1.4.11

Poema del Viernes # 64


Francisco Brines ( Oliva, España, 1932)


LA PIEDAD DEL TIEMPO

¿En qué oscuro rincón del tiempo que ya ha muerto
viven aún,
ardiendo, aquellos muslos?

Le dan luz todavía
a estos ojos tan viejos y engañados,
que ahora vuelven a ser el milagro que fueron:
deseo de una carne, y la alegría
de lo que no se niega.

La vida es el naufragio de una obstinada imagen
Que ya nunca sabremos si existió.

Sólo pertenece a un lugar extinguido.

30.3.11

Dos años


Pronto seremos viejos.


Llevo un tiempo largo – dos meses – en que no posteo regularmente. Máximo dos cosillas a la semana, y mi idea desde que comenzó este blog, siempre se encaminó a hacerlo a diario. Resultó por casi dos años. Varios motivos personales y no tan personales dejaron fuera de sitio a Tierraliteraria en mi vida. Sin embargo, me encuentro con la grata sorpresa que, en lugar de disminuir los visitantes, aumentan. Me impresiona eso. Algunos furtivos llegan de repente y se quedan. Eso es muchísimo mejor. Quédense. Aguarden. La próxima semana volverá este blogger a colgar diariamente, como era su costumbre. Hoy resulta que son dos años de escribir en este blog. Dos años muy fructíferos e interesantes en mí como creador, escritor, lector y superviviente de este mundo. Tal es el motivo de volver. Volver, retornar al vientre, como diría Bachelard. Regresar dejando atrás los pájaros dormidos. Esto quería anunciar. Más que por ustedes, lo haré por mí. Lo necesito. Los necesito. Necesito este blog. Necesito escribir. He renunciado a mi trabajo. Dos meses más para dejar cosas en orden en mi oficina como ingeniero electrónico y ya está, sanseacabó. Seguramente cruzaré en algunos momentos las calles del hambre de Bukowski, pero no importa. El hambre es necesaria. Hace parte de la existencia, pero sé que a nadie le agrada sentirla. Qué puedo hacer, si para seguir respirando necesito escribir, y mi trabajo no lo permite. Dylan Thomas tenía razón, cuando lo entrevistaron en algún momento para la cadena donde trabajaba, la BBC: "Me pregunta usted si amo la literatura. La respuesta es no. Es más, no estoy enamorado de la poesía. Estoy enamorado de las palabras”. La ingeniería tiene todo, menos palabras. La palabra, señores, para seguir viviendo. Dejar de vivir, y comenzar a sentir. Sentir. La clave está en sentir.

25.3.11

Poema del Viernes # 63


Gonzalo Márquez Cristo ( Bogotá, Colombia, 1963)

OFICIO DE OLVIDO

Una mujer se besa en el espejo, se oculta con su alma, el agua es su soledad.

Un niño escondido en un armario intenta morir.

Las lágrimas de un hombre caen en su taza de café.

Una adolescente con el índice detiene la manecilla del reloj y se estremece.

En el viento hay un mensaje que no comprenderemos.

Tu sombra se rebela.

Nos preparamos para huir de todo lo que amamos.

Quien no parta será olvidado.

El viento dialoga con el fuego.

Espero mi voz.

Viajar también es lo contrario a la muerte.

Mientras la semilla engañe al pájaro no estaremos perdidos.

Nos amaremos en otros rostros.

Nadie se oculta en la memoria.

¿Vendrá alguien a enterrar nuestros nombres?

Los cinco grandes cafés literarios del mundo


Desde Borges hasta Saramago.


De taller en taller, primero como asistente y ahora como coordinador, he comprendido la fuerza inigualable de los cafés literarios. Las mejores charlas literarias se encuentran allí, en los bares, en las cantinas, en los cafés. Aquí los cinco grandes cafés literarios del mundo:

1. Gran café de Oslo

A pesar de ser lugar de encuentro d anarquistas y artistas plásticos que se escapaban de la Europa industrial, Henrik Ibsen fue su cliente más conspicuo. Llegaba siempre después del mediodía, pedía un sándwich y escribía. Tanto que pasar por el Grand Café y espiar al dramaturgo fue una atracción turística del Oslo de la época.

2. Le lapin agile de Montmartre

Antes de convertirse en el hogar de la alegre bohemia de Montmartre fue llamado Guarida de los Ladrones y El Cabaret de los Asesinos. A principios del siglo XX allí se encontraban Picasso, Braque, Modigliani, Gillaume Apollinaire y Max Jacob, entonces desconocidos.

3. Café Tortoni en Buenos Aires

Dice la leyenda que debe su nombre a un café en París que reunía a la élite cultural del siglo XIX. A partir de 1926 la Agrupación de Artes y Letras se congregaba en el subsuelo y por sus mesas pasaron Alfonsina Storni, Roberto Arlt, Ortega y Gasset y Jorge Luis Borges.

4. The Algonquin de Manhattan

En los años treinta, la primera camada de periodistas del New Yorker, su editor Harold Ross y escritores como la ácida Dorothy Parker se reunían en el bar del Hotel Algonquin, a pocas cuadras del edificio de la revista. Conformaron The Vicious Circle (el círculo vicioso), también conocido como la Mesa Redonda del Algonquin, famoso por sus almuerzos y borracheras.

5. The Foreign Correspondents Club en Hong Kong

Su inauguración en 1949 ha sido el lugar preferido de periodistas e intelectuales occidentals expatriados. El thriller de espionaje El honorable colegial de John le Carré ambientado en este bar, sin embargo, fue lo que lo convirtió en un mito literario.

18.3.11

Poema del Viernes # 62


Jaime Siles (Valencia, España, 1951)




EL CORAZÓN DEL AGUA

Remos, mareas, olas.
Un murmullo impreciso perpetúa
la oculta faz del imposible aliento.

Una gota de sal disuelta llama
sobre un pecho pretérito
buscándote.

Un párpado de luces diminutas
donde tus dedos tocan el azogue.

Un latido oxidado que penetra
y lame y teje y corta claridades.

Sólo existir perdido
donde el agua
multiplica su rostro en otras ondas.

11.3.11

Poema del Viernes # 61


Henry Alexánder Gómez (Bogotá, Colombia, 1982)


FREDDIE MERCURY

Es el mismo cuerpo de todos estos años,
ese que danza y se dilata
y que ahora descansa a un costado de la uña de la noche.
Dibuja sobre él un pez que no se asfixie cuando salga del agua,
el bastón de un niño ciego que no se asombre
cuando se vea en el espejo.
Mi herida vale menos que un centavo; habita allí una jauría
de caballos azules y una piedra que rueda lentamente.
Cuando la cara oculta de la luna baje en picada
y se refleje en la masa de árboles, cuando vuelva sobre mí
el ala invertida de un grito en el sueño, será mi ocaso.
Cubriré con mi piel todo rastro de sequía o de lucidez.
Romperé el cántaro, regando así todo verbo.
Daría todo por ver a la lluvia detenerse, por ver nacer
el sol en occidente. Esta noche, el vacío salta al vacío
y cae como una pestaña al abismo interminable.

