13.6.10

Orgullo y prejuicio...y zombies


La versión de Seth Grahame, que ya es un clásico.


¿Quién dijo que la literatura permanece estática? La revista Ñ nos habla de aquellas versiones distorsionadas de algunos clásicos. Un remake siempre será un remake, pero en este caso, contrario a lo que sucede en el séptimo arte, un remake siempre será más divertido:

Se podría pensar, en un axioma un poco básico pero que es necesario verbalizar, que cada país establece una relación única e intransferible con su tradición literaria. La historia de las letras expone casos extremos: la absoluta irreverencia, la devoción, el desinterés, la reescritura, la parodia. Son los propios escritores los que en cada caso, en una especie de golpe oracular hacia atrás, le confieren un nuevo sentido a la literatura nacional que los precede. Después, claro, la crítica hace esa otra tarea, igualmente vital, de buscar las inflexiones semánticas, tensar los nudos entre poéticas y armar finalmente esa línea de tiempo de escrituras compartidas que llamamos literatura nacional. Desde luego, no es la misma relación con la historia literaria la que tenemos los argentinos, de tradición corta y abigarrada, que la que pueden tener por ejemplo los ingleses, que arrastran una sombra de siglos de literatura. Por eso, aunque se traten en el fondo de lo mismo –reescrituras, loops, cirugías en el corazón del canon– las distintas intervenciones sobre libros clásicos que aparecieron en el último tiempo deberían leerse de modo aislado y como casos que sólo hablan de sí mismos.

Cerebros

Cuando Orgullo y Prejuicio y Zombies arañó el puesto número tres de los libros más vendidos en la lista del New York Times, los agentes de mercadotecnia que andan siempre detrás de las modas literarias se hicieron una pregunta básica: ¿de dónde salió este engendro que se vende con el frenesí de un clásico instantáneo? La pregunta era válida, porque en efecto la génesis del libro tiene su modesta historia. El libro nació cuando el editor de Quirk Books golpeó la puerta de la casa de Seth Grahame-Smith, un errático escritor de libros de divulgación y ensayos new-age, y le entregó en mano un volumen delgado y sugestivo. Se trataba de The Art of War Against Fat (El arte de la guerra contra la gordura): un remix del clásico de Sun Tzu con un manual de instrucciones para bajar de peso. Grahame-Smith, seducido por la idea de reconstruir un libro clásico, revisó su biblioteca y encontró en Orgullo y prejuicio de Jane Austen la posibilidad de trabajar con una de las grandes obsesiones de su vida: los zombies, el cine de terror clase B, la sangre derramada, la truculencia como apuesta estética. En ese libro de un terror psicológico contenido, siempre a punto de rebalsarse, Grahame-Smith sólo tenía que dar el último paso, ese que haría estallar todo. Llevar a Orgullo y prejuicio de lo implícito a lo explícito. Además, la intervención de Grahame-Smith lo que hace es trabajar con la influencia de un contexto: no es lo mismo Orgullo y prejuicio en 1813 que en el año 2009; el mundo es otro, y otros son también los lugares desde donde las generaciones leen. Borges nos enseñó en "Pierre Menard, autor del Quijote" que los contextos de lectura lo definen todo. El mismo párrafo exacto del Quijote, leído con cuatro siglos de distancia, no puede jamás ser el mismo. La idea de Grahame-Smith en este sentido es otra, como si lo contemporáneo rearmara el texto clásico de un modo literal, agregando, cortando, saturando la escritura con el imaginario de lo actual. Pero al mismo tiempo, si bien Grahame-Smith incorpora en la novela de Austen eso que hoy está de moda, también elige una figura anacrónica, bien tradicional, como es la de los zombies. Es como si sugiriera que también la versión actual está hecha con materiales añejos, anacrónicos y saturados de sentido.

El propio Grahame-Smith dice que lo que hace es "microcirugía". Cuando le entregó el libro terminado a su editorial, los responsables del sello vacilaron porque pensaban que los devotos de Austen no iban a entender el gesto. Pero la industria del libro, atenta como cualquier otra, vio que la publicación fue un éxito de ventas inmediato y ya empezó a pensar la posibilidad de instalar la reescritura de clásicos como un género en masa. En pocos meses, salieron libros como Sensibilidad y sentimientos y monstruos marinos; Androide Karenina, en donde los personajes de Tolstoi se enfrentan a una revolución cyborg y robótica; Lazarillo Z, el clásico de la picaresca en un ambiente también de Zombies, con una modificación curiosa: el libro –originalmente anónimo– está "firmado" por el personaje central del relato, que anuncia que va a contar "la verdadera historia". Tratándose en Estados Unidos de un fenómeno de la pura industria cultural (no parece haber en estos títulos una relectura fuerte de la tradición literaria, como sí lo hay en la Argentina. Por lo pronto, como dato significativo, ningún libro es norteamericano), hay que mencionar que por ahora todos fueron publicados por la misma editorial, Quirk Books.

Originalmente enfocada a la publicación de libros de mesa de café, la editorial encontró en este formato que ellos llaman mash-up [un término que se utiliza en la industria musical y significa "mezcla"] un modo de "sacar a los libros del circuito clásico de las librerías". En palabras del propio fundador del sello, buscan "un concepto que sea claro y entendible, y que si se publica con una portada correcta y tentadora, pueda cruzar hacia el amplio mundo de los negocios que no sólo venden libros". Por ahora, los mash-up se hacen sobre títulos que han entrado en dominio público (es decir que hayan pasado más de ochenta años de la muerte de su autor, y entonces el libro se puede imprimir sin pagar derechos). De este modo, los beneficios económicos son mayores, desde luego, y además el siglo XIX ofrece un nutrido museo de clásicos para contrabandear. Quizás en algún momento se animen a intervenir sobre relatos nacionales, y ahí sí empiece a jugarse una relación más profunda con la propia tradición literaria.

El canon y el orden

Ya habían pasado sesenta años de la publicación de Orgullo y prejuicio cuando acá, del otro lado del Atlántico, a un tal José Hernandez se le ocurre escribir el Martín Fierro y fundar definitivamente una literatura nacional. El poema se publicó en dos partes, en 1872 y 1879, y durante varios años esa naturaleza mestiza y esquiva del libro confabuló para que no se lo pueda terminar de etiquetar ni de encapsular en una lógica de sentido. El golpe de gracia llegó recién en 1913, cuando Leopoldo Lugones imparte una serie de conferencias en el Teatro Odeón bajo el título de "El payador", en las que instala al Martín Fierro como piedra fundacional de la literatura argentina, y al gaucho como paradigma del ser nacional. Un poco más adelante, Borges va a imprimirle una nueva torsión al Martín Fierro, afirmando que se trata en realidad de una novela en verso, y no de un poema. Quizás frente a esa afirmación se para El Martín Fierro ordenado alfabéticamente (2007), de Pablo Katchadjian. Cuando Katchadjian ordena alfabéticamente los 2.316 versos del original está desembarazando al libro de su imperativo narrativo y convirtiéndolo en un puro efecto estético, en una música con vagos ecos semánticos. Ahí, de fondo, está esa historia del gaucho que se escapó con los indios, esa historia que todos conocemos porque quedó instalada en el inconsciente colectivo de nuestro país, pero ahora fracturada y arrojada en fragmentos en el medio de un libro de frases sueltas. El efecto es extraordinario. "El resultado es un poema a la vez extraño y conocido, una cámara de ecos del poema nacional" escribió César Aira, y agrega: "nos damos cuenta con sorpresa que nos hemos librado justo de lo que más nos molestaba: de esa insistencia de una voz en decirnos algo, hacerse entender, convencernos".

