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13.2.11

Sobre los Premios UIS de cuento


Andrés Mauricio Muñoz.


Tres de mis amigos han conseguido el premio: Paul Brito hace tres años, Carlos Polo en el 2010, y ahora debo felicitar al dedicado narrador Andrés Mauricio Muñoz, el último ganador. Sin mencionar al querido Guillermo Bustamante, quien también mereció el premio hace algunos años. En cuanto a Mauricio (ingeniero electrónico como este blogger), debo decir que es un gran tipo, un hombre cuya sonrisa casi permanente refleja sus dos más grandes pasiones: la literatura y su familia. Un abrazo para tí Andrés, ya que, incluso viviendo en la misma ciudad, me ha sido imposible visitarte. Pronto vendrán mejores momentos. por ahora, les dejo el comienzo de este cuento que publicara la revista Número, hace algunas semanas:

EL HIJO DE BARACK OBAMA

I
No es de apellido Obama; su apellido es Balanta, un poco más sonoro aún. Ramiro Balanta, ese es su nombre. No conoce Estados Unidos; es más, siendo un poco rigurosos, se podría afirmar que no conoce su departamento, ni mucho menos Colombia. Aparte de Acandí, su pueblo natal, y algunos otros como Carmen del Atrato y San José del Palmar, en el Chocó, en cierta ocasión viajó a Cali a acompañar a un tío que lo quiso alquilar por unos días para pedir limosna. Es un negro atractivo aunque no fuerte, pese a que su complexión física es bastante atlética. Parece vivir alegre. Tiene sólo dos amigos y ninguna amiga, pues no es muy dado a las mujeres; tal vez por ello, pese a la sangre díscola que corre por sus venas, perdió su virginidad casi a los veinte. Nació hace veintiocho años, como consecuencia de los devaneos amorosos de su padre por Colombia.

II
En 1980, poco después de recibirse de bachiller en Punahou School en Honolulú, Barack Obama viajó con su abuela paterna hacia Colombia. La matrona quería disfrutar de las muy comentadas Fiestas Patronales Virgen de la Pobreza en Tadó. La negra se había soñado, varias veces, en medio de la verbena popular, amacizada sanamente por negros y mulatos de la más lisa condición. Su cuerpo exaltado y el movimiento frenético de sus caderas sobre las comparsas en muchas ocasiones la despertaron sudando. Habiéndose graduado su pequeño Barack, y más aún, sabiéndolo virgen, decidió no dilatar más el asunto y empacar maletas. Su nieto, a pesar de su edad, aún no conocía mujer; ella lo sabía, y una abuela nunca se equivoca. Allá el muchacho, sin duda, a punta de hablarles en inglés a quienes a duras penas se expresaban en un precario castellano, podría evocar, en cierta forma, la destreza que ostentó su abuelo en el amor y que él poco o nada evidenciaba.

Cuando llegaron, Sarah, apretando la mano de su nieto, como si fuera un mocoso aún que en cualquier momento echaría a correr, lucía desconcertada. El joven Barack caminaba a su lado; sin embargo, a diferencia de ella, que movía la cabeza para todos lados, él sólo la miraba. Sarah hacía una especie de venia a quienes se cruzaban a su paso. La mayoría ni se percataba; otros, en correspondencia, le levantaban la ceja sin siquiera preguntarse quién sería. No era el hecho de que a sus ojos se presentaran tierras y gentes desconocidas lo que la impactaba; lo cierto es que en esa obstinación por cubrir con su mirada todos los rincones e indagar por todo lado había, más que todo, el reflorecimiento de un arraigo que creía perdido. Ese paneo que hacía con la cabeza la convencía cada vez más de que no estaba conociendo sino reconociendo un pedazo del planeta que, aunque ajeno, lo sentía propio. Barack, entre tanto, pues ya había dejado de estudiar los movimientos de su abuela, había empezado a percatarse de que esas negras, aunque parecidas, tenían una especie de estigma que las distinguía: mucho trasero. Todas tenían mucho culo; un culo redondo que sabían contonear muy bien a lado y lado. Pensó entonces que, siendo sensatos, y en honor de la justicia, ninguna de ellas tenía nada que envidiar a las desparpajadas e insípidas monas de su universidad que poco o nada de atención le dispensaban. Sarah, entre tanto, seguía concentrada en las personas con que se cruzaba, en la estridencia de los gritos con que se llamaban los unos a los otros, en la música que por todos lados se escuchaba. Mientras observaba a una negra, grande y gorda como ella, sentada con las piernas abiertas sobre un pequeño banco y entregada a la tarea de pelar una extraña fruta, Sarah entendió que éstos no eran negros como los que ella conocía. Los suyos eran negros por disposición genética, por arraigo a sus ancestros; éstos, en cambio, lo eran por convicción. Eran negros felices y graciosos. Un mundo nuevo para ella. Contempló entonces con fascinación a la matrona que exhibía su pericia en el pelado de la fruta.