4.3.11

Poema del Viernes # 60


Joaquín Pérez Azaústre ( Córdoba, España, 1976)

LA GRAN GUERRA

Te he buscado
perdido por la lluvia
que arrasa la nación estas semanas.
El tráfico de gestos en las calles
húmedas y cargadas de silencio
me dice que tu rostro podría ser cualquiera.
Lejos quedaron ya los días del festejo,
tú admirada por mí, por mi uniforme,
repartidos tú y yo por las esquinas,
soñando en el café nuestros destinos,
el ambiente insensato de alborozo,
de tu mano el periódico doblado
con grandes titulares celebrando la guerra.
Nunca amamos, sin duda, como entonces.
Días de permiso, hoteles viejos.
Un fantasma de gas me espera en la ventana,
tú corres las cortinas y te tiendes,
no sabes qué podrá pasarnos luego.
No pides más que este lugar y este ahora,
un recodo de hotel
donde el amor habita en un instante.
Hoy he vuelto. La guerra la perdimos.
Perdimos la gran guerra; estamos muertos.
Alguien quedó dormido en los alambres,
mis amigos se enredan
en el frío de cada amanecer.
Visito cada tarde a sus familias.
Me miran como a un ser de tierra extraña.
Les pregunto por ti, si no te han visto.
Todas las chicas se parecen ahora,
llevan todas el mismo traje gris,
la misma sombra larga,
son espectros delgados
ocultos de la luz.

Te he buscado
perdido por la lluvia
que arrasó la nación esas semanas.
El tráfico de gestos en las calles
húmedas y cargadas de silencio
me dice que tu rostro podría ser cualquiera.
Es posible que tú me reconozcas.
Entonces yo me miro en los espejos,
en los ojos ausentes de soldados que vuelven.
Somos todos el hombre derrotado.

También tú,
si me estuvieras buscando,
podrías confundirme con cualquiera.

25.2.11

Poema del Viernes # 59

Felipe García Quintero (Bolívar, Colombia, 1973)


SIN TÍTULO

Mi casa, como el desierto, no tiene techo ni puerta, sólo boca.

Mi casa, como la piedra, no posee vigas ni cimientos, sólo una mano empuñada la sostiene.

Esta casa la he construido quitando ladrillos y entregando mis huesos al vacío que resta.

La casa es oscura como mi voz en los corredores.

Vivo en la casa que camino. La que acecho y me persigue como el gusano tras la carne enferma.


A cada grito se levanta; con cada silencio la destruyo.

18.2.11

Poema del Viernes # 58


Tomás Segovia (Valencia, España, 1927)


DICHO A CIEGAS

Di si eran éstas las palabras
Míralas bien
Córtalas con cuidado
Y vamos a guardarlas
Sepultadas debajo de la casa
Tesoro rescatado
Devuelto al culto
Palabras guarecidas
Mantenidas en vida
Que de secreto se alimentan
Reverenciadas en su catacumba
Ocultas mientras dure afuera
la locura lasciva del lenguaje
Para sólo sacarlas
Cuando pisemos el silencio soberano
En la omnisciente noche de la afasia
Y antes de que la clave se nos borre
Mirarlas un instante en su esplendor
Carne verbal viviente en el silencio
Inmaculadas concepciones
Rompedoras del círculo vicioso
Otra vez mediadoras
Para que se hagan mutuos mediadores
Dos que dicen tú y yo
Antes de que la noche del amor los borre
Mas todo está fundado si al borrarse se hablan.

13.2.11

La biblioteca Warburg


La sala oval de la Biblioteca Warburg.


Rafael Argullol trae a la memoria la increíble historia de la Biblioteca Warburg, que había escuchado hace tiempo, pero de la cual no conocía ciertos detalles:

El 12 de diciembre de 1933, dos barcos de vapor, el Hermia y el Jessica, remontaron el río Elba con un cargamento de 531 cajas. Abandonaban el puerto de Hamburgo con el propósito de dirigirse a los muelles del Támesis, en Londres. En las cajas, además de miles de fotografías y diapositivas, estaban depositados 60.000 libros. En principio, se trataba de un préstamo que debía prolongarse a lo largo de tres años. La realidad es que los libros ya no emprendieron el viaje de regreso a su lugar de origen, consumándose, así, el traslado definitivo, desde Alemania a Inglaterra, de la Biblioteca Warburg, una de las empresas culturales más fascinantes del siglo pasado y quizá la que resulta más enigmática desde un punto de vista bibliófilo.

Como estamos mucho más habituados a las imágenes de libros en las hogueras, resulta difícil de imaginar el proceso contrario: la salvación de una gran biblioteca del acecho de las llamas. La de Alejandría fue incendiada varias veces, y tenemos abundantes noticias sobre quema de libros en cualquier época sometida al fanatismo, hasta el pasado más reciente. Por eso llama la atención lo ocurrido con la Biblioteca Warburg. Curiosamente, todo fue muy rápido, pese a que las negociaciones secretas entre los alemanes y británicos implicados en el plan de salvación de la biblioteca fueron largas y laboriosas. A principios de 1933, Hitler alcanzó el poder, y a finales de ese mismo año los volúmenes que Aby Warburg había reunido en el transcurso de cuatro décadas ya se encontraban en su nueva morada londinense. Los acontecimientos se precipitaron, sometidos al vértigo sin precedentes de un periodo que culminaría en el mayor desastre de la historia. Los continuadores de la obra de Aby Warburg -pues este había fallecido un lustro antes- pronto advierten que será imposible proseguir con su labor bajo la vigilancia nazi. En consecuencia, empiezan los contactos destinados al traslado. Primero se piensa en la Universidad de Leiden, en los Países Bajos, donde escasean los fondos para el futuro mantenimiento. Después, en Italia, el lugar más adecuado de acuerdo con el contenido de la biblioteca, pero el menos fiable tras el largo Gobierno de Mussolini. Finalmente, se impone la opción británica. Eric M. Warburg, hermano de Aby, escribió una crónica pormenorizada de las negociaciones que, como apéndice, se incluye en el recién publicado texto de Salvatore Settis Warburg Continuatus. Descripción de una biblioteca (Ediciones de la Central y Museo Reina Sofía). El relato nos introduce en una trama de alta intriga.