Borges recargado

Pero la cosa no queda ahí. Un tiempo después, Katchadjian saca un nuevo librito, intrépido y destellante: El Aleph engordado (2009). Como lo indica el título, se trata del cuento de Borges ampliado por dentro, con palabras y frases del propio Katchadjian. Se podría pensar que la intervención sobre los dos textos nacionales tienen algo de sana irreverencia, pero yendo más lejos es posible pensar que los mismos textos originales pedían, de un modo tácito pero palpable, estas reescrituras. Porque el Martín Fierro contiene implícitamente la posibilidad de su propia mutación (la idea de que a partir de ahora puede ser reordenado una y mil veces, y siempre habrá un nuevo Martín Fierro), y "El Aleph" es un relato sobre lo infinito. Así, las frases que agrega Katchadjian son parte de un aleph posible, de un aleph infinito que todo lo contiene. Cuando el personaje de Borges se acuesta en un sótano y ve detrás de un escalón esa esfera en donde confluyen todos los puntos del universo vistos desde todas las perspectivas en todas las épocas, debe haber visto también a El Aleph engordado. Borges, recostado en un sótano, viendo en una esfera tornasolada "de casi intolerable fulgor" la imagen de Katchadjian operando con microcirugía en el cuerpo de su propia literatura.
Por lo demás, Aira afirma que Katchadjian hizo un trabajo riguroso con los dos ejes centrales de la conciencia escrita: el tiempo y el lugar. Dice: "El Martín Fierro, El Aleph. El gaucho vagabundo urdiendo en el desierto de los años de su destino, y el escritor inmovilizado en una incómoda escalera, con la vista fija en un punto del espacio. El Martín Fierro es el tiempo de la literatura argentina, El Aleph su lugar. Son nuestras categorías, fuera de las cuales no podemos pensar. ¿O sí podemos? Por lo pronto, podemos escribir". Podemos escribir: la apreciación es válida, porque estos libros son también un modo de pensar el futuro de nuestra literatura. En la tensión con los grandes nombres de la tradición –eso que Harold Bloom llamó "la angustia de la influencia"– se juega la posibilidad de escribir hacia adelante. Lo de Katchadjian, en ese sentido, es vital, porque Borges significó para un par de generaciones una sombra difícil de franquear. "¿Cómo escribir después de Borges?" fue la pregunta fetiche durante algunas décadas para pensar las relaciones epigonales y de mimetismo que la propia escritura borgeana tendía a propagar. Por lo pronto, se vieron dos influencias dominantes de la obra de Borges en las generaciones de escritores argentinos de los sesenta para acá: una impronta estilística (escribir como Borges), que es posiblemente la más peligrosa y la más estéril, y una influencia en el modo de leer la cultura y de pensar lo literario, que ya se impone con el tiempo como su gran legado. Por eso, la intervención de El Aleph engordado en lo puramente estilístico es central, porque juega a desestabilizar esa perfección en la prosa borgeana que ha generado en tantos nuevos escritores el miedo o la reverencia que raya el plagio. Así, el Martín Fierro y El Aleph, textos vertebrales de nuestra tradición, son ahora materia más viva, que podemos manipular con libertad para poder seguir escribiendo.

11.6.10

Poema del Viernes # 21


Tomás Tranströmer (Estocolmo, Suecia. 1931)



GÓNDOLA FÚNEBRE



Dos hombres, suegro y yerno, Liszt y

Wagner, viven junto al Canal Grande

con la inquieta esposa del rey Midas,

ése que transforma en Wagner todo lo que

toca.

El frío verde del mar atraviesa los pisos del

palacio.

Wagner destaca, el conocido perfil de títere

parece más cansado;

el rostro, una bandera blanca.

La góndola cargada pesadamente con sus vidas; dos pasajes de ida y vuelta y otro

sólo de ida.




II



Una ventana del palacio se abre con el viento y el súbito soplo provoca muecas.

Sobre el agua aparece la góndola del basurero impulsada por dos bandidos con remo.

Liszt ha escrito unos acordes tan pesados

que deberían ser enviados a analizar

en el Instituto de Mineralogía de Padua.

¡Meteoritos!

Demasiado pesados para la quietud, pueden sólo hundirse más y más, futuro abajo, hasta

los años de las camisas pardas.

La góndola, pesadamente cargada con las

hacinadas piedras del futuro.

9.6.10

Nuevas voces, nuevos ámbitos


El post.


Capote, siempre Capote. Retumba el eco lúcido de su prosa por todos los lugares. Nuevas voces, nuevos ámbitos. Así ha titulado el Gimnasio Moderno el evento que tendra lugar el próximo Jueves en uno de los Colegios más importantes de la capital colombiana. ¿Los invitados? Leonargo Gil Gómez, otrora Director de la Revista El Ático; Nathaly Díaz, Co-directora de la misma revista; Liliana Gastelbondo, gestora y promotora cultural de la capital en la Casa Silva y en el Festival Internacional de poesía de Bogotá. Todos ellos grandes promesas de la lírica contemporánea de nuestro país. Ah¡¡¡ sí. También han invitado a este blogger. Todos invitados. No hay francachela y comilona, pero si una copa de vino.

LUGAR: Biblioteca Los Fundadores, Gimnasio Moderno. Carrera 9 con 74
FECHA: Jueves 10 de Junio, 6,30 de la tarde.

Maalouf, Premio Príncipe de Asturias 2010


Maalouf.


El libanés Amin Maalouf ha recibido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2010, ganándole a Ana Maria Matute y Nicanor Parra. El ABC lo comenta así:

El escritor libanés Amin Maalouf ha sido hoy galardonado con el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2010, según acaba de hacer público el jurado presidido por el director de la Real Academia de la Lengua, Víctor García de la Concha, en el Hotel Reconquista de Oviedo. Maalouf se ha impuesto en la última ronda de las deliberaciones a la escritora española Ana María Matute y al poeta chileno Nicanor Parra.
Amin Maalouf (Beirut, 1949), narrador y ensayista francófono y una de las voces más importantes de la literatura árabe, es autor de obras como «León el africano», «Samarkanda» o «Los jardines de luz». Maalouf está en posesión de numerosos premios, entre ellos el Goncourt o el Maison de Presse, y es uno de los escritores que más atención ha prestado a la cultura mediterránea. Entre sus últimos trabajos figura «El desajuste del mundo. Cuando nuestras civilizaciones se agotan», un ensayo en el que aboga por la universalidad de los valores y el respeto a la diversidad de las culturas.

BiografíaConocedor de la lengua árabe y la francesa, de familia musulmana y cristiana, sus novelas siempre giran en torno a la geografía, la historia y los conflictos religiosos en el Mediterráneo, que aparece siempre presentado como un lugar de encuentro entre culturas, como espacio simbólico de convivencia y tolerancia. Su mayor éxito hasta ahora lo logró con la publicación de la novela histórica «León el africano», pero toda su obra -hasta ahora un total de nueve títulos- ha merecido un gran reconocimiento.

Su última novela es «El viaje de Baldassare» y su obra posee un oportuno complemento con el ensayo «Identidades asesinas», donde se expone la idea que preside toda su obra de ficción: la defensa del respeto hacia las culturas minoritarias.
Con el premio de las Letras han sido galardonados José Hierro, Miguel Delibes, Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, Günter Grass, Doris Lessing, Arthur Miller, Susan Sontag, Paul Auster, y el albanés Ismaíl Kadaré, que lo obtuvo en 2009.

7.6.10

Palahniuk = Snuff = Porno


El autor.


Nada más Palahniuk que un título para una novela que se llame Snuff. Conozco a un trío de amigos que tan pronto cuelgue esto, correrán como liebres a conseguirlo. Si lo consiguen, claro. Con una entrevista, así lo anuncian en la Revista Ñ:

Desde la generación beat no había habido una literatura tan asquerosa —literalmente, no es juicio de valor—, tan detalladamente sórdida como la de Chuck Palahniuk, al que le cabe el honor de haber descrito las páginas más escatológicas de la literatura contemporánea. Aupado a la fama por la conversión del filme El club de la pelea (1999), de David Fincher, basado en su novela homónima, en una de las más desasosegantes e ideológicamente equívocas obras de culto, Palahniuk pasa por la Feria del Libro de Madrid para promocionar Snuff (Mondadori), que relata los acontecimientos en la antesala de un rodaje porno, en la que seiscientos hombres numerados esperan su turno para penetrar a una actriz de género en decadencia, que quiere batir el récord mundial de coitos en una sola película. Dicho lo cual, es desarmante el aspecto y modales de Palahniuk: Camisa rosa bajo la que asoma camiseta interior blanca —a 32 grados—, pantalón beige de pinzas, gafas de pasta y raya al lado. Habla despacio pensándoselo mucho para ser preciso, escueto. Jamás divaga en voz alta. Mirando fijamente al entrevistador, se conduce con ademanes de tímido yerno modélico.
Si le quitamos el trasfondo pornográfico a su novela, su dramaturgia es puramente teatral. Hasta convencional.
Originalmente se trataba de una obra de teatro. Era la obra de tres personajes atrapados, con un cuarto personaje, la coordinadora de actores, que entra y sale de la escena. La mayor parte de la obra descansa en la interacción entre estos personajes.
¿Por qué no fue finalmente una obra de teatro?
No conozco el mundo del teatro. No tenía idea de cómo producirla.
¿Y cómo fue el proceso de convertirla en novela?
En su gran mayoría se trató de abrir la historia, incluir nuevas escenas expresadas como flashbacks.
Del personaje de Sheyla, la coordinadora de actores.
Justo.
La estructura, quizá por su origen teatral, es no obstante cerrada, muy opresiva.
Escribiendo un libro lo que te propones es generar tensión y luego está se rompe con un chiste, una broma, o una solución parcial.
La sensación que transmite es algo a medio camino entre Los diez negritos, de Aghata Christie y El ángel exterminador de Buñuel.
No he visto esa película, pero le diré que en el fondo ésta es una novela muy gótica y para eso se crea un espacio fuera de la vida corriente, lo que los antropólogos llaman espacios limbo, situados en el umbral de otros mundos, pero en ninguno de ellos. Como son lugares fuera del mundo convencional, no se rigen por normas convencionales que se aplicarían a la sociedad normal. En esos espacios, la gente no puede ser rescatada por las autoridades.
Sus personajes adultos —el actor fracasado, y los dos actores porno en decadencia— son desengañados del sueño americano, y los dos jóvenes —el actor porno amateur y la coordinadora de actores— están buscando ingenuamente hacerse ricos. ¿Se considera un autor fatalista?
[Guarda silencio medio minuto, mirando fijamente a la mesa] ...Creo que soy más bien naturalista porque la mayor parte de nosotros encontramos un sistema para conseguir el éxito, lo que nos propongamos, y una vez que nos va bien repetimos ese modelo de acción una y otra vez hasta el desastre. Así que, de algún modo, todos estamos condenados a tener éxito en primera instancia y a fracasar a largo plazo, de una forma natural.
Usted tiene fama de documentarse profusamente, y ciertamente en el libro aparecen relatadas un sinfín de anécdotas de estrellas de Hollywood y del porno, trágicas o sólo sórdidas, que supongo que son reales. ¿Pretendía con ese relato en segundo plano expandir el discurso principal?
[De nuevo silencio] ...Hay tres razones para esto. En primer lugar, todo eso de la documentación es cierto y tiene un motivo: se trata de hechos fidedignos y comprobados y eso da autoridad, le dice al lector que un autor es fiable. Por otra parte, me sirven para que el personaje que relata esas anécdotas está dando a entender un estado mental interno, de modo que justifica sus acciones ante el lector sin necesidad de expresar sus pensamientos de forma directa. Y en tercer lugar, sirven también para pautar el paso del tiempo. Me ahorra explicaciones como "cinco minutos antes", o "cinco minutos después".
Centra su relato en el porno hoy en día, precisamente cuando la industria vive una crisis sin precedentes, debido a la oferta de sexo gratuito en Internet. ¿Quería un ambiente decandentista?
¿Hay una crisis en la industria del porno?
Sí, causada por Internet y bastante más grave que la del cine convencional.
No lo sabía.
Hay un personaje desconcertante en la novela, un ex actor de porno gay, ex estrella de una serie de detectives en la tele, convencido de ser homosexual, al que su padre confiesa que abusó de él de niño, y que acaba diciéndose heterosexual y queriendo casarse. ¿Muy freudiano todo, no?
Es un personaje simbólico. Cree cualquier cosa que digan sobre él porque carece de una idea de sí mismo. En realidad obedece a un esquema clásico de la ficción norteamericana del último siglo. Es un grupo de tres: uno es un buen chico, obediente, que frecuentemente acaba autodestruyéndose. Otro es un rebelde, que no sigue las normas, y un tercero es un espectador de todo que finalmente sobrevive a la historia.
Curioso.
Le pondré un ejemplo, elija ¿Lo que el viento se llevó o Alguien voló sobre el nido del cuco?
Lo que el viento se llevó.
Melania es una buena chica. Es obediente. Tanto, que aunque el médico le dice que no tenga más hijos, accede al deseo de su marido de tenerlos y obviamente muere en el parto. Escarlata es la rebelde. Es mala y agresiva y al final acaba desamparada. Y Batler sobrevive a la historia, porque él es el que lleva la historia para contarla.
Y en su novela...
El gay es ese personaje obediente, que siempre hace caso de lo que le dicen. El veterano del porno es el rebelde agresivo. Y el joven es ese testigo que será el que sobreviva para contar la historia.
Entrando en el asunto propiamente del porno. ¿Se documentó sobre los rodajes?
Usé mi propia experiencia de cuando se han adaptado al cine mis novelas, las terribles esperas del set son exactamente así de desesperantes. Lo demás, la sordidez, no era muy difícil de imaginar. Hace unos años tuve amigos que practicaban el culturismo, en los ochenta, y todo lo relativo al culto al cuerpo de los actores porno está tomado de aquel mundo.
¿Se siente cronista de la sordidez?
[Largo silencio] ...El objetivo es contar una historia. La mayor parte de las cosas que cuento me las han contado algunos amigos. Son cosas tan raras, tan sórdidas, que no hay forma de olvidarlas. Ellos me las cuentan a mí para desprenderse de ellas. En todo caso soy un cronista de la experiencia y la conducta humanas.
Tiene amigos muy raros.
Todos tenemos cosas extrañas. De algún modo yo creo la confianza en la gente para que me las confiesen, sabiendo que así son dueños del relato, porque sólo lo verbalizan una vez, y entonces queda fijado, y saben que yo le daré forma novelesca sin juzgarlos, que haré honor a su historia.
¿Nunca piensa cuando escribe alguna escena "quizá me haya pasado un pelín"?
Al contrario. Cuando pienso que algo es demasiado, que me daría miedo que lo leyera mi familia, entonces es cuando sé que está bien.
Su estilo inconfundible, unido a la popularidad de El club de la lucha, le ha convertido en un icono, casi una marca. ¿Le incomoda?
Es que nunca pienso en eso. Me centro en lo que la gente me cuenta, mi trabajo es escuchar y luego contar. Y hacer honor a lo que me cuentan.
¿Cree que esa convivencia en la gente de su faz pública y sus historias extrañas y ocultas es específicamente protestante?
No lo sé. No le entiendo.
Las sociedades católicas son de otro modo. Cuando un escándalo aflora es comentado con gran alarde, pero no se persigue el castigo al pecador. En la Europa católica ningún político dimite por infidelidades.
Para que algo pueda ser perdonado debe de ser contado, hay que declarar el pecado. En ese sentido soy un poco un cura para los demás.
Se lo pregunto de otro modo, ¿cree que su literatura es específicamente protestante?
[Silencio, casi un minuto] ...Podría decirle que sí, en cuanto a que quizás el tono lo sea. Este libro, por ejemplo, Snuff, es un cuento gótico, pero si fuera europeo, católico, seguramente sería una farsa, una comedia. Sí, en ese sentido, tal vez sí.

Conociendo a Tomás González


Tomás González. Foto asaltada a Andrés Felipe Solano.


El Domingo pasado tuve la fortuna de recitar en el Festival poético de Tenjo, un espacio maravilloso cuya asistencia de público fue, para mi asombro, masiva. Claro, no resultó ser por este blogger. Nada más lejano. La tradición de este festival es de vieja data. Allí conocí al secreto mejor guardado de las letras colombianas, en palabras de Andrés Felipe Solano. Ha recibido elogios de los más importantes escritores, entre los que se encuentran Héctor Abad Faciolince y la Premio Nóbel de literatura Elfriede Jelinek, quien dijo de Tomás: "Leyéndolo tuve la sensación de que es muy puro". Al primero que escuché hablar de González fue a Gonzalo Mallarino, y luego a Nahum Montt, quien me comentó que allí, en su literatura, se encontraba lo mejor de los nuevos narradores colombianos. Hasta Piedad Bonnett ha confirmado que su obra ha influido en la manera de enfrentar sus novelas, y esto es mucho que decir, conociendo la presunción de la antioqueña. Hice oídos sordos a tales aseveraciones. Generalmente cuando alguien comenta a un autor a quien no he leído salgo y busco aunque sea un relato, un poema, un capítulo de novela, algún escrito. Lamentablemente para mí, este no ha sido el caso con Tomás González. Es como si mi oído no conectara con el hipotálamo, y en consecuencia, dejara pasar aquel nombre por mi capacidad lectora. Hace poco, lo recuerdo bien, tuve en mis manos su primera novela Primero estaba el mar. Lo tenía un amigo mío, y me lo recomendó en aquel momento. Lo recuerdo por el amigo, quien siempre me ha guiado cuando tengo sentimientos de no encontrar nada apasionante. De nuevo, por cuarta o quinta vez, mi cerebro no conectó todas las bujías. (Un lapsus: Cuando estudiaba ingeniería electrónica, vi una materia matemática que se llama Redes neuronales. Desde aquel instante, prefiero llamar a las neuronas Bujías). Maldita distancia entre el cuerpo y la mente, que no recuerda ya ciertas cosas. (Segundo lapsus: mi familia tiene tendencia al Alzhaimer, y esto es en serio. Las cosas se me han ido borrando poco a poco. Por eso tomo notas en mi Moleskine, no para apuntar destellos poéticos o alusiones narrativas, sino para recordar lo que han denominado los médicos Memoria inmediata). no más lapsus, lo prometo. El caso es que conocí a Tomás González en Tenjo, y debo confesar que es un tipo simpático, agradable. Si es tan encantador conversar con él. ¿Qué me dirán sus libros? déjame decirte querido Tomás, y no miento, no exagero, ya mismo voy a la librería más cercana (Panamericana de Kennedy) y compro Primero estaba el mar, tu libro más celebrado. Un abrazo para vos.

Verano, por Coetzee


La portada.


Uno de los autores preferidos por este blogger es J.M. Coetzee. El trato de sus personajes, el mantenimiento autobiográfico que destilan sus obras de una manera sosegada y a la vez cruda, violenta, hacen que cada libro suyo genere una inquietud interior que pocos autores alcanzan en sus lectores. A decir verdad, son los únicos que importan, y claro, la historia del relato. Aparece Verano, la tercera parte de su autobiografía. Así lo comenta José María Gulebenzu, para Babelia:

A partir de Elizabeth Costello, J. M. Coetzee entró en un territorio literario donde el juego ficción-realidad, preferentemente enmarcado en textos más o menos autobiográficos, supuso un cambio de rumbo en su narrativa, un cambio asumido con tanto espíritu como riesgo, que está dando como resultado obras que se adentran decididamente en la construcción de la novela del siglo XXI. Diario de un mal año era un texto a tres bandas que contenía un ejercicio de indagación en la senectud extremadamente inteligente gracias a esa simultaneidad de voces y actitudes (un viejo, una muchacha sensual y su novio) con la que establecía un expresivo ejercicio de perspectiva y autoanálisis. Con Infancia y Juventud entraba en una suerte de memorias sui géneris cuyo tercer capítulo, bajo el subtítulo de 'Escenas de una vida de provincias III', lo constituye este Verano que ahora comentamos. Todos estos libros han sido editados en España por Mondadori.

