembros de la Facultad de Artes, Rodrigo Arocena, rector de la Universidad de la República; Gustavo Lugones, rector de la Universidad Nacional de Quilmes; y Alejandro Archain, gerente general del Fondo de Cultura Económica (Argentina). La edición del libro fue compartida por las tres entidades.

La presentación del libro de "Menchi", como le dicen a Sábat sus amigos, estuvo a cargo de Lászlo Erdelyi, director del suplemento cultural del diario El País, de Uruguay, el escritor Enrique Estrázulas, y Omar Prego Gadea, especialista en la obra de Onetti y autor del prólogo de Pesimista Militante, en el que dice: "Sábat ha creado un nuevo género narrativo que encuentra su expresión en este libro-objeto. En este álbum. Y el personaje es Onetti. El pintor-escritor lo califica, lo bautiza interpretación gráfica. Veraz definición para este libro que nos captura, nos fascina, que no escapa, sino que exige el calificativo obra de arte."

25.9.09

Juan Gabriel Vásquez y Onetti


Juan Carlos Onetti.

Un artículo del gran crítico Edmundo Paz Soldán, donde nos habla de Onetti. Vásquez, como siempre, con gran elocuencia, comenta el centenario del escritor uruguayo:
La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a uno de los encuentros más originales de todos los que se han realizado este año para conmemorar el centenario de Juan Carlos Onetti. Un grupo de escritores, periodistas y críticos nos reunimos en el convento de San Benito, en Alcántara, una población extremeña a quince kilómetros de Portugal. ¿Onetti en el convento? Sí, se trataba de la sede de la fundación que auspiciaba el encuentro, pero no era motivo suficiente. El último día, sin embargo, conocimos la iglesia del convento, dejada a medias en el siglo XVI debido a que el rey requirió los servicios del arquitecto para la construcción del palacio de El Escorial, y entendimos que había algo de justicia poética en que estuviéramos allí celebrando al escritor uruguayo. Onetti era el gran escritor de los proyectos fallidos, y se hubiera sentido muy a gusto en ese convento majestuoso con una iglesia a medio hacer.

El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez habló de Onetti como un adelantado. Recordó un artículo de García Márquez, publicado en 1954, en el que señalaba que Joyce, Woolf y Faulkner eran los escritores necesarios para la renovación de la literatura latinoamericana; el artículo no mencionaba que ya en la década del treinta Onetti los había leído y procesado. La renovación estaba en marcha sin que Gabo lo supiera, y se había iniciado en 1939 con la publicación de El pozo, primera novela de Onetti. A esto, el escritor uruguayo Rafael Courtoisie, uno de los que más sabe sobre Onetti -tiene anécdotas para todas las ocasiones--, añadió otras influencias en la obra del inventor de Santa María: Arlt y Dos Passos. Esas primeras influencias están en las novelas fallidas de esta época -Tiempo de abrazar y Tierra de nadie--, pero Dos Passos desaparecerá pronto para dar paso a Faulkner. Arlt, en cambio, seguirá presente, y será clave para que Onetti desarrolle ese estilo que Vargas Llosa llama "crapuloso" (el narrador insulta a los personajes con frecuencia y provoca al lector mostrándole lo más deleznable de la condición humana).

La grandeza de un escritor se mide por su capacidad de permitir lecturas disímiles de su obra. Los dos días en el convento mostraron que hoy son muchos los Onetti que interesan. El peruano Santiago Roncagliolo prefiere al escritor apolítico y antiépico, autor de textos intimistas y perversos como Los adioses; ese Onetti está presente hoy en películas como Whisky y La ciénaga. El chileno Carlos Franz articula una lectura político-económica y se queda con el Onetti de El astillero y Juntacadáveres, el de los fracasados sueños de progreso ("toda Latinoamérica como un gigantesco astillero astillado, en ruinas... La empresa de la modernidad la corrompemos o bien nos viene ya corrupta-como el prostíbulo de Juntacadáveres", ha escrito Franz en un brillante artículo sobre Santa María). Yo estuve alguna vez con el Onetti existencialista y nihilista de "Bienvenido, Bob" y "El infierno tan temido", y ahora me deslumbro con un autor tan contemporáneo que en 1950, con La vida breve, se anticipaba a todos esos escritores posmo que décadas después inventarían ficciones muy conscientes de ser ficciones (el publicista Brausen inventa en su cabeza la ciudad de Santa María y luego se va a vivir allí).