21.11.10

Sobre Gómez Jattin


Raúl.


Paul Brito hace una semblanza sobre la obra de Gómez Jattín, que tanto ha influenciado a nuestra generación (debo decir que a mí no). Aparece en El heraldo del día de hoy. Aquí la cuelgo completa:

Aunque el poeta colombiano Raúl Gómez Jattin completó su proceso de autodestrucción: drogadicto, loco, mendigo y finalmente muerto trágicamente bajo las llantas de un autobús en Cartagena de Indias el 22 de mayo de 1997, su poesía siguió un proceso más elevado y sutil. “Mi poesía es metafísica”, decía él mismo. Su voz lírica podía descender a los niveles más ordinarios y conservar su equilibrio, su lucidez y su belleza.

La célebre procacidad de sus poemas estaba ya tan asimilada a su estética y a su metafísica que era otra forma de pensar la realidad: “La cocinera hace de todo Se levanta la falda/ y lo trepa a uno a su pubis Te pone las manos/ en las nalgas y te culea en esa ciénaga insondable/ de su torpe lujuria de ancha boca”.

Creía en un Ser único e indivisible repartido en todos los seres del mundo, al igual que Borges, Schopenhauer y la filosofía hindú. Esa convicción, más que pensarla o creerla, la sentía profundamente, de ahí que su individualidad le doliera tanto, como un desgarramiento permanente.

También se reflejaba en la pansexualidad que pregonaba y ejercía a fondo, en los diálogos telepáticos con otros escritores como Cavafis o como Platón, o en poemas como este, que vendía por mil pesos a estudiantes de la Escuela de Bellas Artes en Cartagena:

Estamos condenados
a amar un ser imaginario
que se asoma a través
de los ojos
de quienes lo anteceden
hasta mostrarse
él plenamente
y ya para siempre
en el Paraíso.

Necesitaba extender su sensibilidad a un ser único, volcarla en una sola llaga, como un electrón loco volviendo a su núcleo atómico, y lo intentaba con una “fuerza de tormenta amorosa y dolida”, como dijo refiriéndose a Juan Manuel Serrat. El camino que encontró muchas veces fue la pasión por su pasado y por la infancia. En el remoto pasado intuía no sólo el Origen sino el Final, el Paraíso perdido, desde allí lo miraban los primeros ojos en una mirada que lo abarca todo. “Hoy te digo que creo en el pasado/ como punto de llegada”, afirmó en un poema que se titula ‘El Leopardo’.

El pasado no era para Raúl un punto de salida, sino un regreso absoluto. “Sueños de un día trepando los peldaños de la eternidad”, dice en el mismo poema.

Su poesía fue una búsqueda constante de ternura y pureza, de ese tiempo en que todos éramos buenos. Sin embargo, sabía dolorosamente que no había otro camino de regreso que desandar el monte crecido de la indolencia y la maldad.

De modo que siempre estaba reviviendo en sus poemas ese pasado remoto y restregándoselo a los demás, y volviendo a ser un niño travieso cada vez que podía. En este poema le dice a una vecina de buena familia:

Lo más probable es que seas como los otros
Ignorante y mentirosa
No aquella que pobló mi infancia
No aquella de luciérnagas en los ojos
Querida
Cómo estás de cambiada
Lo más natural es que seas como ellos
Indolente y malvada
Lo más natural
No el endeble pájaro del verano
No las margaritas del jardín.

Esa naturaleza degradante del tiempo la contrapone Gómez Jattin a la naturaleza misma, una naturaleza sin tiempo que se respira en su Amanecer en el valle del Sinú, y que nosotros vamos manchando con adjetivos y distorsionando con el tiempo: “La parranda verraca es la del sol con la vida”, afirmaba en un poema. Y en otro que se titula ‘Poeta Urbano’ nos insta a ir al encuentro de esa “naturaleza, a contemplarla, a defenderla”; en otros finalmente a penetrarla, a unirnos a ella con “todo ese sexo limpio y puro como el amor/ entre el mundo y sí mismo”. La dirección del sexo es hacia dentro, la del tiempo es hacia afuera.