Infancia y Juventud son dos novelas autobiográficas escritas en tercera persona. Recogen dos etapas de la vida de un tal John Coetzee; la primera, su vida de niño en la región de Karoo, alejada de la civilización urbana; la segunda se sitúa en Londres, adonde un joven John Coetzee se traslada tras estudiar en la universidad de El Cabo. Verano, en cambio, toma otro tipo de distancia y de estructura; de hecho, viene antecedida por esa persona interpuesta que él utiliza para expresar sus ideas en Elizabeth Costello. El resultado es verdaderamente notable y, sobre todo, revela una audacia literaria que no por consecuente con la última parte de su obra deja de ser un reto original que manifiesta a las claras su viveza de espíritu y su apuesta irreductible por la verdad literaria; lo que en los tiempos que corren resulta muy gratificante.

El libro está dividido en siete capítulos. Cinco de ellos se corresponden con personas que conocieron a John Coetzee, cuatro mujeres y un hombre. De las cuatro mujeres, al menos dos tuvieron una relación erótica con él. El quinto es un hombre al que conoció por coincidir con él en la antesala de una entrevista de trabajo y con quien entabló una cierta amistad. El texto está redactado en forma de entrevistas con esas cinco personas porque el artificio que usa el autor es el de crear un joven biógrafo inglés, Vincent, que está escribiendo un trabajo biográfico sobre el periodo que transcurre entre 1972 y 1975 de la vida de John Coetzee, célebre escritor galardonado con el Premio Nobel y fallecido en Australia. Las cinco entrevistas se abren y cierran con unos Cuadernos de Notas del propio John Coetzee correspondientes a esos años.

El artificio requiere confianza y pulso narrativo, pues se trata de crear a cinco personajes que, a su vez, deben de crear con su testimonio un Coetzee personal e íntimo, un Coetzee que, de cara al exterior, fue un hombre retraído y alejado de los circuitos literarios. Si no olvidamos que, a fin de cuentas, el auténtico J. M. Coetzee (afortunadamente, aún vivo) está hablando finalmente de sí mismo, el ejercicio de escritura se convierte en un verdadero alarde. Pero lo autobiográfico no debe hacernos olvidar lo literario: ¿han existido realmente esas personas o, por el contrario, son producto de su imaginación y lo único realmente comprobable es aquello que se refiere estrictamente a la vida de Coetzee y quizá no todo ello sino sólo parte? Y este es el momento de olvidar lo personal y entrar en lo literario: lo único que importa al lector, aparte de la natural curiosidad que suscita la historia, es que le están contando algo que ha de ser creíble; en este caso, creíble desde la ambigüedad de la propuesta. Y la realidad es que si consideramos estas memorias de una vida provinciana como una novela, estamos ante una novela sumamente inteligente que atrapa al lector por el camino de la imaginación, que es donde a fin de cuentas se sustancia la expresión de su autor.

La multiplicidad de voces consigue, entre otros efectos, el de crear un escenario, Sudáfrica, al que responden un conmovedor y hosco John Coetzee y su conmovedor y patético padre. Las voces establecen un paralelo natural entre su visión de Coetzee y su visión de la realidad sudafricana, lo que desemboca en la relación misma de Coetzee con su país y con su pasado. El juego es extraordinariamente complejo, sutil y de una gran riqueza de matices. La actitud ante el mundo de este hombre cerrado como una ostra se abre mágicamente ante los ojos del lector en lo que no es más que un duro y exigente ajuste de cuentas consigo mismo que, al preservar su voz -sólo aparece en los Cuadernos de Notas-, le permite exteriorizarlo sabiamente. Y detrás de todo está, a su vez, un tema eterno: la figura del artista.

Julia, su amante casada, que incluso aventura en un momento dado una interpretación de su obra en relación con él, está dispuesta a hablar de John, pero exige su cuota: hablar también de su propia vida. Margot, su prima, una figura del pasado en el presente actúa al revés: ella pregunta al biógrafo y este le va leyendo el texto que construyó con su testimonio. Adriana es un personaje fascinante que detesta a Coetzee y amplía el campo de visón, y Mario es una especie de sombra que se rozó con la de Coetzee: las que cuentan son las mujeres; el contraste entre esta y las otras voces es un acierto. Sophie, su otra amante, que es la que más habla de sus actitudes políticas y de su actitud ante la política, resume con una frase certera el espíritu del biografiado: "Para el fatalista, la historia es el destino".

Diría que el libro es deslumbrante si no fuera porque el deslumbramiento no deja ver y aquí, en cambio, lo que hacemos es, precisamente, ver. Léanlo como quieran ustedes, como cierto o como no cierto, pero léanlo; por su extrema inteligencia, por el derroche de talento, por su capacidad de convicción y por abrir nuevos caminos a la escritura narrativa. Por aquí sí se cuece el futuro de la novela.

4.6.10

De recitales.


El maestro Jaime García Maffla.


El próximo domingo estaré en la misma mesa junto al poeta Jaime García Maffla, mi maestro, en un recital en el Festival de Poesía de Tenjo. A él le debo mi redescubrimiento por la poesía. Él es el artífice de todo esto, de que este blogger sea este blogger y de que haya decidido abandonar poco a poco la ingeniería por la literatura. Para mí es todo un honor compartir lectura junto a uno de los poetas más grandes que tiene la lírica colombiana hoy día. El Jueves 10 de Junio estaré sentado en un recital junto a las jóvenes promesas de la poesía Leonardo Gil, Liliana Gastelbondo y Nathaly Díaz. Moderando esta mesa estará Federico Díaz-Granados. 7 de la noche. Gimnasio Moderno. Eso es todo, por el momento. Feliz fin de semana.

Poema del Viernes # 20


Saúl Gómez Mantilla. (Cúcuta, Colombia. 1978)


EL TRANSEÚNTE

Mi vida fue un recorrer dos calles
una lluvia que llenó los huesos
una calma torrencial a pleno mediodía
donde circulaban recuerdos
agónicas notas en trancón
y todo el frío
que puede soportar un cuerpo.

Mi vida fue el insomnio que huía
de viejos autobuses
extraviándome en el silencio
que se tragaba mi piel
y me devolvía infinito
destrozado de sentencias
maullando por calor
antes de caer la tarde.

Mi vida fue transitar este infame cuerpo
que los trastornos del amor
han convertido en asidero de estrellas
a la espera del tan anhelado orgasmo
un recoveco en la memoria
lleno de sales.

2.6.10

Farenheit 2010


Oskar Werner y Julie Christie.


Este blogger ya se había planteado lo que posteo aquí, más adelante, y por olvido, por pereza, no lo sé, no había escrito la sensación que me produce Farenheit 451 en nuestra época. Y hablo tanto de la novela de Bradbury como de la adaptación al cine que haría Truffaut. El escritor español Rafael Argullol realiza un análisis al respecto. Me has ganado en escribirlo Argullol, pero mejor que fue así:

El otro día -quizá como preparación del día de Sant Jordi- emitieron en televisión Fahrenheit 451, película de François Truffaut sobre el relato de Ruy Bradbury. Se trata, ya saben, de la escenificación de un mundo en que los libros son perseguidos y quemados por parte de un cuerpo singular de bomberos que, en lugar de apagar incendios, se dedica a propagarlos, siempre que haya letra impresa por medio. Con algún anacronismo, la película conserva una gran intensidad visual. En cuanto a su diagnóstico profético, le sucede lo mismo que a las novelas de Orwell y Huxley: acierta en cuestiones esenciales, aunque es incapaz de prever los grandes cambios tecnológicos. Eso le otorga un cierto aire naïf tanto al contrastar la maldad como al sugerir la resistencia al mal.

Al contrario de lo que pronostica la película, como demuestra festivamente el día de Sant Jordi, estamos rodeados de libros, aunque en su mayoría nunca serán leídos y con mucha probabilidad, serán destruidos sin que ningún lector haya asomado la nariz en ellos (bajo la dictadura de la novedad los editores se han convertido, ellos mismos, en destructores sistemáticos de sus propios libros).

Lo curioso del caso es que, aun disponiendo de tantos libros, nuestros contemporáneos tienen la misma mentalidad que los habitantes de la película de Truffaut: en ambos casos se trata de una rabiosa necesidad de ser analfabetos, pese a que la sociedad haya gastado tanto en su alfabetización. Nuestros contemporáneos, como aquellos personajes ficticios, sienten miedo y desdén por los libros pese a que un día al año se sienten pródigos y compran un libro preferentemente televisivo. El olfato de Truffaut funciona con lustros de antelación: la verdad está en el marco publicitario que alecciona a los analfabetos a través de la pantalla.