¿Por qué era tan singular la Biblioteca Warburg? Es difícil obtener una respuesta unívoca. De la lectura del libro de Salvatore Settis, así como de la del también reciente y muy recomendable ensayo de J. F. Yvars Imágenes cifradas (Elba), se desprende una suerte de paisaje de círculos concéntricos según el cual la misteriosa personalidad de Aby Warburg abrazaría la estructura de su biblioteca, del mismo modo en que los hilos de la telaraña no pueden comprenderse sin el instinto constructor del propio insecto. También las explicaciones, ya clásicas, de Fritz Saxl, Ernst Cassirer, Erwin Panofsky o E. H. Gombrich sobre el maestro de Hamburgo apuntan en la misma dirección. Lo que podríamos denominar el caso Warburg se refiere a un hombre que dedicó su vida a la formación de una biblioteca que, con el tiempo, sería muchos mundos al unísono: un edificio, construido en Hamburgo por el arquitecto Fritz Schumacher, que debía inspirarse en la elipse orbital de Kepler; un laberinto que atrapaba al visitante, según Cassirer; una colección organizada de acuerdo con criterios sutiles y completamente heterodoxos, todavía no enteramente dilucidados; un polo espiritual que magnetizaba a cuantos se acercaban y que daría lugar, primero en Alemania y luego -póstumamente respecto al fundador- en Reino Unido, a la más prestigiosa tradición contemporánea en el territorio de la Historia del Arte.

En el centro de la telaraña, el hombre, Aby Warburg, continúa siendo un misterio, alguien mucho más evocado que leído, a pesar de que últimamente crece la edición de sus escritos, incluido su crucial Atlas Mnemosyne (Editorial Akal), comparado, con razón, por Yvars con el Libro de los pasajes de Walter Benjamin. De Aby Warburg siempre se recuerdan dos circunstancias que acotan su trayectoria vital. De sus últimos años se saca a colación la enfermedad nerviosa que motivó su internamiento en un sanatorio y, en el otro extremo de su biografía, se alude al adolescente que, en un gesto bíblico, renunció a su primogenitura en el seno de una familia de la gran burguesía hamburguesa a condición de que, en el futuro, siempre dispusiera de los fondos necesarios para adquirir cuantos libros quisiera. A los 13 años, la edad en que se produjo esa renuncia, Aby parecía haber adivinado ya sus dos pasiones futuras: coleccionar libros y organizar de manera revolucionaria su colección. El resultado fue, sobre todo después de la construcción del edificio que obedecía a sus innovadores criterios, una biblioteca radicalmente distinta a las demás.

Las estanterías de la Biblioteca Warburg reunían volúmenes que guardaban entre sí "afinidades electivas", lo cual suponía extraños alineamientos de arte, medicina, filosofía, astrología o ciencias naturales alrededor de unas imágenes simbólicas que, aisladas en cada especialidad, perdían su fuerza genealógica. Así, por ejemplo, y para horror de los historiadores ortodoxos, en los paneles del Atlas Mnemosyne Warburg juntaba motivos alegóricos, fragmentos de cuadros, emblemas esotéricos, fórmulas matemáticas o grabados sobre la circulación sanguínea en un solo plano de múltiples relaciones. Gracias a esas "afinidades electivas", el historiador podía excavar el pasado a través de múltiples túneles que se iban entrecruzando en el subsuelo de la memoria (Mnemosyne era el frontispicio que presidía la Biblioteca Warburg). Esta idea, susceptible de ser aplicada a toda la historia de la cultura, era particularmente importante al tratar de identificar las fuentes antiguas del arte renacentista, como demostró el mismo Aby Warburg con sus extraordinarias radiografías de El nacimiento de Venus y La Primavera de Botticelli. Sus discípulos experimentaron pronto que su biblioteca, lejos de ser un archivo inerte, era un organismo vivo que trasladaba a la imaginación por las diversas islas del conocimiento.

Lo que los dos barcos de vapor transportaban aquella gélida mañana de diciembre de 1933 no eran solo miles de libros cuidadosamente escogidos a lo largo de décadas, sino la semilla de una sabiduría singular que daría frutos magníficos. Parece que la decisión del municipio de Hamburgo de prestar por tres años la Biblioteca Warburg irritó sobremanera a la Cancillería del Reich en Berlín. Empezaban las hogueras por todas partes y, desde luego, era escandaloso que se hubieran escapado sigilosamente 60.000 posibles víctimas.

Ungar, traducido al italiano, al francés, al alemán...


Antonio Ungar.


El mejor momento para Antonio Ungar, sin duda. Tres ataúdes blancos sera traducido a más de cinco idiomas. En Radar libros la nota:

En uno de los pasajes más célebres de la literatura argentina, Domingo Sarmiento traducía (mal) del francés: “A los hombres se los degüella, a las ideas no”. La consigna civilizatoria que ha sobrevivido en nuestra cultura como tenaz forma de resistencia ante las persecuciones ideológicas bien podría servir, por varios motivos, como epígrafe para Tres ataúdes blancos, la novela con que el escritor y periodista colombiano radicado en Tel Aviv-Yafo, Antonio Ungar, ganó en 2010 el Premio Herralde de Novela.

Ambientado en un futuro muy cercano, en una república caribeña dominada por una casta política corrupta y decadente, espacio al que el narrador llama Miranda, el primer cuarto del relato nos introduce de forma aletargada y minuciosa a ese mismo narrador: un hombre antisocial y solitario que vive con su padre y se preocupa obsesivamente por minucias. Pero luego, tres balas disparadas a la cabeza del líder de la oposición al régimen semidictatorial de la República de Miranda y el parecido físico del narrador con el asesinado se entrelazan para darle forma a un plan urdido por los más cercanos amigos del difunto: hacer pasar a nuestro narrador por dicho líder como única esperanza de generar un cambio democrático en el país arrasado, desde hace décadas, por el terrorismo de Estado en un sistema político dominado por el miedo burgués.

Este será el punto de partida de la trama en un camino, de a ratos acelerado y enloquecido, que contendrá todos los elementos de una novela de folletín: romance, persecuciones, crímenes, acción, muerte y algunas metarreflexiones del narrador acerca de su propio texto.

En este esquema, las sustituciones ocuparán un rol fundamental en el relato y se inician en esa primera sustitución de un hombre por otro que habilita una serie de cuestionamientos: ¿Quién es quién si una persona se hace pasar por otra persona ya muerta hasta copiarla en sus mínimos detalles? ¿Cuántas veces puede morir esa persona? Nuevamente entonces, las ideas no se matan. Aunque, en definitiva, si lo que importa es la forma en que una persona se parece a otra, lo que cuenta es la mirada. El nombre ficcional de la república donde transcurre la acción lo contiene: Miranda. La forma de mirar puede ser también la forma en que cierta clase pudiente de Miranda ve con buenos ojos al gobernante criminal porque con sus métodos non sanctos y su protección a los escuadrones de la muerte ha logrado erradicar a la Guerrilla Estalinista, o la forma en que los medios de prensa dependientes del Estado construyen una realidad propia y también la forma en que se puede deformar la realidad hasta hacerla una caricatura, un desvío: una mala traducción de una frase extranjera para direccionar la mirada hacia lo que se quiere.