La maldad total es el final del camino, pero por lo menos esa condición pérfida y degradante del tiempo (representada muchas veces en aquella abuela monstruosa de su infancia: “A esa mujer malvada/ que me esquilmaba el pan/ a ese monstruo mitológico/ con un vientre crecido/ como una calabaza gigante/ yo la odié en mi infancia”) es una esperanza, una posibilidad de regresión, un camino de vuelta hacia dentro.

No desechaba entonces los escombros del presente, su miseria, y se revolcaba en ellos buscando la punta del hilo para salir del laberinto, aunque esa punta tuviera una filosa aguja.

No le importaba entonces enamorarse “de un amor malvado/ pero hermoso como un lucero en la noche de la muerte” o enfrentarse al “espejo oscuro de la vida, ese alcahuete, ese generoso prostituto que le regalaba una maldad”.

Aquel dolor metafísico que supuran sus poemas (en su esfuerzo por remontar la maldad y la indolencia, la ignorancia y la mentira acumuladas con el tiempo) eran su forma de autoconocimiento.

La amistad y el amor, por su parte, eran grandes saltos dentro de esa ruta ardua y minuciosa para volver a ser un Uno solo con Todos, y no solamente con sus congéneres, también con el gallo, la burrita, la paloma, la chiva o cualquier otro ser donde se agitara la vida, incluso el asesino o el parricida, al que le canta en un poema.

Los cuchillos de la poesía y la misma locura, donde condensaba todo ese dolor metafísico, eran el salto final hacia lo realmente esencial, un parto doloroso que podía regresarlo a la vida. A la vida verdadera.

Como advertencia sobre su propia condición, nos dejó esta sabia recomendación: “Antes de devorarle su entraña pensativa/ Antes de ofenderlo de gesto y palabra/ Antes de derribarlo/ Valorad al loco/ Su indiscutible propensión a la poesía/ Su árbol que le crece por la boca/ con raíces enredadas en el cielo./ El nos representa ante el mundo/ con su sensibilidad dolorosa como un parto”.

18.10.10

El Ideal de Aquiles


El escritor barranquillero.

En el más reciente volúmen de la revista Número, la 66, se publica una reseña de este blogger sobre el libro de Paul Brito, el Ideal de Aquiles. Les aquí la reseña:

Es célebre aquella aporía de Zenón, en que, en una carrera pactada entre Aquiles y la tortuga, el héroe, más veloz que su adversaria, le ofrece cierta ventaja. Aquiles recorre en poco tiempo la distancia, pero al llegar allí la tortuga se ha desplazado un tanto. De nuevo, y confiado en sus pies ligeros, avanza hasta donde se encuentra la tortuga, y ésta, en un acto de osadía, progresa unos metros más. No importa cuánto corra Aquiles, él nunca atrapará a la tortuga. En el más reciente libro del joven barranquillero Paul Brito, El ideal de Aquiles, la paradoja de Zenón de Elea se devela lúcidamente en 101 minicuentos para alcanzar a la tortuga. Con el cuidado del sello independiente Hadríaticus Editores, Brito despliega en una prosa limpia y sin ataduras la desolación del héroe ante la imposibilidad de vencer a su contendiente. Busca la esencia de lo concreto ante la idealidad que lo fustiga, es decir, su condición humana. Esta desolación, sin duda, es el desamparo de todos los hombres. Lo demuestra así el relato titulado «Las piedras de regreso», en el que «Aquiles va dejando piedras para no perder el camino de regreso. Cada una es la pieza de un rompecabezas que lo devolverá al pasado. Pero se da cuenta de que la carrera se está tornando infinita y que si algún día regresa, encontrará solamente ruinas, es decir, la suma dispersa de todas esas piedras». O este otro que ha titulado «Evolución»: «Aquiles se volvió hombre cuando dejó de ser un espécimen errante, es decir, cuando construyó su propia casa y fundó el primer pueblo. La tortuga, como lleva su casa a cuestas, nunca ha tenido que detenerse en su lenta pero efectiva evolución». Pero si Aquiles es la representación del ideal, la imagen del mundo estructurado y definido tal como lo conocemos, la tortuga es, en los relatos de Brito, una especie de semidiosa que personifica la corporeidad de lo real. Cuentos como «La voluntad de la tortuga», «Cuestión óptica» o «Plusvalía» nos señalan tal idea. Sin embargo, Brito, en otros relatos, se aleja de aquella percepción de voluntad instintiva en la tortuga, y acaso de Aquiles, para innovarlos de diversas formas. Algunas veces es el reptil el que persigue al héroe; en otras, el guerrero aqueo seduce y enamora al quelónido; en no pocas ocasiones, es Zenón quien ironiza a los dos competidores en una búsqueda infructuosa de adhesión entre el idealismo del uno y la realidad del otro. En los relatos finales, se entrevé el afán de Aquiles por ser él mismo y la tortuga al mismo tiempo. La continuidad de su existencia, que es su verdadero objetivo, en una peculiar forma de moverse a lo largo y ancho de aquella carrera exigida. En El ideal de Aquiles, Paul Brito se inspecciona desde adentro, retoma la idea de la complejidad humana, el papel entre lo especulativo y lo verdadero, tal como ocurre en el libro ganador del Premio Nacional de Cuento de la UIS, llamado «Los intrusos», pero con una enorme diferencia: lo hace en 101 minicuentos para alcanzarse a sí mismo. Son 101 maneras de contemplar el mundo; 101 métodos de desarmarlo y volverlo a armar. Como se quiera, el barranquillero consigue, en El ideal de Aquiles, 101 universos transformadores, libertarios, complejos y apasionados.