La voluntad tenaz de analfabetismo coincide con la obsesión de unos seres humanos que creen que la felicidad reside en un igualitarismo por abajo. "Cuanto menos personas más felices seremos". Un buen lema antiilustrado que preside la película de Truffaut y nuestra vida social. Entre Sant Jordi y Sant Jordi, todo un año de Fahrenheit 451 en los cerebros.

Editores Vs. Autores


Wolff.


Una discusión de nunca acabar. Acantilado publica por estos días el libro Autores, libros, aventuras, del desaparecido editor alemán Kurt Wolff. Una obra vigente hoy día. Aquí un aparte pequeño, pequeñísimo:

Llevo cincuenta y cinco años oyendo la pregunta: «¿Dónde aprendió usted su oficio?». La respuesta es siempre la misma: en ninguna parte.

Se me antoja un atractivo especial de nuestra profesión el que no pueda aprenderse. Me contestan: «¿No sería útil haber trabajado en una imprenta y taller de encuadernación?». ¿Por qué? Yo no pretendo ni componer ni imprimir ni encuadernar libros. O me dicen que al menos sería deseable haber trabajado una temporada, aunque fuera corta, en una librería. ¿Por qué? Desde los doce años he pasado horas y horas, casi a diario, en librerías, tanto en mi país como cuando estaba de viaje. Me es indiferente estar a un lado o al otro del mostrador, ser comprador o vendedor. Quien siente pasión por los libros y por la profesión de editor se siente como en casa en las librerías. Tampoco creo en la importancia de un título de doctor. Resulta deseable haber leído mucha literatura universal, como es de suponer, y también conocer tres o cuatro lenguas vivas para poder leer uno mismo la literatura extranjera, sin depender de los informes de terceros. Con todo, estos supuestos requisitos tampoco van mucho más allá de lo que suele llamarse «cultura general». Y con eso no se llega demasiado lejos en nuestra profesión.

Yo salí un buen día del Seminario de Germanística de la Universidad de Leipzig y entré, por expresa invitación, en la oficina de Ernst Rowohlt-de mi misma edad y misma fascinación por los libros-, un piso de dos habitaciones en la Königstrasse, 10, de Leipzig, el edificio de la imprenta Drugulin. Y no llevaba conmigo más que lo único fundamental que no se puede aprender pero que es obligado aportar y, además, en abundancia: entusiasmo. Claro está que el entusiasmo tiene que ir unido al buen gusto. Todo lo demás es secundario y se aprende enseguida con la práctica.

Para empezar, eso sí, hay que tener claro en qué línea editorial se desea trabajar. Pero, en el fondo, también eso viene determinado en principio por el gusto y el entusiasmo de cada cual. Por buen gusto no sólo entiendo la capacidad de juzgar y de detectar la calidad de una obra literaria. El buen gusto debería comprender también un sentimiento de seguridad con respecto a la forma-formato, composición, tipo de letra, encuadernación, camisa-en la que debe presentarse un libro. El gusto literario, por otra parte, tiene que estar unido al instinto para saber si un libro tendrá acogida entre una minoría de lectores o si su tema y su forma resultan adecuados para un círculo amplio. Eso determina de manera decisiva las cifras de la tirada y la publicidad del libro, y hay que tener cuidado con no dejarse llevar por el entusiasmo personal y crearse expectativas demasiado optimistas.

Cuando, en aquel entonces, llegué a la oficina de dos habitaciones de Rowohlt-la tercera habitación del piso era su vivienda-, mi entusiasmo no tenía límites; el buen gusto en cuestiones tipográficas, por otro lado, se limitaba a saber si el tipo de letra, la portada, la encuadernación, etcétera, eran bonitas u horrorosas. Hubo de pasar bastante tiempo hasta que fui capaz de decirle al cajista: «dale dos puntos más a los caracteres, pon los títulos en cursiva» y cosas por el estilo. Ahí me aventajaba muchísimo Ernst Rowohlt. Había trabajado en Drugulin y había aprendido mucho. En cuestiones de gusto literario nos entendíamos a la perfección: sus dioses de entonces se llamaban Scheerbart y dey, y no le fue difícil contagiarme su devoción por ambos. Hemos de decir sin falsa modestia que también compartíamos por igual el amor y la veneración hacia el dramaturgo Eulenberg. Y el premio Schiller que recibió por su Belinda pareció darnos la razón.

Chile es más que Chile


Neruda y Mistral.


Igual que haría con Cien años de soledad, La Real Academia de la Lengua española lanza dos libros homenajeando a los dos premios Nóbel de Chile, Neruda y Mistral. En una mesa de conversación me han preguntado si le quitaría el Nóbel a algún escritor, y tajantemente dije en vez de un nombre, le diría dos: Gabriela Mistral y Camilo José Cela. Pero eso es otra historia. Así lo comentan en ABC:

«Este largo cansancio se hará mayor un día, / y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir / arrastrando a su masa por la rosada vía, / por donde van los hombres, contentos de vivir...». La poeta chilena Gabriela Mistral incluyó estos versos en «Sonetos de la muerte», una de sus primeras aportaciones a la literatura latinoamericana. Hoy, cerca de cien años después de aquellos versos, queda atrás el cansancio, y el alma le dice al cuerpo que está contento de recordar palabras. Poesía que llega con fuerza a la Casa de América.

«Puedo escribir los versos más tristes esta noche. / Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido». Los versos de otro chileno, Pablo Neruda, resuenan en la memoria colectiva. Sus poemas de amor y desesperación se convirtieron en un himno transmitido de unas generaciones a otras. Hoy, también sus palabras cruzan el Atlántico para instalarse en Madrid.
La Real Academia Española, la Asociación de Academias de la Lengua Española y la Editorial Alfaguara presentan esta tarde –a las 20 horas en Casa de América– las ediciones conmemorativas «Pablo Neruda. Antología general» y «Gabriela Mistral en verso y prosa», dos ejemplos de las voces de los hijos de Chile que el Premio Nobel reconoció como voces de América.
En el acto, que coincide con la Feria del Libro, participarán el director de la Real Academia desde 1998, Víctor García de la Concha; el filósofo y miembro de la Academia, Emilio Lledó; y los poetas Luis García Montero y Clara Janés.

31.5.10

La editorial Siruela y los clásicos


Logo de la editorial.


Grandes obras de la literatura de todos los tiempos, presentadas en un formato actual y prologadas por destacados autores contemporáneos a quienes esos libros imperecederos dejaron huella, es la columna que vertebra “Tiempo de Clásicos”, una nueva colección del sello español Ediciones Siruela.

Con el número uno y dos, han salido Eugenia Grandet, de Honoré de Balzac; y Cumbres borrascosas, de Emily Brontë; el primero prologado por el peruano Mario Vargas Llosa y el segundo por el español Alejandro Gándara.

Eugenia Grandet es uno de los personajes “más esmeradamente construidos por el genio de Balzac”, uno de los “más grandes novelistas del siglo XIX”, autor de La comedia humana, “la más extraordinaria saga novelesca de la literatura”, según Vargas Llosa, a quien le “parece mentira” que en tan sólo 51 años de vida le diese tiempo a escribir tanto, “emprender disparatados negocios y vivir pintorescas aventuras”.

De Cumbres borrascosas, Alejandro Gándara afirma que es uno de los mejores ejemplos que existen de la llamada “literatura inmortal”, es, añade en el prólogo, una de las obras mayores de todos los tiempos, escrita además con “esas palabras destinadas a pesar en el corazón humano y en el de la vida”.

Cumbres borrascosas, la única novela que escribió la poeta Emily Brontë, es además la “obra de cabecera” de la directora de Siruela, Gloria Grande de Andrés, quien ha dicho que la colección “Tiempo de Clásicos”, recién inaugurada, es “un valor seguro en todas las épocas, no sólo en las de crisis”.

La colección nace con seis títulos de partida y con la idea de que se mantenga esa frecuencia de publicación cada año, a razón de dos al trimestre, según Grande de Andrés.

El próximo otoño se publicarán Doña Bárbara, del venezolano Rómulo Gallegos, prologado por la mexicana Carmen Boullosa, y Las palmeras salvajes, de William Faulkner, con prólogo de la española Menchu Gutiérrez. Más adelante, está prevista la publicación de Cuentos, de Fiódor M. Dostoievski, con prólogo del mexicano Juan Villoro, y Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, prologado por el español José María Merino.

Después vendrán muchos más, porque —ha subrayado Grande de Andrés— esta colección, que es la primera de Siruela dedicada en exclusiva a los clásicos, “durará muchísimo porque clásicos a reeditar hay miles”.

“Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”, decía el escritor italiano Italo Calvino, “padrino espiritual”, según Grande de Andrés, de esta colección.

Catorce epígrafes extractados de su libro “Por qué leer los clásicos” figuran en la primera página de cada libro de la colección a modo de “emblema”.

“Se llama clásicos”, decía Calvino, “a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos”.

Y éstos de “Tiempo de Clásicos”, ha precisado la directora de Siruela, se presentan con aires de novela contemporánea, en una edición que invita a “leer” y que nada tiene que ver con las colecciones en las que las obras imperecederas de la literatura universal se presentan con una estética dirigida a los “fetichistas” que atesoran libros como “objetos”.