Sobre los Premios UIS de cuento


Andrés Mauricio Muñoz.


Tres de mis amigos han conseguido el premio: Paul Brito hace tres años, Carlos Polo en el 2010, y ahora debo felicitar al dedicado narrador Andrés Mauricio Muñoz, el último ganador. Sin mencionar al querido Guillermo Bustamante, quien también mereció el premio hace algunos años. En cuanto a Mauricio (ingeniero electrónico como este blogger), debo decir que es un gran tipo, un hombre cuya sonrisa casi permanente refleja sus dos más grandes pasiones: la literatura y su familia. Un abrazo para tí Andrés, ya que, incluso viviendo en la misma ciudad, me ha sido imposible visitarte. Pronto vendrán mejores momentos. por ahora, les dejo el comienzo de este cuento que publicara la revista Número, hace algunas semanas:

EL HIJO DE BARACK OBAMA

I
No es de apellido Obama; su apellido es Balanta, un poco más sonoro aún. Ramiro Balanta, ese es su nombre. No conoce Estados Unidos; es más, siendo un poco rigurosos, se podría afirmar que no conoce su departamento, ni mucho menos Colombia. Aparte de Acandí, su pueblo natal, y algunos otros como Carmen del Atrato y San José del Palmar, en el Chocó, en cierta ocasión viajó a Cali a acompañar a un tío que lo quiso alquilar por unos días para pedir limosna. Es un negro atractivo aunque no fuerte, pese a que su complexión física es bastante atlética. Parece vivir alegre. Tiene sólo dos amigos y ninguna amiga, pues no es muy dado a las mujeres; tal vez por ello, pese a la sangre díscola que corre por sus venas, perdió su virginidad casi a los veinte. Nació hace veintiocho años, como consecuencia de los devaneos amorosos de su padre por Colombia.

II
En 1980, poco después de recibirse de bachiller en Punahou School en Honolulú, Barack Obama viajó con su abuela paterna hacia Colombia. La matrona quería disfrutar de las muy comentadas Fiestas Patronales Virgen de la Pobreza en Tadó. La negra se había soñado, varias veces, en medio de la verbena popular, amacizada sanamente por negros y mulatos de la más lisa condición. Su cuerpo exaltado y el movimiento frenético de sus caderas sobre las comparsas en muchas ocasiones la despertaron sudando. Habiéndose graduado su pequeño Barack, y más aún, sabiéndolo virgen, decidió no dilatar más el asunto y empacar maletas. Su nieto, a pesar de su edad, aún no conocía mujer; ella lo sabía, y una abuela nunca se equivoca. Allá el muchacho, sin duda, a punta de hablarles en inglés a quienes a duras penas se expresaban en un precario castellano, podría evocar, en cierta forma, la destreza que ostentó su abuelo en el amor y que él poco o nada evidenciaba.

Cuando llegaron, Sarah, apretando la mano de su nieto, como si fuera un mocoso aún que en cualquier momento echaría a correr, lucía desconcertada. El joven Barack caminaba a su lado; sin embargo, a diferencia de ella, que movía la cabeza para todos lados, él sólo la miraba. Sarah hacía una especie de venia a quienes se cruzaban a su paso. La mayoría ni se percataba; otros, en correspondencia, le levantaban la ceja sin siquiera preguntarse quién sería. No era el hecho de que a sus ojos se presentaran tierras y gentes desconocidas lo que la impactaba; lo cierto es que en esa obstinación por cubrir con su mirada todos los rincones e indagar por todo lado había, más que todo, el reflorecimiento de un arraigo que creía perdido. Ese paneo que hacía con la cabeza la convencía cada vez más de que no estaba conociendo sino reconociendo un pedazo del planeta que, aunque ajeno, lo sentía propio. Barack, entre tanto, pues ya había dejado de estudiar los movimientos de su abuela, había empezado a percatarse de que esas negras, aunque parecidas, tenían una especie de estigma que las distinguía: mucho trasero. Todas tenían mucho culo; un culo redondo que sabían contonear muy bien a lado y lado. Pensó entonces que, siendo sensatos, y en honor de la justicia, ninguna de ellas tenía nada que envidiar a las desparpajadas e insípidas monas de su universidad que poco o nada de atención le dispensaban. Sarah, entre tanto, seguía concentrada en las personas con que se cruzaba, en la estridencia de los gritos con que se llamaban los unos a los otros, en la música que por todos lados se escuchaba. Mientras observaba a una negra, grande y gorda como ella, sentada con las piernas abiertas sobre un pequeño banco y entregada a la tarea de pelar una extraña fruta, Sarah entendió que éstos no eran negros como los que ella conocía. Los suyos eran negros por disposición genética, por arraigo a sus ancestros; éstos, en cambio, lo eran por convicción. Eran negros felices y graciosos. Un mundo nuevo para ella. Contempló entonces con fascinación a la matrona que exhibía su pericia en el pelado de la fruta.

11.2.11

Poema del Viernes # 57


John Galán Casanova (Bogotá, Colombia, 1970)


PRÓDIGAS

Con la minuciosa laboriosidad de una madre
recorro esta casa.
Me tardo en cada sitio.
Registro cada rincón.
Todo me resulta ajeno,
extraño.
Ningún recuerdo le calza
a la situación actual de mi alma.
Ni la nostalgia
ni el hastío
me deparan la posibilidad del pasado.
Si éste es el lugar donde he vivido
me pregunto entonces
en qué lugar habré muerto.

5.2.11

Después del Hay


Londoño.


Un autor que siempre me es fascinante, sobre todo desde sus ensayos, Julio César Londoño, comenta después del Hay, o, como dice él, después del Jay:

Terminó otra edición del Hay Festival de Cartagena. El Hay se realiza anualmente en seis ciudades pequeñas y glamorosas del mundo, reúne a un buen número de personajes de las letras, es light y elitista (el Hay no programa nada en Bazurto ni en otros barrios malolientes de la ciudad; debía llamarse el Jai Festival, como propone Checho Jordán) pero lo hace de frente, sin milonga, con una irresponsabilidad social franca, y cumple bien su cometido de divulgación: acerca los escritores al público y pone a la literatura en la primera plana de los diarios.

El conversatorio entre Daniel Samper y el humorista infantil Luis Perscetti fue absolutamente feliz. Los asistentes nos divertimos como niños porque Samper y Perscetti son dos payasos profesionales que conocen la regla cero de la risa: el humor no se improvisa… ¡y porque no había niños en la sala! (Definitivamente es un festival perfecto: ni pobres ni niños).