13.10.10

Eventos


El ideal de Aquiles se presenta hoy en la librería Luvina, 6 p.m.


Hay varios encuentros interesantes hoy miércoles en Bogotá. Por un lado, comienza el Congreso Internacional de minificción, en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Otro encuentro: En el Fondo de Cultura Económica, en el centro de la ciudad, se hará una lectura recordando al gran poeta venezolano Eugenio Montejo, celebrando el libro que publicó la Universidad Externado en su Colección "Un libro por centavos", 6 de la tarde. Uno más: Segundo encuentro en el marco del Festival "Ojo en la tinta". Café Luziérnaga, 6 p.m. Por último, y al que asistiré: Presentación de libros del argentino Brasca y de Paul Brito con El ideal de Aquiles, entre otros.

Que no se diga que la literatura no está viva en la capital colombiana...

11.10.10

Letras Capitales


Logo del evento.


Tres eventos se presentan en Bogotá por estas fechas: el primero es el II Festival Ojo en la tinta, del que ya comenté la semana anterior; el segundo es el Congreso de Minificción, con invitados internacionales, cuya sede es la Biblioteca Luis Angel Arango; el tercero, y el que comentaré en este post, es el I Festival Letras Capitales. Convocado por la Revista Fahrenheit 451 (de la cual creí había caido en la absoluta desaparición), con el apoyo de la FGAA. Muchos amigos invitados, entre los que se encuentran Guillermo Bustamante Zamudio, Carlos Castillo, Paul Brito, Gonzalo Márques Cristo, Mauricio Contreras, Nathaly Díaz, Iván Beltrán, entre otros. Aquí les dejo la programación:


Sábado 9 de octubre
Proyección del documental "Sin Trampa al ojo" de Sergio Trujillo/ Presentación del Poster del Festival. Conferencia: "Colombia mexicanizada/México Colombianizado"
Ángel Loockhart, Carlos Barriga y Fabio Jurado Valencia
Biblioteca Virgilio Barco (Avenida Cra. 60 No. 57-60)
6-8 pm
Encuentro de Mini Ficción
Raúl Brasca (Argentina), Ana María Shua (Argentina), Diego Muñoz Valenzuela (Chile), Guillermo Bustamante, Carlos Castillo. Sergio Gama (moderador)
Biblioteca Local de Suba Francisco José de Caldas (Carrera 92 No. 146C-24)
3-5 pm
Bogotá desde su poesía/ Vespertina en Gimnasio Moderno
Federico Díaz Granados, Juan Gustavo Cobo Borda, Juan Carlos Bayona y Juan Felipe Robledo. María Angélica Pumarejo (moderadora).
Biblioteca de los Fundadores, Gimnasio Moderno (Carrera 9 #74-99)
6-8 pm
Encuentro con Escritor Colombiano
Alfredo Molano. Javier Osuna (moderador)
Biblioteca Local de Usaquén Servitá (Calle 165 No. 7 – 52)
3-5 pm
Taller para niños, "Homenaje a Jairo Anibal Niño"
Fundación Rafaél Pombo
Biblioteca Pública Rafael Uribe Uribe (Carrera 15C No. 31G-40 Sur)
3-5 pm
Conversatorio: "Debate sobre la Narco Novela"
Gustavo Bolívar, Iván Beltrán Javier Osuna (moderador)
Biblioteca Pública Carlos E. Restrepo (Dg. 19 sur # 19-33 p. 2 y 3)
3-5 pm
Encuentro con escritor colombiano
Gonzalo Mallarino Flórez
Biblioteca Pública La Giralda (Carrera 104B No. 22J - 15 )
2-4 pm
PRIMER FESTIVAL DE LITERATURA DE BOGOTÁ "LETRAS CAPITALES"
Sábado 16 de octubre
Sábado 23 de octubre
Taller para niños, "Oscar Wilde"
Fundación Rafaél Pombo
Biblioteca Pública Las Ferias (Carrera 69J No. 73-29 )
9-11 am
Conferencia: “Poesía y Traducción”
Nathalie Handal (Palestina) y Germán Villamizar
Universidad Nacional. Salón Oval.
5-6 pm
Viernes de Poesía con Nathalie Handal (Pal)
Nathalie Handal (Palestina) y Fabio Jurado
Universidad Nacional. Salon Oval
6-7 pm
Día de brujas: "Recital de Mujeres Poetas"
Nathalie Handal (Palestina), Amparo Osorio, Luz Helena Cordero
Centro Cultural y Biblioteca Pública Julio Mario Santo Domingo (Avenida calle 170 No. 67-51)
5-7 pm
Taller para niños, "Edgar Allan Poe"
Fundación Rafaél Pombo
Biblioteca Pública Puente Aranda Néstor Forero Alcalá (Calle 8º. Sur No 38-90)
3-5 pm
Taller para niños, "Edgar Allan Poe"
Fundación Rafaél Pombo
Biblioteca Pública Ricaurte Alberto Gutierrez Botero (Calle 9 # 28A-43)
9-11 am
Homenaje a Miguel Hernández/ Vespertina en el Gimnasio Moderno
Colectivo artístico "Por ahora"
Biblioteca de los Fundadores, Gimnasio Moderno (Carrera 9 #74-99)
6-8 pm
Recital de Poesía
Enrique Rodríguez Pérez, Germán Villamizar y Federico Díaz Granados
Biblioteca Pública La Victoria (Diagonal 37 Sur No. 2-00 Este)
3-5 pm
Bogotá desde su narrativa/ Vespertina en Gimnasio Moderno
Gonzalo Mallarino Flórez, Nahum Montt, Margarita Posada. Alejandra Jaramillo (moderadora)
Biblioteca de los Fundadores, Gimnasio Moderno (Carrera 9 #74-99)
6-8 pm
Encuentro con escritor colombiano
Gustavo Adolfo Garcés
Biblioteca Pública de Perdomo Soledad Lamprea (Dg. 62G Sur No. 72B - 51 Piso 2)
2-4 pm
Taller para niños, "Homenaje a Aurelio Arturo"
Fundación Rafaél Pombo
Biblioteca Pública La Peña (Carrera 7 Este No. 5-57 )
9-11 am
Sábado 23 de octubre
Sábado 30 de octubre
Sábado 6 de noviembre
Viernes 29 de octubre
Viernes 12 de noviembre
Conferencia: “Cine y Literatura"
Víctor Gaviria
Biblioteca Pública el Tintal (Av. Ciudad de Cali No 6C-09)
6-8 pm
Taller para niños, "José Asunción Silva"
Fundación Rafaél Pombo
Biblioteca Pública de Venecia Pablo de Tarso (Diagonal 47A No. 53 - 92 Sur)
3-5 pm
Encuentro con escritor colombiano
Federico Díaz Granados
Biblioteca Pública de Bosa (Carrera 80i No. 61-05 Sur)
2-4 pm
Viernes 19 de noviembre
Recital de Poesía
Hernando Guerra, Germán Villamizar, Aldemar González y Jairo López.
Universidad Pedagógica, Centro Cultural
4-6 pm
Recital de artistas con discapacidad cognitiva: "El Despertar"/ Vespertina en Gimnasio Moderno
Fundación Fahrenheit 451, British Council.
Biblioteca de los Fundadores, Gimnasio Moderno (Carrera 9 #74-99)
6-8 pm
Recital de poetas jóvenes
Zayrho de San Vicente, Guillermo Palencia, Nathaly Díaz y Larry Mejía
Biblioteca Pública Lago Timiza (Carrera 74 No. 42G-52 Sur)
3-5 pm
Recital de Poesía
Aldemar González, Mauricio Contreras, Lilia Gutiérrez.
Biblioteca Pública La Marichuela (Diagonal 76B No. 1C - 40 Sur )
2-4 pm
Encuentro con escritor colombiano
Roberto Burgos
Biblioteca Pública Arborizadora Alta (Calle 70 Sur No. 34-05 )
2-4 pm
Viernes 26 de noviembre
Conversatorio "Política y Poesía"
Breyten Breytenbach (Sudáfrica)
Universidad Nacional. Salón Oval.
4-6 pm
Sábado 27 de noviembre
Recital de Clausura
Breyten Breytenbach (Sudáfrica), Gonzalo Márquez Cristo, Fernando Linero
Biblioteca Virgilio Barco (Avenida Cra. 60 No. 57-60)
6-8 pm
Recital de Poesía
Universidad Distrital
11-12 am
Sábado 13 de noviembre
Sábado 20 de noviembre
Yuichi Mashimo (Japón), Germán Villamizar, Gonzalo Márquez Cristo, Gustavo Adolfo Garcés