La Colección Roja & Negra, de Mondadori


El primer libro de la Colección.


Una Colección más lanza la gran editorial Mondadori, Roja & Negra. Una apuesta más, y eso hay que celebrarlo. El encargado de inaugurarla es Rodrigo Fresán. Como dice el tarot: velas blancas, muchas velas blancas:

Uno. De todos los posibles subgéneros de la literatura, uno de los más intensos e interesantes es, sin duda, la novela mexicana escrita por extranjeros.

México posiblemente sea el país más y mejor visitado por los escritores de afuera. Y las razones para que esto sea así son tan obvias como misteriosas: por un lado, México limita con Estados Unidos y funciona como frontera mágica donde todo cambia en tan pocos metros.

México como el perfecto punto de fuga o puerta de entrada para personajes que necesitan encontrarse pero, antes, inevitablemente, perderse. Y no olvidar nunca esa sórdida y casi última fotografía de Francis Scott Fitzgerald vestido de charro turístico en Tijuana o a Terry Lennox cambiando de rostro y de nombre allá abajo al final de El largo adiós de Raymond Chandler.

En este sentido, México ofrece todo lo necesario para el drama y la tragedia y, también, la comedia enloquecida. Y por allí, cruzando esa frontera que es geográfica pero también existencial y mística, pasaron o se quedaron para siempre –por citar apenas unos pocos– los antihéroes de La serpiente emplumada de D. H. Lawrence, Serenata de James M. Cain, El poder y la gloria de Graham Greene, Bajo el volcán de Malcolm Lowry, Children of Light de Robert Stone, La última oportunidad de Richard Ford, Todos los hermosos caballos de Cormac McCarthy, Atticus de Ron Hansen, Lejos de Veracruz de Enrique Vila-Matas y Los detectives salvajes de Roberto Bolaño; sin por eso olvidar la sombra perdida de Ambrose Bierce y los innumerables perseguidores de la epifanía beatnik ayudados por cantidades importantes de mezcal y peyote mientras se canta a los gritos “La bamba” o “La cucaracha”.

Bienvenidos a México como patria espiritual de los fugitivos y encandilador agujero negro con picante perfume noir en el que, por lo general, los personajes caen para matar, enloquecer, iluminarse o morir o –como ocurre en El poder del perro, de Don Winslow– hacer todas esas cosas (y muchas más) al mismo tiempo y no necesariamente en ese orden.

Dos. Y una percepción ajustada pero a la vez injusta definiría a El poder del perro como una versión narco-mex de El padrino de Mario Puzo.

Ya saben: la saga que abarca varias generaciones –entre los años 1975 y 2004– de una familia indestructible que, por esas cosas de la vida, se dedica a destruir personas y a fabricar muertos.

Pero El poder del perro no es nada más que eso.

El poder del perro es –sin dudas– el magnum opus de Don Winslow y, también, una impactante y documentadísima enciclopedia del comercio de drogas al sur y al norte del Río Grande.

Digámoslo así: he aquí la Gran Novela Americana del Narcotráfico.

Este libro publicado en el 2005 fue el noveno que firmó Winslow luego de la serie protagonizada por Neal Carey y de varias eficaces novelas que lo acercaban a la picaresca delictiva de Elmore Leonard, entre las que destacan The Winter of Frankie Machine (2006), próxima a ser llevada al cine con Robert De Niro; oscureciendo un tanto su tono con The Death and Life of Bobby Z (1998) y California Fire & Life (1999) y The Dawn Patrol (2008), donde se ofrecen postales del ambiente surf-drogadicto de California del Sur.

Todo bien. Muy divertido. Tramas bien aceitadas y sorpresas.

El poder del perro –insisto– es otra cosa.

El poder del perro es algo grande y rabioso.

Una enferma exhibición de atrocidades curada con la misma metodología de roman à clef y de historia alternativa que patentó el inmenso James Ellroy (admirador confeso de El poder del perro) para su Cuarteto de Los Angeles y su hasta ahora díptico compuesto por América y Seis de los grandes. Ellroy la compara en intensidad y logros a la ya clásica Dog Soldiers de Robert Stone, publicada en 1974, donde la mercancía llegaba desde Saigón. De acuerdo. Pero el lienzo en el que pinta Winslow es, seguro, más amplio y ambicioso.

Winslow –nacido en Nueva York en 1953 y quien alguna vez trabajó como actor, encargado de sala de cine, guía de safari y detective privado– demoró más de seis años en documentarse y escribir El poder del perro. Y esta dedicación se nota en todas y cada una de sus líneas y rayas, para acabar ofreciéndonos cómo se trazó el mapa de la ruta Colombia/Honduras/México/EE.UU. para transportar la droga desde las plantaciones del Tercer Mundo hasta las narices y brazos del Imperio.

Y por último pero no en último lugar, El poder del perro es, sin por eso renunciar por un segundo a la velocidad del más vertiginoso de los entretenimientos, ya desde sus bestiales y casi alucinatorias primeras páginas, un profundo tratado sobre la moralidad y la ética y lo que ocurre cuando éstas desaparecen para dar lugar a una batalla con demasiados frentes abiertos y donde, por lo tanto, no cabe siquiera la posibilidad de una retirada en busca de la retaguardia.

Así, El poder del perro es un thriller sanguíneo y sangriento y sanguinario –advertencia: algunas de sus escenas de torturas harían palidecer hasta al más curtido Sam Peckinpah– con aceitada mecánica de tragedia shakespeariana, donde todos aúllan y también usan los dientes, y donde un hombre solo –como aquel perturbado y perturbador príncipe dinamarqués– comprende que hay algo que huele a podrido en México y sus cercanos y distantes alrededores, que –no importa que incluyan hasta al Hong Kong de los traficantes de armas– nunca están lejos.

El crimen, se sabe, acerca a las personas.

Tres. El centro moral de El poder del perro –su héroe a pesar suyo– es el medio mexicano y el desilusionado veterano de Vietnam y honesto agente de la DEA Art Keller.

Un hombre que, a lo largo de veintinueve años, se relaciona –gracias a una juvenil y deportiva amistad con los hermanos Barrera y su patriarcal padre– con los clanes y carteles que componen y se reparten el negocio de la droga en México y su tráfico hacia los Estados Unidos, con la mafia encargada de su distribución y con la corrupta oficialidad norteamericana encargada de “combatir” el asunto sin por eso privarse de recibir grandes beneficios.

Y no es casual que Keller en algún momento sea definido como “un cowboy” porque, antes que nada y después de todo, El poder del perro no deja de ser un western. O –para ser más puntual y cardinalmente precisos– un southern. Una sucesión de duelos cada vez más concéntricamente cerrados hasta alcanzar ese núcleo y clímax del enfrentamiento final y definitivo luego de que Keller comprenda que todo ha llegado a su fin para no terminar nunca y que la DEA no es una entidad justiciera sino, apenas, un organismo regulador y administrativo. Y está claro que la historia empieza aquí pero no termina ni tiene final a la vista. Alcanza con leer los titulares de ayer y de hoy y de mañana: cabezas cortadas sobre el suelo de una discoteca, juglares privados cosidos a balazos por un rival al que no le gustan sus canciones, fusilamientos masivos, sicarios que se confiesan todos los domingos besando la cruz y las procesiones de alijos por paisajes donde las catedrales de la codicia tienen cimientos de pirámides sacrificantes.

De este modo y con estos modales –ya se dijo– El poder del perro divierte (ladra) sin privarse de denunciar (muerde) y bienvenidos al incesante desfile de transparentes máscaras apenas escondiendo al “Señor de los Cielos” Amado Carrillo Fuentes, a Ernesto “Don Neto” Fonseca, a los temidos hermanos Arellano, al cardenal Posadas, al gangster de Hell’s Kitchen Mickey Fetherstone, al agente encubierto y torturado Enrique “Kiki” Camarena, al Don mafioso Paul Castellano, al candidato a la presidencia Luis Donaldo Colosio y al coronel Oliver North entre muchos otros.

Un crítico norteamericano escribió que “si el diez porciento de El poder del perro fuera verdad sería algo horripilante. Que el noventa por ciento pueda ser cierto resulta casi insoportable”.

A lo que Winslow respondió: “Hay personajes ficticios y en más de una ocasión he mezclado y fundido acontecimientos; pero hay muy poco en el libro que no haya realmente sucedido. Eso es lo que da miedo. Mi editor se la pasaba diciéndome ‘Don, esto es demasiado’ y yo le respondía: ‘De acuerdo, yo pienso lo mismo. Pero es verdad’. De ahí que la escritura del libro no haya sido, en más de un momento, un trabajo agradable”.

