11.12.09

Los relatos de Bernhard


El libro, editado por Anagrama.

La obra de Thomas Bernhard es sin duda una de las más singulares y personales del pasado siglo. Al conocerla es imposible no hacerse preguntas sobre el autor o sentir curiosidad por conocer el origen de esos ambientes, físicos o psicológicos, claustrofóbicos; esas ideas circulares que se repiten en frases reiterativas, o esos protagonistas que socialmente podríamos tachar de tarados y que, sin embargo, parecen poseer mentes especialmente lúcidas, origen de su enemistad con el mundo que les rodea.

Estos Relatos autobiográficos, publicados por Anagrama con motivo del vigésimo aniversario del fallecimiento de Bernhard, reúnen en un único tomo las cinco novelas autobiográficas que el autor escribiera entre 1975 y 1982: “El origen”, “El sótano”, “El aliento”, “El frío” y “Un niño”. En ellas, el lector se aproximará no sólo a los detalles de la vida del autor, sino que además encontrará las raíces de un pensamiento original, excepcionalmente crítico con su entorno y buen conocedor del género humano.

Bernhard fue hijo ilegítimo, y el estigma de su nacimiento no deseado marcaría para siempre la relación con su madre. Una relación tensa, en ocasiones incluso hostil, fruto del odio que la mujer conservaba hacia el amante que la abandonó, cuyo fiel retrato era el propio Bernhard. Sólo tras la grave enfermedad pulmonar sufrida por el escritor, madre e hijo se acercarían, aunque entonces, en breve plazo ella moriría.

Como dejó escrito en “Un niño”, «Ella me corregía, pero no me educaba», de ahí que su guía, su maestro, su orientador, fuera su abuelo. La influencia de su abuelo, un pensador seguidor de Schopenhauer, marcaría la cosmovisión de Thomas Bernhard y, en consecuencia, también su obra. De él aprendería a tomar la necesaria distancia de cuanto le rodeaba para poder juzgar con perspectiva, fríamente, una sociedad que pronto conoció como enferma, hipócrita y antinatural.

Su paso por la escuela y el instituto no fue feliz. La idea del suicidio era en él frecuente. La mediocridad de sus profesores y compañeros era para él una atmósfera asfixiante, de modo que años después seguía siendo contrario a la enseñanza, a la cual tachaba de asesinato intelectual. Según Bernhard, gracias a la enseñanza las cualidades naturales de la persona se ven aplastadas por una rueda que pretende crear miles de mentes iguales: planas y manipulables. El distinto, el que destaca, será especialmente machacado hasta limar cualquier diferencia que en él pudiera existir.

En consecuencia, al terminar la guerra, Bernhard abandonó el instituto y entró como aprendiz en una tienda de comestibles. «Tenía dos opciones», lo describe en “El sótano”, «eso me resulta evidente todavía hoy, una, matarme, para lo que me faltaba el valor, y/o dejar el instituto, en un instante, y no me maté y me hice aprendiz». Ese giro en su vida, que él mismo define como caminar en la dirección contraria, supuso su salvación en cuanto le hizo sentirse útil (no inútil o pasivo, como en el colegio) y le puso en contacto con los hombres.

Consciente de la filosofía misantrópica y algo desesperanzada que su abuelo le había inculcado desde su más tierna infancia, Bernhard reencontró a los hombres en la tienda de comestibles y bajo la orientación de su patrón, Podhala. El interés por el ser humano, sobre todo por los olvidados por la sociedad, tiene su origen en sus experiencias en la tienda de un barrio periférico, pobre, abandonado, nido de criminales, pero a la vez genuino, no emponzoñado por el lodazal moral en el que vivía la sociedad biempensante de los barrios del centro de Salzburgo.

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