María Elvira Bonilla, la directora de la revista digital Kien y Ke, entrevistó a Emily Bell, la directora de la Escuela de Periodismo de Columbia University. El tema fue el presente y el futuro del periodismo on line. La señora Bell lo sabe todo (fue directora de los diarios británicos The Guardian y Observer) y las preguntas de María Elvira fueron siempre at point.

Rubén Blades, abogado de Harvard y músico malevo, dijo que había sido pobre dos veces: primero en español y luego en inglés; que su música tenía fecha de vencimiento, como la leche; que debíamos reinventar el mundo, en especial la política y la economía, y que “Haití no se arregla con cancioncitas”.

La entrevista que Marianne Ponsford le hizo a Alessandro Baricco cubrió varios frentes: su obra, su vida personal y la relación con “sus mayores italianos”, Umberto Eco y Claudio Magris. Baricco tuvo que hablar de Seda, ese best seller cuyo éxito ya empieza a fatigarlo; de City (reconoció que su estructura tiene complicaciones innecesarias) y de Los bárbaros, su magistral ensayo sobre el fútbol, los libros, el vino y Google.

En la Casa Mafer, los colombianos Guido Tamayo, Fernando Quiroz y el autor de La plana, sostuvimos con los mejicanos Rosa Beltrán y Francisco Hinojosa una candente polémica sobre el adulterio. Concluimos que la tragedia del amor conyugal era la pérdida del deseo, y que el responsable era ese torpe diseño social que pone la ternura en la casa y el erotismo en la calle, en lugar de mezclarlos un poco aquí y allá.

Yo vi varias personas cabeceando en el auditorio (Eduardo Victoria, Beatriz López…) pero creo que la responsable era esa atmósfera como de sancocho hirviendo que flota hace mil años sobre la ciudad. Lo cierto es que los comentarios de la gente al final fueron muy elogiosos, si descartamos la opinión de dos señoras caleñas a las que sorprendí, escondido tras una columna del patio interior de la Casa, rajando de los panelistas.

–Qué petardos, ¿no? –decía una de las brujas, la presentadora de televisión Martha Isabel Hinojosa.
Sí –le contestó la otra bruja, Gladys Reyes–, parecía una reunión de padres de familia.
–Sí –agregó la primera bruja–, es más emocionante la reunión de la junta del condominio.
–Sí –dijo la segunda acomodándose el escote de su precioso traje de lino blanco.

La caligrafía de Marsé


La portada.


Nuria Azancot entrevista a Juan Marsé, a propósito de su nueva novela: Caligrafía de los sueños:

-Caligrafía de los sueños parece su novela más autobiográfica. ¿Le ha prestado tanto como parece de sí mismo a Ringo, el protagonista del libro?
-Me temo que sí, que es mi novela más autobiográfica. Algunos episodios son vivencias que han necesitado apenas un retoque, únicamente para hacerlas más reales. Esto, la parte digamos documental, no hace a la novela ni mejor ni peor, ni más interesante ni más veraz. Algunas cosas que me han pasado en la vida, no me las acabo de creer. Me pasa también con los sucesos reales que trae la prensa diaria, cosas que hacen o dicen los políticos, por ejemplo. No me lo puedo creer. Hace años, en la Hemeroteca, descubrí lo mucho que me gustaba leer periódicos antiguos que traían cosas ocurridas 30 ó 40 años atrás. Eso me lo creía todo. No me pregunte por qué. Es como si necesitara que el tiempo se posara sobre las cosas, para creérmelas.

Forofo de la ficción
-Desde el principio de la novela afirma que lo inventado puede tener más solvencia que lo real, más vida propia y más sentido, ¿sigue siendo la imaginación el mejor recurso ante las mezquindades de la vida cotidiana?
-Si hablamos de literatura de ficción, pues sí: aquello que ha sido inventado, lo que se elabora como producto genuino de la imaginación, cuando esta es poderosa, tiene para mí más peso y solvencia que lo real, más vida propia, autosuficiente y más perdurable que algunos recuerdos, y más significante. Madame Bovary o Fortunata son más reales que Esperanza Aguirre, a que sí. ¿Por qué? No lo sé, pero yo siento que es así. Es que yo soy un forofo de la ficción. En todo caso, en materia de ficción, y pese al prestigio que ha adquirido hoy en día lo testimonial o “real” en la novela (hay que distinguirlo entre comillas, si no podríamos liarla) a mí me sigue atrayendo más la invención, la fabulación, la capacidad de embaucar e hipnotizar al lector mediante el relato de lo que pudo haber sido y no fue, etc... Pero lejos de mi intención teorizar sobre ello. No me gusta hablar de la faena. Es una cuestión de gustos. En cualquier caso todos sabemos en qué consiste el asunto: en una obra de ficción todo es veraz o no es nada en absoluto, por muchos personajes, fechas y datos reales que le eches.

-Para el protagonista lo peor es la desazón de no haber hecho lo debido o lo mejor, aun sabiendo que quizá no hubiera servido una mierda. ¿De qué se lamenta hoy, de qué silencio, de que error?
-Lamento no haber hecho bastantes cosas en el momento que debía. No haber indagado en mi familia biológica cuando era joven, por ejemplo. No haber preguntado, callando por no incomodar a mis padres adoptivos. No haber podido estudiar piano y solfeo a los l3 años por falta de dinero. Y quizá lo que más lamento: haber confundido, en alguna ocasión, el éxito con la felicidad. Caligrafía de los sueños narra una historia de amor desesperado y ridículo, con muchas esquinas y mucho dolor, pero Marsé asegura no haber conocido a demasiadas señoras Mir: “No -insiste el escritor-, tanto la señora Mir como Alonso son personajes inventados. No totalmente, claro. Ella carga con la apariencia física y con la capacidad de ensoñación, bueno, la que yo le atribuí (esos retoques a la realidad) de una mujer que veía pasar por la calle, cuando yo tenía quince años, y que nunca supe exactamente dónde vivía. Pasaba por esa calle camino del baile de los domingos en la Cooperativa La Lealtad del barrio de Gracia, hoy Teatre Lluire, acompañada de su hija, una muchacha no muy agraciada. Iban en busca de novio para la chica. Pero mejor leer la novela y no atender a mis explicaciones, que podrían estropear la historia...