Winslow –quien viajó a México y a varios de los lugares donde transcurre la novela para hablar con gente metida en el negocio– agregó: “El sistema es sencillo: hay que respetar las reglas. Les comuniqué a mis entrevistados que jamás pondría sus nombres pero sí sus puntos de vista. Y les dije que, si no hablaban conmigo, en cualquier caso yo escribiría el libro; así que lo mejor para todos era que el libro fuera lo más fiel y verdadero que fuera posible…

”El punto de partida, el primer impulso, me vino luego de leer acerca de una masacre de niños y mujeres, por un asunto de drogas, que tuvo lugar en Baja California, en México, en 1988. Me pregunté entonces cómo se podía llegar a ordenar la ejecución de algo así, cómo llega alguien a este punto. Supongo que escribí El poder del perro buscando una respuesta. Y lo cierto es que todavía estoy buscándola. Si alguna vez la encuentro, me encantará poder compartirla con todos ustedes”.

Mientras tanto y hasta entonces, ahí están todos, corriendo mientras suenan los corridos y son muchos los que mueren en México gritando aquello de “¡Que viva México!”.

Las editoriales ¿digitales?


Yo quiero este ebook...


No creo que las editoriales se conviertan del todo a la era digital en los próximos años. Pero... ¿Cuánto tiempo? Así lo describen en el ADN:

¿La industria editorial española se zambulle en las aguas digitales? No tanto. Hace unas semanas se anunció en Madrid el inminente lanzamiento de Libranda, una plataforma de distribución de libros digitales liderada por Planeta, Santillana y Random House Mondadori. La iniciativa promete ampliar el catálogo de libros electrónicos en castellano: once editoriales pondrán sus fondos digitalizados a disposición de librerías. Por el momento, sin embargo, el lector no tendrá acceso directo a la plataforma. El detalle no es menor: las editoriales optaron por no descuidar el canal que actualmente representa el 90% de su negocio, y así lanzan un proyecto que responde más a una estrategia defensiva que a un aprovechamiento cabal de las ventajas del ecosistema digital.

Si bien no podrán comprar y vender los ebooks directamente en Libranda, lectores y autores tendrán su beneficio: el precio final de los libros electrónicos será un 30% menor que el del ejemplar en papel, y los autores recibirán un 20% del precio de venta, el doble que el que reciben por un ejemplar en papel.

Hasta la llegada de Libranda, la gran plataforma de libros electrónicos en español ha sido TodoEbook, que reúne a más de 400 editoriales españolas pequeñas y medianas, con una oferta de 20.000 títulos, provenientes en su mayoría de colecciones de no ficción y obras cuyos derechos están bajo dominio público. Ahora, entre ambas plataformas concentrarán el 95% de la oferta de ebooks en español.

La expansión del mercado de libros electrónicos será consecuencia del crecimiento de los eReaders, una escena hoy dominada por el Kindle, el artefacto de Amazon, pero seriamente amenazado por el Ipad de Apple. Si bien este último es más que un lector de libros electrónicos, un dato revela hasta qué punto su lanzamiento hace temblar los cimientos de la naciente industria del ebook. Según una reciente encuesta, el 60% de los americanos escuchó hablar del Ipad mientras que sólo el 37% del Kindle.

De este lado del océano, Musimundo abrió la primera tienda virtual que comercializa libros electrónicos en el país. Construida sobre la plataforma de Bibliográfika, que integra librerías y editoriales para la impresión, distribución y comercialización de libros por demanda, hoy ofrece un generoso catálogo de 20.000 libros.

Simone de Beauvoir


Simone de Beauvoir.


Aquella mujer que acompañaba y se separaba, y volvía a la vida de Sartre, Beauvoir, fue la mujer más exquisita en las letras francesas. Ahora Daniele Sallenave realiza una magna biografía. Lo comentan en El País:

No es fácil adentrarse en una vida como la de Simone de Beauvoir tan regida, como la de Sartre, por la idea de destino. Simone de Beauvoir se prometió a sí misma, ya en la adolescencia, crearse una poderosa coraza y al mismo tiempo se prometió una cierta desnudez, un cierto despojamiento moral y emocional, a la manera en que lo proponía Michel Leiris en La literatura considerada como una tauromaquia, reflexión que la incitaría a escribir sus memorias.

Pero ¿las corazas pueden ser compatibles con la desnudez? En cierto modo sí. Para poder vivir, y para poder triunfar (y Simone se vio desde muy niña como triunfadora) en un mundo de hombres se exigía mucha fortaleza, circunstancia que no le iba a impedir explorar todas las formas de la mentira y la verdad, con generosidad, con obcecación, con rebeldía, con odio, con amor, con rabia y a veces también con desesperación.

A lo largo de seiscientas apretadas páginas, Danièle Sallenave va indagando en los vacíos que dejan todas las obras de Simone de Beauvoir, desde los Cuadernos de juventud a La ceremonia del adiós, atendiendo a lo que dice, pero también y sobre todo a lo que no dice, porque no pudo o porque no quiso. "No pienso contarlo todo", avisó en su momento Simone de Beauvoir, pero, como asegura Danièle Sallenave, a veces puede ser difícil creer que la autora de Los mandarines no lo contó todo, pues la escritura de la Beauvoir tiende a ser un tejido sin fisuras, claro y contundente, sin demasiados rodeos y a la vez apoyada en una sólida construcción, sometida a un objetivo constante que ella misma definió precozmente de la siguiente manera: "A los quince años deseaba que algún día la gente leyera mi biografía con emotiva curiosidad; si quería convertirme en una autora conocida era con esa esperanza. Después pensé, a menudo, escribir yo misma mi vida". Ese mismo año vuelve a insistir en su deseo de ser una "escritora célebre". Simone codicia ese futuro "por encima de cualquier otro", y desea una gloria "tan íntima como universal". Más tarde, cuando decida al fin escribir sus memorias, volverá a la concepción original, anclada en su adolescencia, y a su decisión de "hacer de su vida una experiencia ejemplar en la que se refleje el mundo en su totalidad". Como vemos, nunca le faltó ambición.

Ya en los Cuadernos de juventud, escritos hacia los dieciocho años, Simone de Beauvoir se juzgaba a sí misma con rabia, con crudeza, con distancia, con proximidad..., y ya entonces hacía balances, examinaba sus posibles progresos, iba construyendo, voluntaria y ardientemente, su propio destino, con un rigor tan constante como inimaginable en nuestros días.

A través de las exploraciones oblicuas y exhaustivas de Danièle Sallenave, de sus idas y venidas, de su mirada incisiva sobre los momentos en que la vida de la Beauvoir hace ángulo consigo misma, vamos conociendo sus amistades, sus amores, sus fobias, sus iras, su anhelo de conquistar la más alta coherencia y la más clara articulación de la vida y de la obra, su ironía, su sarcasmo, sus mentiras, sus verdades, su lucha incesante por una nueva definición de la mujer y por un nuevo universo pasional: todo un mundo individual y colectivo desplegándose ante nosotros y permitiéndonos acceder, no sin asombro, a una época, hoy abolida, en la que los intelectuales representaban la conciencia de la sociedad; estatus que mantuvieron aún en el periodo estructuralista, y que se desmoronó con la llegada de la posmodernidad, la descomposición del criterio, y la corrosión de todo un sistema de valores y jerarquías profundamente tributarias del humanismo (incluso del humanismo existencialista), al que nunca fueron ajenos ni los intelectuales de posguerra ni los de más tarde. Entre ellos hubo auténticos mandarines: Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir lo fueron, y ni les faltó relevancia ni les faltó autoridad. El excelente libro de Danièle Sallenave da buena prueba de ello, a la vez que nos muestra los pliegues de una mujer que ya en su juventud se dio a sí misma la siguiente orden: "Construiré una fuerza en la que me refugiaré para siempre". Hay algo de aterrador en estas palabras que nos muestran una voluntad férrea y decidida a determinar la propia vida, "tallándola" con placer y con ira sobre la intransigente "roca de los días". Las mentiras que pudo perpetrar respecto a su relación con Sartre estaban guiadas por ese empeño de hacer de su existencia, y de la de Sartre, una experiencia demasiado ejemplar, olvidando que la realidad nunca es tan simbólica como el deseo.

28.5.10

Poema del Viernes # 19


Pere Gimferrer (Barcelona, 1945)


Este poema le mereció en su momento el Premio Nacional de Poesía española a Pere Gimferrer. A la edad de 18 años. A partir de allí, todo empezó para el catalán. Sin duda, uno de mis poetas preferidos.

ARDE EL MAR


Oh ser un capitán de quince años
viejo lobo marino las velas desplegadas
las sirenas de los puertos y el hollín y el silencio en las barcazas
las pipas humeantes de los armadores pintados al óleo
las huelgas de los cargadores las grúas paradas ante el
cielo de zinc
los tiroteos nocturnos en la dársena fogonazos un cuerpo
en las aguas con sordo estampido
el humo en los cafetines
Dick Tracy los cristales empañados la música zíngara
los relatos de pulpos serpientes y ballenas
de oro enterrado y de filibusteros
Un mascarón de proa el viejo dios Neptuno
Una dama en las Antillas ríe y agita el abanico de nácar
bajo los cocoteros.

El adiós de una editorial


Logo de la editorial.