12.8.10

El ideal de Aquiles




Mientras en Bogotá hay fiesta de libro, por Barranquilla no escampa. Mañana será el lanzamiento del esperado libro El ideal de Aquiles, de Paul Brito, en La Cueva. (Un abrazo, viejo). Hice una reseña de esta maravillosa obra, pero estoy a la espera de que sea publicada. Más adelante la postearé en Tierraliteraria. Por el momento, les dejo la que publicaría el periódico El Heraldo, por Víctor Menco:

¿Quiénes recuerdan al Coyote y el Correcaminos? Para los que no están al tanto, esta serie animada es una versión contemporánea de la famosa paradoja del filósofo Zenón de Elea, según la cual Aquiles, el de los pies ligeros, compite con una tortuga para ver quién llega primero a la meta.

Como el guerrero griego se supone más veloz, le da a la tortuga una ventaja de cien metros, distancia que recupera en poco tiempo. Pero al llegar a este punto, la tortuga ha avanzado un metro. Cuando el guerrero recorre ese metro, la tortuga ya ha adelantado un centímetro. Aquiles corre ese centímetro y la tortuga le aventaja un diezmilímetro; así hasta la infinidad milimétrica, en la que Aquiles nunca alcanzará a la tortuga.

El escritor colombiano Paul Brito (Barranquilla, 1975) vuelve a este mismo arquetipo con un libro fascinante: El ideal de Aquiles, que consta de 101 minicuentos para alcanzar a la tortuga, como reza el subtítulo.

Lo particular de este libro es que, lejos de ser una lectura para niños, propone una recreación intelectual bastante saludable. Aunque los lectores sospechamos, con el trascurrir de las páginas, que Aquiles nunca alcanzará a la tortuga, Brito logra atraparnos con una serie de situaciones fantásticas que, a través del lenguaje, se nos presentan no sólo verosímiles, sino muy nuestras. Nos desnuda el alma de 101 maneras, todas distintas, pero que en esencia contienen esta paradoja.

Nos hace ver, con un plausible ingenio, que la famosa aporía de Zenón está mucho más presente en la vida ‘real’ de lo que pensamos, tan presente que toca nuestros sentimientos más profundos, principalmente los relacionados con nuestros anhelos y frustraciones.

Dar tantas versiones de una misma historia sin perder la atención de un lector exigente es un reto al que muy pocos escritores se le miden. Pero a nadie, después de leer este libro, le quedará duda de que ha sido una buena inversión detenerse a examinar el movimiento (para usar términos ‘paradójicos’).
Encontramos en él cierto lenguaje elaborado y –en el fondo de las historias– conceptos matemáticos y filosóficos entretenidos, apenas lo necesario para volver a ser niños sin tener que abandonar la carrera que implica ser adultos.

18.2.10

Esmir Garcés y Carlos Polo, ganadores de los premios UIS


Carlos Polo Tovar.

Esmir Garcés Quiacha.

Esmir Garcés Quiacha, quien dirige la revista Hojas sueltas, ha sido el flamante ganador del Concurso UIS de poesía. A Esmir Garcés me lo presentó hace poco Gonzalo Márquez Cristo. Un hombre sencillo, jovial, con una risa constante que llega a impregnar a todo el que conoce. No hay duda que, cómo dice Thays de Neuman, es un gran tipo.

A Carlos Polo lo conocí en Barranquilla, en la charla que dí en la Biblioteca de La Aduana. A él me lo presentó Paul Brito. Un tipo serio, bakano como dicen los barranquilleros. Hablamos un rato, leí algo de su poesía - vaya, otro poeta - y me pareció genial. Algo lacónico en sus respuestas. No es fácil sacarle las palabras, pero sin duda, un escritor genial. Polo ha ganado en la categoría de Cuento.