Courtuoisie recordó al autor mítico de las mil anécdotas; el que alguna vez, luego de leer un relato de Cortázar ("El perseguidor"), entró al baño del piso en el que vivía y rompió un espejo de un puñetazo; a Onetti le hubiera gustado escribir ese texto. Juan Cruz y Roncagliolo coincidieron: estar en Montevideo es como visitar una versión fantasmal de Santa María. Como en un cuento de Borges, las ficciones de Onetti se van imponiendo sobre la realidad, e incluso un convento español perdido en la frontera con Portugal nos remite a sus páginas.

1.7.09

Cien años de Onetti


Juan Carlos Onetti.

El Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (MEC) presentará este miércoles un sello conmemorativo en un acto donde no faltará el tango ni la reflexión literaria, en tanto que lanzó un concurso de historietas basadas en la obra de Onetti. La Casa de los Escritores del Uruguay realizará lecturas de textos del autor, fallecido en 1994 en Madrid; y Cinemateca Uruguaya lanzó un ciclo de películas, documentales y entrevistas. La Intendencia de Montevideo, el Centro Cultural de España y la Biblioteca Nacional realizan una serie de 14 conferencias, como "intentos de ingresar al mundo del maestro de la literatura urbana", según el anuncio del ciclo.

Juan Carlos Onetti (1904-1994) fue considerado un "maestro" por la Generación del '45', un creativo movimiento literario que entre otros integraron Mario Benedetti, Mario Arregui, Idea Vilariño, Carlos Martínez Moreno, Ángel Rama, Carlos Real de Azúa y Armonía Sommers. A Onetti lo rodeaba una leyenda negra de "bebedor", "mujeriego" y "ogro" de la que él renegaba: "La leyenda, en lo fundamental: calumnias. Ignorancia, desconocimento de los hechos. Yo sigo viviendo y la leyenda crece", le dijo a María Esther Gilio, en una entrevista publicada en 1965. Gilio, periodista amiga de Onetti, señaló a la agencia AFP que era "la persona más veraz que conocí. Tenía esa sinceridad total, que en algún sentido es muy positiva, pero que también puede ser muy hiriente".

"Yo lo conocí a los 17 años y medio me enamoré de él. Pero era sumamente respetuoso de la pureza adolescente, de la ilusión, de la ingenuidad adolescente. Él trataba de apreciar esa belleza" sin mancillarla, relató. "Eso era justamente lo que lo atraía. Él decía que si se acostaba con una adolescente, al otro día se levantaba con una mujer", dijo Gilio, a quien Onetti le hablaba de estas cosas y le decía: "vos estás acá para creerme, ¿no?". Lo más sobresaliente de Onetti como escritor era cómo llegaba "a la profundidad del ser humano, su falta de prejuicio, su capacidad para transmitir más allá de lo que se ve", estimó Gilio. acido en una familia de clase media modesta, Onetti fue desde chico un ávido lector que abandonó la secundaria y pasó por diversos empleos: mozo, portero, vendedor de entradas del Estadio Centenario, periodista. "El periodismo es de las profesiones más soportables que conozco", decía Onetti, que trabajó en varios medios uruguayos y argentinos, así como en la agencia Reuters. La aparición en 1939 de su breve novela El pozo puso de relieve el sombrío escepticismo urbano que sería piedra angular de su obra.

Con La vida breve (1950), Onetti inició la saga de Santa María, esa ciudad inventada, gris y depresiva, a la que también pertenecen El astillero (1961), Juntacadáveres (1965), Dejemos hablar al viento (1979) y Cuando ya no importe (1993). Onetti se exilió en España en 1975, tras haber sido encarcelado en 1974 durante la dictadura (1973-1985) por su participación, como jurado, en un concurso literario en el que fue premiada y publicada una obra de Nelson Marra, que tenía elementos de sexo explícito.