La mítica editorial Bruguera cierra definitivamente en 2011. Después de un retorno prometedor, las cosas no han salido del todo bien. Así lo reporta ABC:

La histórica Editorial Bruguera, que fue cerrada en 1986 y que inició una nueva andadura en 2006 bajo la dirección de Ana Maria Moix, dejará de publicar en 2011, al no haber conseguido "cuajar" en el mercado literario, según ha confirmado el director editorial de Ediciones B, Ricardo Artola.
Artola ha asegurado que los títulos que ya están contratados van a publicarse hasta finales de este año, pero ha reconocido que no se iniciarán gestiones para nuevos libros.
La crisis económica, en su opinión, "no ha ayudado en nada en la pervivencia del sello, que no ha conseguido cuajar en este momento". Asimismo, ha señalado que la poeta y narradora Ana María Moix fue despedida a finales de abril. "Respeto la gran labor de Ana María -ha proseguido Artola-, pero las circunstancias del mercado no han permitido al sello Bruguera alcanzar un mínimo de entidad".
¿Problemas de tesorería?Desde el año 2006 hasta la actualidad se han publicado un centenar de libros como "El faro", de P.D. James; "Lukumi", de Alfredo Conde, y "El amante extremadamente puntilloso", de Alberto Manguel, aunque los dos títulos más vendidos y con un mayor impacto han sido los dos volúmenes de memorias de la editora Esther Tusquets, "Habíamos ganado la guerra", y "Confesiones de una vieja dama indigna".
Por otra parte, Artola ha querido desmentir que el V premio Bruguera de Novela fuera declarado desierto hace unos meses por falta de recursos económicos, de la misma manera que ha negado que existan "problemas de tesorería" en Ediciones B, del grupo Zeta.

25.5.10

El principiante de Raymond Carver


La edición, por Anagrama.


La polémica es bien conocida. Gordon Lish "arreglaba" los finales, sobre todo, de los cuentos de Raymond Carver antes de ser publicados. Alessandro Baricco hace un inteligente análisis para este caso en algún número de la revista El malpensante. Claudio Zeiger se interna de nuevo en esta discusión para Radar libros, a propósito de la nueva edición de Principiantes:

La lectura de Principiantes es una experiencia literaria singular, no nos atrevemos a decir única pero sí bastante llamativa. Y muy intensa. Sobre todo tratándose de un autor como Raymond Carver, dueño de una particular consagración (la consagración de los previamente derrotados, de los previamente perdedores) a puro talento, coronación de un esfuerzo sobrehumano por llegar a ser escritor, de una lucha conmovedora, en definitiva, por el reconocimiento. Pero resulta que en la mitad de ese esfuerzo, de esa pugna por “llegar” se topó con el bienhechor hoy convertido en villano de la película: el editor Gordon Lish, su mentor desde los años ’60, quien lo llevó a la cima con la publicación de De qué hablamos cuando hablamos de amor. Ahora, la aparición de la versión original de esos cuentos bajo el título Principiantes, revela (ya se sabía, pero aquí se aportan las pruebas contundentes) que Lish los mutiló horriblemente, sobre todo a los relatos más largos, los más dotados de trama y sentido. Hubo un pacto entre ambos pero también un indiscutido abuso del editor. Lish cumplió: lo volvió un escritor consagrado de la (casi) nada. Pero puede pensarse que a pesar del éxito, el hachazo le dolió a Carver en lo más recóndito, y que por eso, tarde o temprano, en vida o a su muerte, se deberían dar a conocer los textos originales.

Muchos otros escritores sabían del enorme abismo que había entre las dos versiones de los libros. Y también es cierto que cuando se publicó el otro libro célebre de Carver, Catedral, Lish contuvo la mano. Los cuentos de Principiantes se parecen mucho más a los de Catedral que a los de De qué hablamos... El mito se consolidó pero la historia no se revirtió: Raymond Carver moría en plena fama (propia y de Lish) en 1988. Diez años después comenzaría a revelarse el “affair Lish” y ahora se cierra el círculo con la versión original de sus primeros relatos.

Cuenta la leyenda que tras una vida difícil signada por el alcoholismo, los múltiples trabajos mal pagos, una vida peregrina, un matrimonio complicado, Raymond Carver conoció unos pocos años de gloria literaria y murió acunado en ella, breve gloria, breve cielo tras breve cárcel. Fueron en particular esos dos libros los que consolidaron la leyenda del gran ex bebedor: De qué hablamos cuando hablamos de amor y Catedral; el primero se publicó en 1981. Hasta entonces Carver había publicado en revistas literarias, la mayoría de ellas universitarias, y un volumen de 1977 llamado Furious Seasons and Other Stories (cien ejemplares de tapa dura numerados y firmados por Carver, y 1200 ejemplares en rústica). Cuando entregó sus cuentos al editor Gordon Lish, sabía que su gran oportunidad estaba cerca, pero que, también, probablemente era la última. Según informan los editores de Principiantes (William Stull y Maureen Carroll) en el prefacio:

“Tres meses antes de llevar su original a Nueva York, en mayo de 1980, Carver escribió a Lish diciéndole que tenía entre manos tres grupos de relatos. Los relatos de uno de estos grupos habían aparecido previamente en revistas de difusión restringida o en alguna editorial pequeña, pero nunca habían sido publicados por una gran editorial. Los del segundo grupo bien habían aparecido o estaban a punto de aparecer en varias publicaciones periódicas. Un tercer grupo, el más pequeño, lo integraban relatos nuevos aun en forma de texto mecanografiado”.

Gordon Lish hizo una operación de corrección que en definitiva cercenó más del cincuenta por ciento del material entregado. Según informan los editores, “las historias originales de Carver se han recuperado transcribiendo las palabras mecanografiadas que están debajo de las modificaciones y tachaduras manuscritas de Lish”.

Resulta muy difícil, al leer Principiantes, no recurrir a la permanente comparación de las versiones entre este libro y el “original”. En algunos casos –los relatos más breves, varios muy conocidos como “¿Por qué no bailan?” o “Visor”– son similares y están “corregidos” para lograr el efecto Hemingway de la entrelínea, el corte y el fragmento significativo. Pero en relatos largos como “Si ello te place”, “Tanta agua tan cerca de casa”, “Dummy” (títulos originales) se trata, como opinó Philip Roth, de verdaderas mutilaciones. En este punto, y sobre todo para los escritores norteamericanos, se abre un debate sobre el rol de los editores (sobre todo a la manera intervencionista del editing), pero más allá de la gran polémica americana, Principiantes permite una relectura y una consideración estricta sobre la obra de Carver. Y un reencuentro.

Waldo Leyva, ganador del X Premio Casa de América de Poesía


Leyva.


El cubano Waldo Leyva ¿? mereció el X Premio Casa de América de Poesía. Recordemos que la versión anterior se la llevó Juan Manuel Roca. Así lo comentan en Cuba:

El poeta cubano Waldo Leyva mereció el Premio Casa de América de Poesía por su libro "El rumbo de los días", dieron a conocer los organizadores de ese certamen en la ciudad española de Granada.
En el acta difundida por esa institución madrileña, que coauspicia el concurso con la editorial Visor, se expresa que la obra de Waldo Leyva coincide con el objetivo de un proyecto que persigue estimular la nueva escritura poética en el ámbito de las Américas.
El Premio Casa de América de Poesía le fue otorgado a Leyva por el voto mayoritario de un jurado integrado, entre otros, por los españoles Luis García Montero, Jesús García Sánchez y Andrés Pérez Parruca.
El poeta y ensayista cubano Waldo Leyva tiene una fecunda obra literaria, en la que también destaca su reciente título "Asonancia del tiempo".

Todos somos amigos de lo ajeno


La portada.


Así se titula el reciente libro del poeta y narrador José Zuleta. Esta obra es la ganadora del Premio Nacional de Cuento 2009, y lo ha publicado Alfaguara. Dice Roberto Rubiano Vargas del libro:

Diversos personajes y situaciones habitan este conjunto de cuentos: un colombiano que limpia baños en Barcelona tiene un encuentro con una mujer gracias a un particular encierro, un hombre solitario sobrevive en una estación de buses a punta de olvidos ajenos, el dueño de una imprenta decide redactar libros para mantener a flote su negocio, dos niños siguen la vida de un par de canarios abandonados en el jardín vecino, un galante inquilino genera estragos en una casa familiar, un concurso de cuento y novela entraña un misterio, una crupier rusa intenta salvar a su padre robando un casino colombiano, una muerte simultánea produce una confusión de sonrisas y cadáveres.
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De Cali a Barcelona, de Medellín a Buenos Aires, de las provincias a las capitales, José Zuleta se decide por personajes sencillos que viven historias extraordinarias gracias a su espléndida manera de vislumbrar los detalles más comunes o más asombrosos de la vida.
Este volumen está compuesto en su mayoría por los cuentos que hicieron parte del título que mereció el Premio Nacional de Literatura a Cuento Inédito 2009 del Ministerio de Cultura, junto con algunos de los más representativos relatos escritos con anterioridad por el autor.
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«Estos cuentos hablan de gente que cuenta cuentos y hasta crea concursos de cuento. Es el trabajo de un cuentista de vocación. Uno de aquellos escritores que invierte su vida en pulir la palabra, la escena, el argumento - con paciencia de joyero -, para conseguir esa rara iluminación que ofrece un relato bien logrado.»

Por si acaso, José Zuleta se encuentra, al igual que este blogger, en la Colección Los Conjurados.