¿Los premios? Nada mal: $ 5.000.000 y la publicación de las obras, en un tiraje de mil ejemplares. Aquí la nota que publican en la Universidad Industrial de Santander:

Carlos Alberto Polo Tovar, nació en Barranquilla. Ha publicado narrativa y poemas en libros como Polifonía de colores, Testamento de la barriada, asi como artículos en El Heraldo y las revistas Flota la prosa, Puesto de combate, Huellas y en ediciones de Uninorte y de la Universidad del Magdalena. Recientemente publicó su primera novela “La suerte del perdedor”. En 2003 gano el VII Concurso de guiones y libretos, de la Universidad Autónoma del Caribe. De manera unánime, el Jurado de la quinta versión del Concurso Nacional de Libro de Cuentos UIS, integrado por los escritores Julio Alberto Paredes, Cristian Valencia y Roberto Rubiano, concedió el premio a la obra, que según el Jurado “ofrece una mirada irónica y arriesgada sobre el entorno militar a partir de una experiencia particular. El libro tiene un sostenido interés en todos los cuentos y una propuesta temática que se preocupa por las circunstancias de nuestro tiempo”.
Por su parte, el escritor huilense Esmir Garcés Quiacha, es Comunicador Social, Periodista Cultural y Editor, director de la revista de poesía Hojas sueltas de literatura. El Jurado del Concurso de Poesía, Ramón Cote Baraibar, Fernando Herrera y Juan Manuel Roca, destaco “que la obra sostiene una unidad temática y una misma atmósfera, que sin embargo no limita una amplia gama de registros. La obra revela un mundo sugestivo e inquietante, de gran imaginación y dominio del idioma”. En el acta, el Jurado añade que “la obra es una producción notable en la reciente producción poética del país, con una musicalidad que le da un tono intimista a un mundo poblado de presencias oníricas y de sobresaltos nocturnos”.
El jueves 4 de marzo, Dirección Cultural, llevará a cabo la ceremonia de premiación, a las 4 de la tarde en el salón Hormiga de la Sede UIS Bucarica.

14.7.09

Querellas en el viento


Paul Brito.

Con el permiso que deberá, quizá, concederme la amistad, reproduzco aquí un excelente texto de mi compa Paul Brito, que aparece en el más reciente número de El Malpensante, acerca de lo que representa el viento, ese ser que va desmenuzando todo a su paso...

Hay unos adolescentes apostados en una esquina de una calle de Barranquilla esperando que la brisa le alce la falda a alguna mujer desprevenida. El viento levanta ráfagas de arena y los transeúntes caminan con la cara ladeada y los ojos achinados. Un calvo se agarra los tres pelos que hace un momento lamían su cráneo; trata de pegárselos de nuevo, pero la brisa burlona no se lo permite. Un muchacho corre detrás de unos papeles mientras sus amigos se ríen de él. Él también se ríe, pero de una forma triste y angustiosa.