Sin nostalgias
-En el libro retrata la Barcelona de la posguerra, la de los perdedores que quemaban a escondidas libros prohibidos y carnets de la CNT, la Barcelona de las ratas azules... ¿qué queda hoy y que echa de menos en esta capital del diseño, de aquel mundo sin esperanzas?
-La Barcelona de casi todas mis novelas, es, no hace falta decirlo, un paisaje mental. Ya no existe. He procurado, desde la primera novela que escribí, que sea muy real. Yo la tengo por un jardín de verdad con ranas de cartón, por usar una fórmula de Virginia Woolf que me gusta. En alguna página digo que la Barcelona de entonces es “más inverosímil, pero más real” no sólo porque en verdad a mi me lo parece, sino también para predisponer al lector frente a una ficción que quiere ante todo hacerse creer. No sabría explicarlo mejor. En cuanto a la nostalgia por aquella ciudad gris y hambrienta de la postguerra, llena de ratas azules y clérigos ensotanados adictos al Régimen, nada de nada. Ni rastro de nostalgia ni cosa que se le parezca. De aquella Barcelona me quedo quizá con los niños jugando en la calle y poco más. Y no es que la tan admirada y celebrada Barcelona del diseño de hoy me entusiasme, más bien me aburre, pero de ningún modo me hace añorar aquélla. Es sólo una escenografía que respeto, porque existió, y porque la necesita para explicar y explicarme algunas cosas.

Sin halagos ni favores
-Hoy, como entonces, parece que la verdad no vale nada, sobre todo cuando hablamos de política. ¿Cree que va a cambiar algo con el Gobern de Artur Mas para los autores catalanes que escriben en castellano?
-No creo que cambie nada. En política me he convertido ya en un escéptico irremediable. Nos preparan, me temo, veinte años más de pujolismo. ¿Hay motivos para esperar mejoras en la educación y en la cultura? Si los hay, yo no sé verlos. Y no espero que se acaben las payasadas patrioteristas, las de aquí en Cataluña como las de allá en España, que también las hay y no pocas. ¿Por qué esa inquina contra los catalanes? Hay colaboradores en este y otros periódicos que cuando escriben sobre Cataluña mojan la pluma en su propia bilis y en sus propios escupitajos. Admito que aquí en Cataluña se han escenificado algunas patrioteradas que ciertamente me han conmovido. La del señor Millet envuelto en la senyera y cobrándole a su consuegro la mitad del coste de la boda de su hija me llegó al alma, lo confieso. Llegará un día que lo catalanes lo tendremos todo pagado, profetizó alguien. ¡Ojalá! De mí diré que nunca he esperado nada de ningún dirigente político, ni de aquí ni de allá. No quiero halagos ni favores, quiero que se respete, solo eso. Que se respete mi libertad.

-¿No le parece que eso de la “inquina contra los catalanes” es tan falso como lo que “el castellano está en peligro”, que en realidad asume un discurso político tan tendencioso como el que denuncia?
- Hay mucha impostura en ese debate, cierto, poquísimo rigor a la hora de analizar el qué y el porqué de lo que está pasando. Ni el castellano está en peligro en Cataluña ni hay que confundir cierta crítica a la Cataluña oficial con una animadversión a los catalanes. Pero la crispación está ahí y es mutua. Políticos ineptos, iluminados y payasos, obsesionados con ese coñazo de lo identitario, y comentaristas y columnistas carroñeros que viven de eso, hurgando en esa polémica estéril, los tenemos aquí y allá, en este lado del Ebro y en el otro. Pero yo sé leer, yo sé en qué periódicos asoma la España que respeto y en qué otros pervive la España rancia que no me gusta.

Caligrafía de los sueños era la novela en la que estaba trabajando Marsé cuando le concedieron el premio Cervantes, y sólo ha tardado otros dos años en terminarla, pero asegura que eso no desmiente, “ni mucho menos”, esa fama de gandul que tanto le ha costado conquistar. Es más, destaca, “he llegado a pensar que soy irremediablemente lento porque lo que me gusta en verdad es escribir, porque nunca daría por terminado un libro, porque corrijo hasta que ya no puedo más. Claro que tanto corregir lo único que demuestra es la impericia. Pero, claro, la impericia me obliga a un mayor esfuerzo y dedicación y, en fin... ¿Lo ve? No acabaría nunca”.

Epígrafe


Lish.


Publicada por Periférica, aparece los más reciente en español del norteamericano Gordon Lish: Epígrafe. Reconocido mundialmente por ser el editor de Raymond Carver, cuesta a veces pensar en Lish como auto. Sin embargo, su narrativa es fuerte como pocas. Sólida. Desgarradora. Epígrafe es una serie de cartas que escribiera el norteamericano a diferentes seguidoras, después de la muerte de su esposa. Una de las cartas dice:

Estimados miembros de la congregación de San Fermo:

Les participo que la Sra. Lish falleció en el octavo día de este mes. Sucedió a primera hora de la noche y, como era su deseo, en casa. Confío en que cada uno de ustedes acepte mi ferviente agradecimiento por la bendición de sus constantes desvelos por Barbara y también por mí, sin olvidar su obsequio, ese aparato con el que mi esposa estuvo obligada a vivir los últimos días de su vida. Finalmente, les pido se aseguren de que mis palabras de indescriptible gratitud lleguen a todas las Personas Misericordiosas que residieron en esta casa en el transcurso de la terrible experiencia de la Sra. Lish. Ninguno de ellos dejó de darle lo que ella necesitaba, en cada momento, sin reservas y con ánimo consecuente.

¡Qué maravillosa, maravillosa mujer majestuosa!

Gracias, gracias.

Reciban un cordial saludo,

Gordon Lish.

4.2.11

Poema del Viernes # 56



Ramón Palomares (Escuque, Venezuela, 1935)


EL SOL

Andaba el sol muy alto como un gallo brillando, brillando
y caminando sobre nosotros.
Echaba sus plumas a un lado, mordía con sus espuelas al cielo.
Corrí y estuve con él
allá donde están las cabras, donde está la gran casa. Yo estaba muy alto entre unas telas rojas con el sol que hablaba conmigo y nos estuvimos sobre un río y con el sol tomé agua mientras andábamos
y veíamos campos y montañas y tierras sembradas y flores cantando y riéndonos. Allí andaba el sol entre aquellas casas, entre aquellos naranjos, como una enorme gallina azul, como un gran patio de rosas;
caminando, caminando, saludaba a uno y
a otro lado; hasta que me dijo:
Mi amigo que has venido de tan abajo
vamos a beber
y cayó dulce del cielo, cayó leche hasta la boca del sol.

27.1.11

Poema del Viernes # 55

Poeta olvidado. Ni una sola foto en internet...¿algo te dice?

Óscar Torres Duque (Bogotá, Colombia, 1963)


SINGLADURA

Vencidos por la sirenas,
en uno y otro mar vencidos.

Dejamos a nuestras esposas,
a nuestros niños, nuestras ideas,
sólo por escuchar un canto,
el bello sentimiento sin futuro.

También tú, Ulises, vencido.

Sólo por escuchar el canto
tendemos nuestras vidas en el mar
como grandes redes
para grandes ausencias.

Sin terribles naufragios, en el manso
silencio hallamos la derrota.

Sobre la nueva antología de poesía latinoamericana


La portada.


