7.1.10

Necrópolis, según Camilo Jiménez


Portada del libro.

En la reciente edición de El malpensante, que ya va por la Número 103, Camilo Jiménez hace un recuento de la Necrópolis de Santiago Gamboa, el último Premio La otra orilla. No le va muy bien a la novela. Debo decir que, al leer la obra, di unos cuantos bostezos hasta terminar en uno largo, inacabable, tanto así que no fui capaz de terminarla. Dice Camilo:

El suceso que pone en movimiento las peripecias de esta narración es inquietante, y por eso mismo poderoso: un escritor colombiano residente en Roma recibe una inesperada invitación a un congreso de biógrafos que tendrá lugar en Jerusalén. Inquietante porque este personaje no ha escrito nada que lo ligue con el tema del congreso, por la oscura organización que lo cita y las condiciones generosas que le plantea, porque el tipo lleva más de dos años retirado del mundo, recuperándose de una enfermedad terrible. Estamos pues ante una trama que puede dirigir las acciones hacia muchos frentes: pinta bien.

Más adelante la novela intercala la narración de este escritor en el Congreso Internacional de Biógrafos y de la Memoria con las ponencias de algunos asistentes, que por decir lo menos son estrafalarios: José Maturana, una especie de santón tropical, miembro retirado de una iglesia gringa típica; una pornstar con rastros de intelectual de izquierda, Sabina Vedovelli; el bibliófilo francés Edgar Miret Supervielle; Moisés Kaplan, un industrial colombiano que funda un ejército de mercenarios y que cuenta en el congreso la historia de venganza de un pequeño empresario de los Llanos Orientales. Encima, Jerusalén está sitiada por una guerra, y detrás de los jardines del elegante hotel King David se escuchan cada tanto los obuses y las ráfagas de fusil. Así puesto sigue pintando bien.

Pero desde muy temprano llegan los desengaños. Quizá el primero sean las reiteraciones inoficiosas, tinta y tiempo desperdiciados en eventos o pensamientos que se repasan dos veces y hasta tres. En las primeras páginas el escritor ha acusado recibo de la invitación, ha recibido la confirmación, ha barajado los temas que podría tratar, y aun así insiste: “sentí, a esa hora nocturna, que por nada del mundo me perdería el congreso, que asistiría desde el primer día hasta el último”. Bien, no nos desanimamos, por la prosa que expone ese narrador podemos advertir que es algo ampuloso, y de pronto le gustará repetir algunas cuestiones. Pero las repeticiones se alternan con obviedades, y encima en tono artificioso, con lo cual el lector empieza a indignarse: “podría continuar elucubrando en aquello que subyace detrás de los libros, baúl al que van a parar los temores de tantos solitarios que, como yo, en esta noche necesitan comprender algo para decirlo a otros que no lo necesitan ni lo han pedido, o más bien para decírselo a sí mismos y poder continuar, con el cerebro hirviente de imágenes y presagios”. Ay, dime algo que no sepa, querido escritor. Pero no, él sigue engolosinado en obviedades: “yo pienso que los objetos, como las personas y las civilizaciones, tienen un destino, o múltiples destinos, ya que son perennes”, dice un asistente al congreso más adelante. Y otro de los invitados: “la vida es una vaina bien arrecha y contradictoria, coño, y a veces hasta suicida, vale, será por eso que nadie sale vivo de ella”. Esta última frase no es chistosa ni original. Y no es chistosa precisamente porque no es original, al contrario. Con esos traspiés voy pasando de la indignación a la rabia.

Que se instala del todo con personajes poco coherentes, crudos y escasamente verosímiles, un pecado que no puede cometer un autor con recorrido como Santiago Gamboa, un descuido imperdonable en una novela premiada con tan suntuoso galardón como el que recibió Necrópolis, el Premio de Novela La Otra Orilla, que justo este año subió el monto de 30 mil a 100 mil dólares. Tengo para mí que Gamboa ha creado personajes sólidos, que no se van a borrar nunca de la historia literaria de Colombia, como el sargento Aristófanes Moya de Perder es cuestión de método o el pisaverde Nelson Chouchén Otálora, profesor peruano cuyo perfil ocupa un capítulo de esa entretenida y bien tejida novela que es Los impostores (el epílogo innecesario no le quita brillo a la buena aventura allí narrada). ¿Cómo se explica uno, entonces, que se deje venir con estos personajes gaseosos, que no convencen, que no se diferencian con claridad algunos de otros? ¿Y que encima se los premien? Porque el lector nunca acaba de perfilar a José Maturana, no se cree que una actriz porno haga declaraciones de izquierda y reivindicaciones de género que ni elucubradas por un sociólogo de la Sorbona, que un industrial colombiano con tendencias de extrema derecha de pronto termine como delicado escritor de biografías. Como el eslogan del canal de televisión, eso pasa en las películas y pasa en la vida; también puede pasar en una novela, por supuesto, pero nos lo deben presentar de manera creíble. Y este narrador no lo hace.

Y los lugares comunes y los diálogos impostados... ay, terminan de hacerlo a uno enfurecer. Ni intentándolo durante días se pueden juntar tantos de ambos en un espacio tan breve como en esta conversación que sostiene el narrador principal con otro asistente al congreso: “Me preguntó si conocía su ciudad, Budapest, a lo que respondí que sí y, más que eso, le dije, la considero una de las más bellas del mundo. En un anticuario del gueto judío, cerca de la sinagoga, compré una pequeña avioneta de metal que siempre tengo en mi escritorio, al lado de mis libros de poesía. El hombre celebró con un golpecito en la barriga, qué bueno, poetas y aviadores, claro, Saint-Exupéry y todo ello, muy bueno, y luego dijo, usted acaba de nombrar un anticuario y con ello toca una de mis cuerdas sensibles...”. Esos clichés y esos diálogos directos poco naturales están desperdigados por toda la novela: la periodista islandesa Marta Joons­dottir se hace amiga del narrador, y cuando le está contando su historia le suelta este collar de perlas: “Había bebido varias copas y bailado en una vieja discoteca llamada Nasa, en el centro de Reikiavik donde tocaban bandas underground como los Sugarcubes de Björk, Juliette y los Licks, Ghostigital, un rock bastante macabro, y ahí estaba yo con mis quince años y las ganas de sorberme el mundo de un trago o de meterlo en mi cerebro de una esnifada...”. Esta periodista liberada y liberal, que no tiene inconveniente en hacerle una paja al narrador sin poner en ello su corazón ni ningún otro órgano que no sea su mano, de pronto le cuenta que conoció a un médico y “nos pegamos una fornicada bárbara”. Por su parte, la actriz porno Sabina Vedovelli cuenta uno de sus primeros polvos con un profesor de teatro, con quien “luego pasamos a una colchoneta de ejercicios físicos y nos pegamos una fornicada espectacular”. Cuando los personajes no hablan o piensan según la idiosincrasia que les dio el autor pierden toda la credibilidad para mí.

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