Parece mentira que una cosa tan inasible como el viento, tan abstracta, le cambie el rostro a la ciudad, modifique el comportamiento de sus habitantes, desfigure sus modales, los arrincone en la ridiculez y que el responsable ni siquiera se pueda señalar con el dedo. Cuando llueve, al menos uno sabe por dónde pasarán los arroyos más peligrosos de la ciudad, en cambio el viento no sigue ningún cauce. Es caprichoso y extravagante. Cuando menos piensas te puede lanzar un pedazo de teja en la cabeza o desplumarte el único billete que tienes para el bus.
¿Cómo no asustarse cuando suena el mismo silbido aullador que se escucha en las películas del oeste cuando está a punto de llegar el villano? Aunque en este caso el villano y la brisa son la misma cosa, el mismo forajido que viene a sabotear el pueblo. En el caso de la lluvia, uno puede defenderse con un buen paraguas o un largo impermeable, pero en cambio nadie se ha inventado hasta ahora el “paravientos” o algo por el estilo. No queda otra que salir a la calle a la buena de Dios, con apenas la señal de la cruz o la bendición de la abuela, y a ver qué te espera en la calle, el golpe avisa.
Aunque llegan a refrescar el clima cruel de todo el año, los alisios pueden alzar tanto el oleaje que en la madrugada del pasado 8 de marzo mutilaron doscientos metros del muelle de Puerto Colombia, destecharon casas y un polideportivo, destruyeron paredes y postes, tumbaron torres de iluminación en un estadio de béisbol, arrancaron árboles de raíz y reventaron cables de energía con la facilidad con que se remueve una telaraña.
Alguna vez, cuando era niño, el viento fue un soplo divino y no ese bufido apocalíptico que terminó de arrasar a Macondo. Elevaba cometas, me avisaba de que habían llegado las vacaciones, les daba vida a las sábanas colgadas en el patio de la casa (como si fueran velas de unos barcos piratas), descorría una inmensa ventana hacia el océano. Era una madre diligente que venteaba la peste, secaba la ropa y ayudaba a esparcir semillas.
Pero no siempre fue así. En mi adolescencia se volvió turbulento. Céfiro, que era el rostro amable de las brisas del sur, comenzó a darle paso a Boreas, raptor de doncellas, y sus vientos huracanados del norte. Bajaba a ráfagas racheadas por laderas de montañas. Meneaba una falda de lluvias sobre las cosechas de arroz. Y con un paño húmedo me aliviaba la fiebre del mediodía.
Cuando terminé la universidad un viento de cambio me llevó a España. Viví en Cataluña, donde hablaban de la tramontana como un efluvio enloquecedor que, a diferencia de los alisios, aparecía dos veces al año: primavera y otoño. Al contrario de los alisios, su aliento terrestre soplaba hacia el mar como una persona grosera que te quiere sacar de su casa a la fuerza. Quizá por esa diferencia telúrica nuestro talante es más acogedor que el de los catalanes. Y tal vez más parecido al de los andaluces, que reciben del mar y de África un viento cálido y húmedo que, según los expertos del interior del país, tiende a inducir dejadez y lubricidad en los habitantes de estas regiones.
Por esos días mi empresa, una compañía de energía solar, me envió a una población en medio de los Alpes bávaros, para que instalara sistemas de alimentación solar en varias centrales de telecomunicación. Allí también me las vi con otro viento inhumano: el foehn de sotavento, un viento seco y tórrido que provoca deshielo y aludes, pero sobre todo dolores de cabeza, ataques cardíacos, depresiones y hasta suicidios. Mientras revisaba unos paneles solares en la cuesta de una montaña me atacó de frente, como un maleante en el callejón más sórdido de una ciudad. Se me bajó la presión y me sentí exangüe y sin suelo. Al día siguiente acudí al hospital, pues seguía sintiéndome débil, pero no quisieron atenderme, pues solo estaban recibiendo a las víctimas más graves o urgentes.
No tardaría mucho en conocer al temido ábrego de la región Cantábrica, un viento azuzado por el mismo efecto foehn. En los meses que estuve en Portugalete instalando una serie de módulos solares para un gasoducto, sufrí los males que se le atribuyen: catarro, cefaleas y abatimiento. Recuerdo que estaba trabajando con un ingeniero peruano que al mínimo amago de queja de mi parte, me repetía que el ábrego era un niño en comparación con el zonda de las comarcas andinas: “Se cuela más adentro, altera las emociones y hasta la sexualidad; está demostrado que incrementa los divorcios y la delincuencia”.
A pesar de su crueldad, caprichos y fechorías, los costeños del Caribe colombiano no podemos vivir sin el viento. Vivimos abrazados a él, como un boxeador se aferra a su contendor para no ser golpeado. Llegamos quejándonos del ajetreo de la brisa y, sin embargo, lo primero que hacemos al reposar es encender un ventilador para que nos meza con su zumbido. Necesitamos los alisios como requerimos ventiladores por toda la casa. Nos quejamos de su ímpetu, pero al mismo tiempo exhalamos huracanes al hablar o al reír. Acaso por eso volví a mi tierra hace dos años, y precisamente en diciembre. “Diciembre llegó con su ventolera, mujeres”, dice una canción que les da la bienvenida cada año, “y la brisa está que llena el mundo de placeres”.
La época de más vientos es precisamente la que nos vuelve más eufóricos y traviesos: desde diciembre hasta febrero con sus carnavales. La cumbia es quizá la manifestación de esa sustancia vehemente y sinuosa que nos recorre por dentro. Bailarla es nuestra forma maestra de torear la brisa, de fundirnos con ella e impedir que apague la vela de nuestro espíritu. Por eso todas las demás músicas salen de ella. Por eso en tiempos coloniales, cuando el viento atravesaba gaitas y flautas de millo, las negras alzaban sus polleras como alas. Y los españoles les ponían bolas de hierro en los tobillos, por si acaso.