El apreciado Santiago Espinosa reseña para la Revista Arcadia, la antología de poesía latinoamericana contemporánea que seleccionara Piedad Bonnett para la editorial Norma, en su ya reconocida Colección Cara y Cruz. Nos comenta Santiago:

Leemos antologías de nuestro tiempo para volver a sorprendernos. Para viajar a través de las palabras y vernos desde afuera, como habitantes de un mundo extraño. La perspectiva podría mostrarnos que no éramos aquello que creíamos ser; distinto era el espacio que habitamos a diario, sus calles y sus voces, distinto y poderoso nuestro mismo lenguaje, usado y abusado hasta el cansancio.

Quizás sea eso lo que nos pase con esta Antología de poesía latinoamericana contemporanea, preparada por Piedad Bonnett para la editorial Norma: vuelve a conmovernos con lo que ya conocíamos, como si asistiéramos a lo propio por primera vez. Le mide el pulso a una tradición con la mirada joven del que descubre.

El recorrido, que incluye dos poemas de cada poeta, comienza con Oliverio Girando y César Vallejo. Pasa por los grandes poetas del siglo XX como Eduardo Lizalde y Blanca Varela, Eliseo Diego, por aquellos que de un tiempo para acá se han vuelto imprescindibles: Coral Bracho o Aurelio Arturo, Marosa Di Giorgo o Juan Manuel Roca, y hasta rescata y redescubre voces espléndidas como las del boliviano Jaime Sáenz o el cubano Raúl Hernández Novás. La muestra termina con algunos poetas nacidos en la década del sesenta.

No existe aquí la pedantería del que hace una muestra rebuscada para su autismo académico. La antología pretende, hasta donde puede, dar cuenta de lo más representativo. Tampoco existiría un afán de “americanidad” o de equidad geográfica. El libro parecería mostrarnos que la mayor gracia de esta poesía, entre el exilo y la dispersión de las estéticas, la diversidad de las lecturas, es su sorprendente cruce de caminos. Es más, en muchos casos parecería que estos poetas, más que para representar lo americano, encontraron en la escritura una alternativa para tratar de sobrellevar esta dureza atávica de nuestras sociedades y países.

Pero lo más importante es que en un mundo acostumbrado a las lógicas de cuotas y de géneros, convocatorias y pequeños grupos, lecturas absolutamente necesarias pero donde puede que lo que menos importe sea la poesía, la antología de Piedad Bonnett volvería a recordarnos la importancia del criterio. Que para el vértigo o el viaje basta el poema. Incluso sospecho que a la hora de la escogencia se privilegiaron aquellos poemas “que andan solos”, que borran sus huellas de origen para volverse propiedad del lector.

Noticias del Hay


La Pola, no Salavarrieta.


Gran recital el que se dió en el Teatro Adolfo Mejía. William Ospina, Hugo Chaparro, Andrés Neuman y Joumanna Haddad, entre otros, conformaron la Gala. Así lo han comentado algunos amigos que se encuentran allí. Una lástima perderme tal evento. Una de las grandes esperadas es Pola Olaixarac, que con Las teorías salvajes, y su reciente inclusión en la Revista Granta en español, hacen que se acumule la espectativa por su charla mañana viernes, en la Plaza de Santo Domingo. Acerca de Pola, dice la Revista Arcadia:

Hay un personaje que se repite como una obsesión en las portadas del único libro que hasta ahora se conoce de Pola Oloixarac. Un Napoleón furibundo montado en un blanco caballo mientras mira con ojos torvos y esconde su mano en el abrigo militar en ese gesto que sólo el emperador francés era capaz de ejecutar con tanta autoridad aparece en la edición argentina de Las teorías salvajes (Editorial Entropía) y un Napoleón con un extraño pajarraco anidando en su sombrero corso se repite en la edición española (Alpha Decay). Como si la propia Pola hubiera dado la orden ¿marcial? de incorporar al guerrero máximo en una obra que habla de la guerra como si se tratara de una película pornográfica en la que los fusiles son penes incólumes que penetran cuerpos de mujeres que provocan la muerte con filosófica alegría. Las portadas (ambas) funcionan así como preludio alucinado de lo que vendrá, anuncio de un texto bizarro como pocos, plagado de árboles invertidos, tortugas que son como el universo, manzanas por cabeza y elegantes cucarachas de roja cabellera. Ante semejante despliegue surge la pregunta: ¿quién es Pola Oloixarac?

Nacida en Buenos Aires en 1977, Pola era apenas una palabra mágica pronunciada entre ciertos especímenes de lectores argentinos desde que en 2008 publicó Las teorías salvajes, suscitando una avalancha de críticas excelsas y se transformó de repente en una especie de incipiente celebridad regional cuando la prestigiosa revista literaria inglesa Granta la incluyó el pasado año en el grupo de los escritores en lengua castellana destinados a alumbrar el porvenir. Antes de Las teorías salvajes

Oloixarac era, como ella misma lo cuenta, una escritora secreta que había empezado a “escribir a los siete años y a los ocho, en un viaje familiar por el Atlántico”, que se había obsesionado con Carl Sagan tanto como para empezar “a mandar cartas a la Nasa” y a la que fascinaban Borges y Leopoldo Lugones, mientras conseguía su primer trabajo como escritora redactando textos… ¡para un hotel!

Mientras entrenaba su escritura ejecutando “un libro de cuentos sobre enfermedades imaginadas, una comedia social que transcurría en Punta del Este (con orgías de quinceañeras católicas), una novela de ciencia ficción biológica (que ahora estoy reescribiendo), y una novela en inglés gótico, sobre un joven rey que es visitado por fantasmas”, Pola ingresaba a la Universidad de Buenos Aires para estudiar Filosofía, un dato biográfico no menor teniendo en cuenta que en ese ámbito se desarrolla su libro.

Su primera novela, que recibió elogios de Ricardo Piglia (“el gran acontecimiento de la nueva narrativa argentina”) y de Ignacio Echevarría (“una novela realmente insólita, escrita por una exquisita antropóloga de la barbarie contemporánea”), entre otros, es un texto arrollador que tiene por protagonistas a una joven pareja que hace de su deformidad física su raison d’être, mientras una rara voz en primera persona fantasea con seducir a un viejo profesor de la facultad proponiéndole llevar hasta las últimas consecuencias su extravagante Teoría de las Transmisiones Yoicas. Personajes que en realidad son refinadas excusas para que Oloixarac saque a relucir su ácida visión del Buenos Aires contemporáneo, una ciudad que bien podría ser cualquier otra del planeta, ya que en la era de las redes sociales y el mundo Google poco importa en qué lugar se desarrollan las tramas.

Construida a golpes de descripciones filosóficas, como si la filosofía fuese el ángulo que viene a reemplazar las visiones psicoanalíticas de los personajes que alumbraron la literatura en el siglo XX, Las teorías salvajes es también una reflexión profunda sobre la violencia y sobre los modos que la violencia adquirió en los años setenta, o al menos, sobre el modo en que a Pola le narraron la violencia de una época en la que ella no vivió, pero cuyos ecos impregnaron sus años iniciáticos. “Sentí que seres privados de luz permanecían junto a mí en medio de sombras impalpables; que un hombre me miraba como solo se mira a un predador. ¿Era este el llamado ?”, se pregunta la poderosa voz que recorre la novela, solo un poco después de haber afirmado que “aquel que nunca ha oído historias de dioses, héroes y santos, difícilmente quiera o pueda transformarse en un héroe o un dios”.

Novela sobre el mito, o mejor, sobre el reciclaje de los viejos mitos en el esperpéntico siglo XXI que apenas comienza, Las teorías salvajes es también una broma macrabra de humor negro capaz de hacer desternillar de la risa al lector durante páginas, una risa que se corta de manera brusca cuando se percibe que no hay mucho de qué reírse y la mueca se trastoca en horror. Es ese mismo horror que ensombrece el texto desde el principio, cuando un narrador incierto todavía relata “los ritos de pasaje” practicados por ciertas comunidades primitivas en los que los niños que van a ser iniciados son “amenazados por adultos que se agazapan entre los arbustos” para provocarles miedo, un miedo primordial que está en la base de toda formación del yo. Después de convertirse “en testigos de secretas ordalías y tormentos que cifran la historia de la tribu”, los niños que sobreviven “regresan a la aldea, vestidos con máscaras y plumas como los espíritus que los amenazaron al principio, y participan de la caza de cerdo. Regresan ya no como presa sino como predadores”.

Invadida de una sexualidad tan salvaje como la que anuncia su título, la ópera prima de Oloixarac más que una cumbre es un anuncio de lo que vendrá. Bella y voraz, como su autora (a juzgar por la seductora foto que acompaña la edición argentina sería lícito preguntarse —en irónica sintonía con su propio texto— si no estamos ante la primera escritora diseñada íntegramente por Photoshop de la historia de la literatura), la palabra de Pola llegó para quedarse y todo hace suponer que todavía tiene mucho por decir. ¡Que así sea! |

25.1.11

Habla Gelman


Juan Gelman.


Una interesante reflexión del quizá más grande poeta vivo en latinoamérica: Juan Gelman. Leamos lo que nos dice en el diario El País:

Gustavo Adolfo Bécquer tenía finalmente razón: la poesía es palabra y la palabra es mujer. Lo pensaban así los vedas y lo saben todos los poetas de hoy y los que pisaron esta tierra de 50 siglos a esta parte. "Word" no tiene sexo. Por eso, y por tantas otras cosas, soy feliz de haber nacido en castellano.

¿Qué ha pasado en la poesía mundial en los últimos 20 años, los que Babelia cumple con vigor juvenil? Pues nada distinto a lo de siempre: el amor, el dolor, la infancia, el mar, la muerte, la memoria y el olvido, el paisaje, un río cualquiera, crean en el poeta la necesidad de internarse en sí mismo para entender cosas del sí asombrado por tanta belleza abandonada, como pregunta sin respuesta. El poeta no da respuestas. Hasta el fin de sus días interroga lo invisible de la realidad, que no le da respuestas.

Vuelvo a los vedas. Dijeron que la Palabra embarazó a Prajapati, el dios cosmogónico, quien así pudo dar a luz a todos los dioses. Fue el primer varón fecundado por una mujer. Esos dioses querían domeñarla mediante sacrificios, reducirla a una ofrenda que les estaba destinada. Pero Ella es huidiza, viene cuando quiere, se va cuando quiere y deja al poeta como un papel vacío. Esperarla se parece a un vino flaquito.

El gran Basho advirtió a los poetas que no deben imitar a los antiguos, sino buscar lo mismo que ellos buscaron. Trescientos años después, Ezra Pound repitió de otro modo la advertencia: hay que volver nuevo lo viejo. El otoño cambia con el tiempo en ojos nuevos que le encuentran nombres no descubiertos antes. ¿El ser humano es un paisaje con lugares todavía a descubrir? ¿Por eso la Palabra es esquiva, no se dejará apresar hasta que nos sepamos?

¿Y qué será escribir poesía? ¿Apagar el ruido de la muerte que entra al oído sin invitación? ¿Mezclar la propia voz con ese ruido para volverlo inútil, apaciguarlo al menos? Borges opinó que el noventa por ciento del arte no existiría si se supiera qué sigue a la muerte. La muerte sería entonces un accidente de la lengua. Homero avisó que los dioses envían desdichas a los mortales para que las cuenten. La palabra narra ese castigo y confiesa así sus límites. No conoce un Paraíso todavía.

Una antigua creencia árabe imagina que el poeta es un ser montado cada noche por un demonio que le exige arrancar a la lengua lo que la lengua niega. Esa tarea es ardua y el poeta insiste porque no tiene más remedio. Espera que la imaginación encuentre en la vivencia su justa expresión y las tres celebren una boda milagrosa. Bien dijo Dylan Thomas que el poeta persevera en su mester con la esperanza de que el milagro se produzca.

A diferencia de los sofistas, que buscaron convertir en razón la ambigüedad de la vida, el poeta desnuda la ambigüedad de la razón. No se lo propone. Escribe a la intemperie de sí mismo y nada más lo abriga. El techo que no tiene es infinito.

La crisis de la modernidad es muy profunda y va mucho más allá de lo económico. Hace años ya que se nos quiere uniformar el alma para convertirla en tierra fértil de cualquier autoritarismo. Impera un darwinismo social brutal y prepotente. La llamada globalización impulsa un genocidio más lento que el de los hornos crematorios, pero no menos bárbaro: se llama hambre. La poesía se levanta contra el empobrecimiento espiritual que todo ello acarrea. La poesía es resistencia no más porque existe.

La poesía viaja del misterio de uno al misterio de todos y en ese encuentro gana su transparencia. Pasa sin nombre, sin número, ajena al cálculo y la sumisión, corrige la fealdad y el desamor, abriga en sus tiendas de fuego. Entra en el lenguaje como cuerpo, corazón que interroga y no puede dormir, come los libros de la noche.

El poema se forja en el combate contra lo que no va a decir y así construye rostros que duran la eternidad de un resplandor, o de un miedo, una miseria, alguna dicha, un recuerdo que despertó y no sabe si va a la muerte o a vivir. El poeta necesita la abolición del mundo para entrar en sí mismo y su escritura. Entonces se metamorfosea y, como Odiseo cuando vuelve al hogar, entra en la poesía disfrazado de mendigo. Hace más de dos mil años le preguntaron al poeta indostán Qu Yuan qué era la poesía. Se quedó pensando en la respuesta y nunca más habló...